La Conquista del
Perú
Por Josiane
Polart - Guía diplomada de Turismo
La estatua ecuestre de bronce sobre pedestal de
granito de Francisco Pizarro es obra del escultor norteamericano
Carlos Rumsey y regalo de su viuda la Señora María
Jarriman en 1929. Los Pizarro llegaron a Trujillo donde participaron
en la Reconquista definitiva de la Villa de 1232, eran oriundos
de Asturias, por esa razón un pino y dos osos figuran en
su escudo. Recibieron el privilegio de instalar su casa fuerte
en la muralla a cambio de defenderla a su costa.
En el siglo XV construyeron casona extramuros
(en la Plaza Mayor actual) El padre de don Francisco Pizarro,
Gonzalo Pizarro Rodríguez de Aguilar (continuo de los Reyes
Católicos) siendo soltero concibe con Francisca González
(doncella de su Tía Beatriz Pizarro, devota del Convento
de San Francisco el Real de la Coria) en 1468 o 1478 a Francisco
Pizarro, por falta de documentos se piensa que paso su infancia
con su familia materna, pero en la Reconquista de Granada está
luchando al lado de su padre, con él marcha a las campanas
de Italia, donde aprende a manejar la espada al estilo del Gran
Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba.
En 1502, fray Nicolás de Ovando, Comendador
de Lares, Extremeño (de Brocas), Deudo de los Pizarro,
es nombrado Primer Gobernador de Indias. Por parte de los Reyes
Católicos debió hacerse cargo del Gobierno de la
Isla Española (Santo Domingo). (Salió de San Lucas
el 13 de Febrero de 1502 con 32 naves y 2550 hombres). Francisco
Pizarro como tantos otros Extremeños le acompañan
tomando parte en campañas de apaciguamiento contra los
Indios.
En los años que siguen sabemos de la fama
de sus Capitanes, él apenas es nombrado: Alonso de Ojeda
en 1508 alista a las gentes de Santo Domingo para una desgraciada
expedición que termina con su vida, antes deja su tropa
al mando de Francisco Pizarro (su primer mando en Indias) de vuelta
a la Española Francisco Pizarro encuentra al socio de Ojeda,
el Bachiller Enciso que se dirige a Tierra Firme donde se funda
la Villa de la Guardia, encomendose a Nuestra Señora de
la Antigua, Francisco Pizarro es pues uno de los fundadores de
la primera Villa de Tierra Firme (Santa María de La Antigua),
lugar donde residía según un Cronista (La Flor de
los Capitanes que ha habido en Indias), pero también lugar
de luchas por la cantidad de Capitanes dispuestos a explorar tierras
aun no conocidas, es cuando encontramos a otro Extremeño
Vasco Nuñez de Balboa, quien ha escapado en un barril de
las deudas que tenia en la Española, Nuñez de Balboa
llega a tomar el mando después de enviar Enciso preso a
España y librarse de Diego de Nicuesa, nombra Lugarteniente
a su paisano, su confidente al mas decidido, más audaz
y eficaz a Francisco Pizarro.
Los Indios tienen por costumbre mandar a los Españoles
mas lejos, mas a occidente, hacia el Sur al otro lado del mar...
Cruzando selvas, montañas y ríos, en 1513 el Adelantado
de la mar del Sur Vasco Nuñez de Balboa avanza mar a dentro
tomando posesión de aquel mar de sus Islas y Costas en
nombre de los Reyes de Castilla. En el acta del descubrimiento
del Océano, en tercer lugar se inscribió el nombre
de Francisco Pizarro.
Al recibir la noticia del hallazgo la corona (el
Rey Fernando el Católico) ve la necesidad de afirmar su
soberanía, esas tierras de Indias a pesar del peligro,
las dificultades y el clima eran disputadas por los que regresaban
pidiendo cargos y concesiones. Desde Segovia llega a Panamá
como Gobernador de Castilla del Oro, Pedro Arias de Avila, (Pedrarias
Dávila) con su esposa y corte... Obispo, alguacil y oficiales.
Su misión es organizar la administración de la Colonia,
pero Pedrarias Dávila es un hombre autoritario y ambicioso,
organiza expediciones contra los Indios, utilizando una política
nefasta, y además apoyando a sus amigos quienes a cambio
le traen botín de oro y perlas.
Francisco Pizarro se distinguió en esas
expediciones, le encontramos en la del descubrimiento del Archipiélago
de las Perlas al mando de Gaspar de Morales en 1517. en la de
Juan Tabira quien buscaba el Dorado y encontró la muerte
navegando por el Río Grande dejando al mando a Francisco
Pizarro quien llevó a salvo los sobre vivientes, también
encontramos a Francisco Pizarro con Luis Carrillo y con el Licenciado
Espinosa. (En aquel año de 1517 Vasco Nuñez de Balboa
fue ejecutado).
En 1519 Pedrarias traslada la capital de su gobierno
a Santa María en la costa del istmo, sobre el Pacifico,
la Ciudad de Panamá (en el acta de fundación de
Panamá aparece el nombre de Francisco Pizarro, Teniente
de Gobernador y visitador). En 1523 Francisco Pizarro tiene el
cargo de Regidor y Alcalde de la Ciudad de Panamá, es apreciado
por su honradez y respetado, es uno de los vecinos principales
de la Ciudad donde tiene casa y repartimiento de Indios.
En esta época llega la noticia en Panamá
de la Conquista de Tenochtitlan, México, por Hernán
Cortes; de que un Capitán de Cortes Pedro de Alvarado se
adueña del Reino de Guatemala, y se conoce el gran hallazgo
del paso del Atlántico a la Mar del Sur por el estrecho
de Magallanes. Francisco Pizarro con poco mas de 50 años
está preparado para planear su propia expedición,
las desgraciadas exploraciones de Pascual de Andagoya, su amistad
con Espinosa y el Clérigo Maestrescuela, Hernando de Luque
y el viejo Diego de Almagro hace que recibe de Pedrarias Dávila
(a cambio de su participación en los logros de la empresa,
sin poner un maravedí de capital) licencia para descubrir.
La Sociedad, Francisco Pizarro, Diego de Almagro
y Hernando de Luque (actualmente se sabe que en representación
del financiero y oidor Gaspar de Espinosa) pretendía explorar
la costa Sudamericana del Pacifico y llegar a las pantanosas tierras
del Biru o Viru, mas allá de donde había llegado
Andagoya. La compra de barcos y bastimentos termina pronto con
el capital de la sociedad. Cuando llega el momento de zarpar (14
de noviembre de 1524) con un navío y dos barcazas, los
socios han tenido que pedir préstamo de 6000 pesos de oro.
Almagro se queda en Panamá para enganchar
mas hombres y conseguir víveres para salir después,
Luque, también se queda es encargado de buscar mas fondos.
El Capitán de esa empresa es el intrépido, el atrevido
Francisco Pizarro, le toca la parte mas dura, su fe, su constancia,
sus excepcionales dotes de mando van a mantener a los 112 hombres
(4 caballos) esperanzados y disciplinados.
Al principio navegan por lugares conocidos, las
Islas de las Perlas, Puerto de Pinas y pasado el Río Biru
llegan a región pantanosa, la selva donde es imposible
desembarcar, el mal tiempo, los vientos contrarios pegan los buques
a la Costa, después de 70 días encuentran un lugar
donde tomar tierra, una cortina de lluvia les esconden los peligros
de la selva, los únicos alimentos que encuentran son palmitos
y moluscos... llamaron ese lugar, por lo poco que hacia de comer,
Puerto del Hambre. Francisco Pizarro no se plantea retornar a
Panamá derrotado, manda a su Capitán Montenegro
a buscar víveres en las Islas de las Perlas, mientras esperan
ayuda (47 días) mueren mas de 20 hombres. Siguen adelante
bajo tormentas y lluvias, alimentándose del maíz,
encontrado en las chozas abandonadas por indígenas quienes
al ver los Españoles se refugian en los espesos bosques.
Con desembarcos y reembarcos luchando en el Pacifico
contra los vientos, en tierra contra la selva, mal alimentados
y enfermos llegan al Puerto Quemado, donde establecen campamento,
Almagro no llega con los alimentos, y como las naves están
en mal estado se aprovecha la espera para repararlas. La vuelta
de Montenegro con algo de comida reconforta a los hombres que
siguieron adelante hasta un pueblo donde encontraron baratijas
de oro y donde en un combate hubo 5 muertos, 17 heridos, entre
ellos Francisco Pizarro (con 7 heridas que fueron cauterizada
con aceite hirviendo).
No-queda más remedio que retornar a la
Ciudad de Panamá con el poco botín conseguido en
busca de ayuda, Francisco Pizarro y unos cuantos hombres se quedan
en Chochana (O Chicama, tierra Panameña, cerca de las Islas
de las Perlas), allí es donde encuentran a Almagro con
un ojo menos, este también volvía a Panamá
creyendo perdidos a sus compañeros. Los dos Socios ratifican
su voluntad de seguir adelante pero dudan que Pedrarias al saber
los fracasos de la expedición les diesen permiso de reorganizar
una segunda (en 2 años habían muerto mas de 120
hombres).
Al principio del año 1526, después
de convencer al juez Espinosa de financiar otra tentativa, comulgan
los tres socios (una hostia consagrada partida en tres) y con
tres navíos, tres canoas y 160 hombres, unos caballos se
dirigen, esta vez sin explorar la costa, hacia el río San
Juan. (Recordar que la corona de España no financia las
expediciones de exploraciones y de conquista).
Acampan en la desembocadura del Río San
Juan, 70 días van a pasar Pizarro y los heridos y enfermos
en esa tierra inhóspita, luchando con los mosquitos, (debiendo
enterrarse en la arena para protegerse de las picaduras), las
tribus antropófagas, los caimanes, las boas, enormes arañas
y el hambre como fiel compañera.
Mientras Diego de Almagro vuelve a Panamá
por recursos y el piloto de Moguer, Bartolomé Ruiz va avanzar
a lo largo de la costa Ecuatoriana (hacia la bahía de San
Mateo), cuando vuelve a reunirse con Francisco Pizarro (70 días
después) trae preciosas informaciones, ha visto tierras
pobladas y cultivadas, sus habitantes parecen pacíficos,
visten ropas de lanas y adornos de oro, cruzan el mar en embarcaciones
transportando mercancías, (es el primer contacto con la
cultura Incaica). Bartolomé Ruiz ha capturado a dos Indios
(Tumbecinos), los futuros interpretes o lenguas. Esas fantásticas
noticias y la vuelta de Almagro con gentes, caballos y bastimentos
(80 hombres), hacen olvidar a todos sus sufrimientos y reafirma
la existencia de ese gran Imperio.
En Panamá las negociaciones han sido más
fáciles para conseguir bastimentos Pedrarias a cesado como
Gobernador de Panamá su sustituto es un Cordobés,
Pedro de los Ríos. Lleno de entusiasmo todos otra vez reunidos
reemprenden la exploración de la costa (que hoy es Ecuador)
llegando a la Isla del Gallo (estuario de Tumaco). En el camino
descubierto por el Piloto Ruiz deben de bajar a tierra para procurarse
víveres, en la bahía de San Mateo bautizan un pueblo
de Indios con el nombre de Santiago (por las cantidades de flechas
propinadas en los ataques), siguen bajando hacia el Sur hasta
que la cantidad de heridos y enfermos impone nuevamente la división,
muchos de los expedicionarios quieren abandonar están descontentos
esas tierras y riquezas están demasiado lejos... prefieren
volver a Panamá.
Otra vez le corresponde a Francisco Pizarro quedarse
y esperar refuerzos, cinco meses se va quedar con sus hombres
en la Isla del Gallo. Diego de Almagro por culpa de unas denuncias
llegadas a Panamá (la famosa copla de Saravia escondida
en un ovillo de algodón) no va encontrar buenas disposiciones.
El Gobernador Pedro de los Ríos no quiere despoblar Panamá
en beneficio de esa loca empresa, manda a Juan Tafur recoger a
todos los expedicionarios que desean abandonar la Isla del Gallo...
y da por terminado la exploración de las tierras del Sur.
En la Isla del Gallo (29 de agosto de 1527) los barcos enviados
por el Gobernador de Panamá fueron recibidos con alegría,
todos querían subir en el barco de Tafur y olvidar las
miserias y el hambre pasado... todos, no, Francisco Pizarro sabe
que esta cerca de la meta, que no puede abandonar después
de tantos sufrimientos, intenta explicar a sus hombres y oponerse
a los comisionados de Panamá... Nadie escucha... Puede
que por vez primera pierde el control el hombre de poca palabra...
habla, grita, se rebela, se engrandece... pero sin éxito...
Que puede hacer para retener a sus hombres hambrientos, cansados
y desesperados. Varios biógrafos de Francisco Pizarro repiten
que era parco en palabras y largo en hechos. Con un gesto de obstinación,
de cabreo... desnuda su espada, su fiel compañera, con
la cual traza en la arena de la playa una línea desafiando
a sus hombres a cruzarla... 13 fueron los que cruzaron esa línea
y estuvieron dispuestos a seguir en la empresa del Levante...
LOS TRECES DE LA FAMA...
Entre los enfermos, heridos y los de poca fe que
marcharon a Panamá encontramos un valiente y fiel compañero
de Francisco Pizarro, Bartolomé Ruiz quien iba a convencer
y negociar ante el Gobernador de Panamá el permiso (plazo
de 6 meses) para volver a buscar a Francisco Pizarro y sus hombres,
no podía negarse Pedro de los Ríos después
de escuchar el elocuente relato del marino de Moguer, y tampoco
podía abandonara 14 hombres tan cerca de este sonado Gran
Reino de ricas tierras, del cual hablaba ya en 1524 Pascual de
Andagoya.
Francisco Pizarro y los trece de la fama construyeron
una canoa para trasladarse (seis leguas mar adentro, a otra Isla,
a tres grados del Ecuador), a otra Isla con muchas fuentes y arroyos,
La Gorgona. La Isla de la Gorgona era inhóspita y húmeda
pero tenia la ventaja de ser desierta, allí se repite la
terrible espera (siete meses), sobrevivieron con la ayuda de los
Indios Tumbesinos (las 2 lenguas) comiendo culebras, cangrejos
y pescados, nadie puede describir lo que sintieron esos 13 esforzados
y esqueléticos hombres cubriendo su desnudez con hojas,
la barba crecida, oteando el horizonte en la espera de un barco...
Por fin llegó la tan esperada nave de salvamento, con poca
tripulación, a su mando Bartolomé Ruiz con la orden
del Gobernador de Panamá de regresar con los 13 aventureros
en el plaza de cuatro meses (Raúl Porras Barrenechea a
4 meses, Manuel Ballesteros 6 meses).
Francisco Pizarro por supuesto va a convencer
a su compañero Ruiz... no quiere volver a Panamá...
antes tiene que cumplir con su propósito... ir mas lejos...
mas hacia el Sur... tiene poco tiempo, solo un barco, pocos marineros
y 13 hombres, pero son los mas obstinados, los mas resistentes,
reconocen la costa del actual Ecuador, pasan por la Isla de Santa
Clara, por punta de Santa Elena y entran en el Golfo de Guayaquil
(marzo de 1528) algunos cuentan que vieron asombrados" un
puerto, debía de haber unas balsas de paja de totora",
y una Ciudad, "unas casas de piedra con techo de paja "
Era lo que esperaban encontrar... lo que habían buscado
con tanto afán durante tres largos años... Estaban
en TUMBES. Bajaron a tierra, primero el marinero Bocanegra, después
Alonso de Molina con un negro (impresiono mucho a los Indios la
barba de Molina y el color del negro), era tan increíble
lo que contaron esos 3 hombres que Francisco Pizarro mando a otro,
a Pedro de Gandía con armadura y arcabuz (de entonces su
sobrenombre de hijo del trueno), a este Griego tanto le gusto
el trato de los Tumbesinos que tardo 2 días en volver a
bordo y contar a sus compañeros las maravilla de esa gran
Ciudad de piedra "que parecía gran ciudad de moros,
la alcazaba, mezquita, zoco y caravanas de auquénidos,
(para el, camellos y dromedarios) el clima, y el cielo azul...
el relato de Gandía, acompañado de la famosa tela
pintada Por él, dio el nombre a la ciudad, Nueva Valencia
de la Mar del Sur.
Los indígenas amables les proporcionaban
comidas, parecían tan sorprendido del aspecto de esos hombres
llegando flotando en casa de madera como de su comportamiento,
Francisco Pizarro hacia llegado... estaba seguro de la existencia
de ese Gran Reino, por medio de los Interpretes, hablaba a los
Indios de la Soberanía del Rey de España, alzaba
el pendón de Castilla... mas no podía hacer, cuentan
pocos hombres, ni medios. Se quedaron Alonso de Molina y Ginés,
para después servir de interpretes, los demás continuaron
bajando mas al Sur, a lo largo de la Costa hasta Malabrigo (cerca
de la actual ciudad de Trujillo, en la desembocadura del río
Santa), donde a lo mejor pudieron admirarla más grande
ciudad de adobe del Nuevo Mundo, Chan/Chan. Bocanegra queda en
Trujillo el 3 de mayo de 1528. El 3 de mayo de 1528 el barco dio
la vuelta dirección a Panamá, donde les esperaban
los antiguos detractores, lamentándose de su poca fe.
Con la colección de objetos de oro y plata,
tela tejidas de lana de calidad, muestra de riqueza y cultura
y las habladurías entusiastas de los tripulantes que vieron
ciudades almenadas en las tierras descubiertas... El Gran Reino
empezó a llamarse Perú. En Panamá los tres
socios reunidos marcaban en los mapas los lugares descubiertos,
hacían recuento... añorando los hombres perdidos
en esos terribles años y los gastos efectuados en provecho
de la Corona de Castilla. Sabían que las tierras desde
Panamá, del Mar del Sur de Balboa hasta el estrecho descubierto
por Magallanes (el Océano Pacifico) era el Gran Reino que
pensaban conquistar... Lo que sabían esos hombres de experiencias
era que no se podía conquistar un Imperio tan grande con
una civilización desarrollada en pleno aislamiento del
resto de la humanidad... con tan pocos medios. Buscaron pues el
apoyo de la Corona, el representante del Rey en aquella tierra
era el Gobernador Pedro de los Ríos, quien no quería
despoblar su gobierno de Tierra Firme en beneficio de esa empresa
que podía tener resultados imprevisibles, careciendo pues
del apoyo oficial en Panamá determinaron que uno de ellos
debía de marchar a España para entrevistarse con
el Rey y obtener Capitulación.
Hernando de Luque tenia obligación con
la iglesia, Diego de Almagro era consciente de su mala facha,
Francisco Pizarro por la alta alcurnia de su familia Paterna y
su parentesco con Hernán Cortes era la persona idónea.
Los tres socios debían de actuar rápidamente, otras
personas podían aprovecharse y continuar la conquista del
Perú, sus haciendas estaban empeñadas y eran mas
conocidos por sus muchas deudas que por sus empresas de descubrimientos...
era pues difícil... gestionar otro crédito para
el viaje y el séquito, se tenía que llevar al Rey
las muestras de oro y plata y la media docena de auquénidos,
cerámica y textil... con la venta de un jarrón de
plata y la maña para conseguir dinero de Almagro (1500
pesos de oro) en septiembre de 1528 se pudo por fin organizar
el viaje de Francisco Pizarro, acompañado de Pedro de Gandía,
Soraluce y los 3 indiezuelos de Tumbes. Después de 3 años
de sufrimientos en beneficio de la corona es injusto de que a
Francisco Pizarro le falte dinero para emprender un viaje de forma
decorosa a su patria. Más injusto todavía es que
al llegar a Sevilla, le esperaban unos alguaciles, los cuales
después de embargar sus tesoros le condujeron a la cárcel,
el Bachiller Martín Fernández de Enciso poseía
una orden por la que podía mandar en prisión a los
vecinos del Darién que (por un asunto de antiguas deudas
de Tierra Firme), desembarcaban a España.
Puede ser que dos parientes de Francisco Pizarro
utilizaron sus influencias para sacarle de la cárcel (se
trata de su hermano y primo, Hernando Pizarro y Hernán
Cortes), ya que sin saber actualmente como se cancelo la deuda
y además llegó la orden de procurarle los medios
para que se presentase rápidamente delante del Emperador
y del Presidente del Consejo de Indias, (El Conde de Osorno).
Nadie nunca nos contó las peripecias del viaje Sevilla-Toledo
de principio del año de 1529. Las paradas en los mesones
del grupo de viajeros exóticos debían de llamar
mucho la atención, carretas, caballos, media docena de
auquénidos (llamas, vicunas), tres jóvenes indios
envueltos en sus mantas, temblando de frío y de temor,
eran víctimas de la curiosidad de los pueblerinos, un Griego
parlanchín exaltado, Pedro de Gandía y el Jefe un
Capitán, que volvía a su patria después de
27 años de padecimientos, muy preocupado por el futuro
de sus gestiones en Toledo y muy disgustado... había perdido
un tiempo precioso en Sevilla. Cuánto tiempo le esperarían
sus socios en Panamá, el poco dinero que tenía se
le agotaría rápidamente en la Real Toledo. Cómo
le iba recibir el monarca más poderoso de Europa.
Carlos V debió de despachar rápidamente
de Francisco Pizarro, le esperaban las Cortes de Monzón
y cosas importantes en Italia, (además no estamos seguro
de la entrevista Francisco Pizarro y Carlos V, nadie presencio
la escena que cuenta Herrera a su manera). El Emperador debió
de entender que el Gran Reino en las Indias que le ofrecía
Francisco Pizarro era parecido a lo que acababa de Conquistar
Hernán Cortes. Cómo se iba a oponer. Otorgo la autorización
de continuar el descubrimiento remitiendo al Consejo de Indias
él deber de estudiar las proposiciones presentadas por
Francisco Pizarro y la preparación de las capitulaciones.
Se firmo este contrato de la Corona con Francisco Pizarro conocido
como las Capitulación de Toledo el 26 de Julio de 1529.
Por ausencia de Carlos Quinto, según unos historiadores
firmó la Reina Dona Isabel de Portugal y se la entrega
la Reina Madre Dona Juana de Castilla, de esta entrevista nace
esa linda anécdota... Don Juan Tena Fernández Sacerdote
y Cronista de Trujillo nos cuenta una bonita historia a propósito
del encuentro de Francisco Pizarro con Dona Juana. Es tradición
que los Trujillanos antes de abandonar su pueblo se encomendaban
buscando amparo y protección a Nuestra Señora de
la Guía, al salir de Trujillo en 1502, es probable que
Francisco Pizarro llevase consigo una Imagen de la Madre de los
Caminantes, la Virgen de la Guía. El 26 de julio de 1529,
conoció a la Reina después de firmar las capitulaciones
quiso testimoniar su gratitud a dona Juana, había entregado
a su hijo el Rey los objetos de valor de Indias, después
de esos meses de espera en Toledo utilizaba la capa para esconderlo
desgastada que tenia la ropa... ¿Qué podía
regalar a Dona Juana? En un gesto impulsivo de generosidad caballeresca
entrego la bendita Imagen, confidente de sus penas, consuelo y
aliento por tierras y mares del Nuevo Mundo. "De Dona Juana,
Madre de Carlos V, fue la imagen quien con fervorosa veneración
la llevó a Tordesillas y la coloco en la hornacina central
del altar mayor de la Iglesia de San Antolín, para que
fuera venerada por los fieles y donde hasta el día de hoy
allí continua. El 8 de septiembre de 1905 y con motivo
de ciertos hechos maravillosos, la coronada villa de Tordesillas
declaro oficialmente como a su Patrona a la Virgen de la Guía
de origen Trujillana".
Ha pasado casi un año desde la llegada
de Francisco Pizarro a Sevilla, esta satisfecho... lo más
importante para él es tener el derecho de proseguir el
descubrimiento, Conquista y población de Nueva Castilla
(tierra del Perú), el resultado de sus gestiones en la
corte es de lo más satisfactorio, ha recibido los cargos
y títulos de Gobernador y Capitán General "deste
distrito", (por toda su vida) de Adelantado y Alguacil Mayor
de Nueva Castilla (a perpetuidad), se le concede la tenencia de
las Islas de las Flores en el Golfo de las Perlas, recibirá
un sueldo anual de 725.000 maravedis para mantener su rango...
de los cuales deberá de pagar al Alcalde Mayor, los Oficiales
y Funcionarios Reales. Tendrá derecho a levantar (en Nueva
Castilla) cuatro fortalezas (para seguridad de la tierra) y cobrar
rentas de la tierra para ayuda de costas. Importante: Aquí,
siempre hablamos de las rentas sobre tierras por descubrir...
y conquistar..... Es el timo de la Conquista.
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CUESTIONES PREVIAS
Ya todos lo sabemos todo sobre el otro 98. Ya
todos hemos sido informados por todos los diarios y revistas,
radios, televisiones y cabildos en procesión de lo que
pasó hace cien años. Hasta el más ignorante
y hasta el más anacoreta han sido instruidos sobre lo que
deben saber sobre la caída del Imperio español en
las Antillas, Filipinas y Micronesia -ó, por lo menos,
sobre la guerra de Cuba-. Distinguidos intelectuales, conmilitones
ilustrados, laureados académicos, espabilados periodistas
e incluso gentes del común han perorado a sus anchas sobre
las últimas nimiedades de la moda de hace un siglo en tácticas
militares, técnicas electorales, prácticas navieras
y prédicas patrioteras.
Ya han tocado todos los tópicos: los antecedentes
y los consecuentes de los acontecimientos, los acontecimientos
mismos y lo que los periodistas y pensadores de entonces dijeron
día a día de aquellos y, de paso, del gremio de
ellos mismos. Se han desenpolvado opulentos baúles, hemerotecas
propias, los atlas de Ultramar y también los mapas ibéricos;
Baire, Cavite y Cayagán se han mezclado con Cádiz,
Canvis Nous y Santander. Nos han llevado a la manigua montados
en carabao, a la guerra en transatlántico y al hemiciclo
en el caballo de Pavía. No queda nadie que no haya resuelto
la intriga de un famoso acorazado de cuyo nombre no nos acordamos,
ni aludido con sordina a los cerdos yankées y al león
español -expresiones de la época-. Nadie queda que
no haya escrito sobre la 'generación del 98', sobre los
regeneracionistas y sobre los castizos, sobre el alma de Castilla
y sobre los pueblos de eunucos. Nadie que no se haya olvidado
de los esclavos negros. Ya estamos en el mapa y en el tiempo,
en los altos gabinetes y en los bajos mercados, en las cifras
ajenas y en los nombres propios: ya tenemos los pies fríos
y la cabeza caliente.
Todas las autorizadísimas plumas de todos
los pelajes se han explayado sobre el Desastre y han llegado a
la conclusión común de que aquella España
no tiene nada que ver con la actual. ¿Hemos dicho que aquella
España no tiene nada que ver con la actual?. Pues hemos
dicho mal y lo vamos a demostrar:
La España de hace un siglo era una potencia
europea -última en abolir la esclavitud- embarcada en aventuras
imperialistas algunas de las cuáles fracasaron por la oposición
de otras potencias no menos imperialistas. La España de
hace un siglo era también una monarquía parlamentaria
interrumpida por una República y restaurada a sablazos.
La España de ayer -sola, acompañada ó como
acompañante-, invadía manu militari México,
Perú, Marruecos y hasta la Cochinchina -literal-. La España
de ayer protegía militarmente a sus militares y a los acompañantes
de sus militares.
La España de hoy -que aún conserva
posesiones africanas-, continúa embarcada en la conquista
(económica) de Ultramar, sigue siendo una monarquía
parlamentaria restaurada a sablazos y pelotones de fusilamiento,
invade -sola, acompañada ó como acompañante-
desde Centroamérica hasta la ex-Yugoslavia pasando por
Irak y protege a sus espadones y a las espaditas de los espadones.
Dicho con más detalle: tras cuatro siglos
de derrotas ininterrumpidas ante sus colegas europeas, la España
de hoy parece haber aprendido que, para ser una imperialista de
postín, mejor que enviar primero los cañones y después
las pesetas, resulta más rentable enviar primero las pesetas
y después, si se tercia, las minas y los cañones
-puesto que nadie lo impide y hasta la ONU lo consagra-. Unas
pesetas que, dicho sea de paso, hoy como ayer han sido saqueadas
en buena parte de los ahorros de los emigrantes.
'España es ahora una monarquía más
ó menos parlamentaria pero, eso sí, como hace un
siglo restaurada a los pelotones': evidencia que no vamos a convertir
en redundancia aduciendo un millón de detalles. Al igual
que un millón de niños irakíes asesinados
desde la guerra del Golfo es lo suficientemente notorio como para
ahorrarnos insistencia alguna en la mefítica eficacia de
nuestra nunca bien ponderada Marina.
Párrafo aparte merece aquel nuestro dictum
sobre la protección que la España de hoy, como la
de ayer, acuerda a sus espadones y a las espaditas de los espadones.
"¡Qué insensato, tendencioso, extremista, antipatriótico
y hasta delictuoso atrevimiento!" -exclamarán algunos-.
Pues bien, antes de que se sulfuren les vamos a recordar una oscura
noticia de esas que ningún plumífero más
ó menos orgánico se rebaja a comentar: ¿cómo
entender entonces que uno de los más siniestros asesinos
del Batallón Vasco Español, Ignacio Mª Iturbide
Alcaín, alias Piti, siga presumiblemente planeando secuestros
a mano armada?
Nos explicamos: Piti fué condenado en 1985
a 231 años de cárcel por el asesinato de siete personas
supuestamente próximas a la izquierda abertzale; el lunes
9.III.98 era detenido con "una pistola, munición,
una peluca, un pulverizador de defensa y un capuchón como
los que se usan para los secuestros. Por estos indicios los agentes
creen que iban a secuestrar a alguien". La pistola pertenecía
a un comandante de la Marina -oh la lá!, otra vez nuestra
gloriosa Navy- que no había denunciado su desaparición;
nada más sabemos sobre tan distraído personaje.
Por su parte, Piti, sicario del GAL de cuando UCD, fué
puesto en libertad el jueves de la misma semana.
Por nuestra mucha moderación hemos dicho
que España está hoy igual que hace un siglo pero
reconocemos que argumentos no han de faltar a quienes prefieran
ser más pesimistas. Por ejemplo: en aquella España
hubo un intento cantonal -sí, como en Suiza- y se hablaba
abiertamente de federalismo -léase, Pi i Margall-. Hoy,
los partidos llamados de izquierda no saben/no contestan y Aznar
no recuerda que, cuando estaba en la oposición, el 10 de
julio de 1992 declaró en Radio Nacional de España
que "no me repugna la idea de un Estado federal para España".
Item más, ayer Unamuno se oponía al "O todos
o ninguno" del PSOE porque, para él, el reclutamiento
-fuera de pobres que no podían pagar la cuota de redención,
fuera de ricos que ni siquiera entraban en el sorteo de los quintos-,
era simplemente una esclavitud vergonzosa: ¿cuántos
notables intelectuales de hoy se opusieron a la OTAN? ¿cuántos
han defendido activamente a los insumisos?. Otrosí, ayer
existían fuertes movimientos republicanos, obreros y campesinos
y hoy al único que se escucha es al movimiento nacional
-con mayúscula y/ó con minúscula-. Por todo
ello, políticamente hablando, es decir, no enfangándonos
en los nombres y apellidos de los líderes de moda -políticos
u otros- sino yendo derechos al futuro -la utopía-, hablando
en suma de la rebeldía que es la libertad del común:
¿estamos mejor, igual ó peor que hace un siglo?.
Caiga lejos de nosotros la tentación de
responder a tan estúpida pregunta. Pero, ¿acaso
no la hemos contestado en los párrafos anteriores, oscilando
entre sostener que seguimos igual e insinuar que estamos peor?.
Mil perdones. Si Vds. lo han entendido así es que nos hemos
expresado mal ó -con perdón por la descortesía-,
es que Vds. no comprenden nada. Aunque pudiera ser que la culpa
no sea ni de Vds. ni nuestra. Pudiera ser que, sumidos en el vicio
de caer en las provocaciones que nutren y esconden preguntas así,
hayamos todos cedido ante la idiocia. Para salir de tan saducea
trampa, hemos de subrayar que, si en líneas más
arriba simulamos sostener que seguíamos igual que en 1898,
fué para poner de manifiesto reductio ad absurdum que la
conclusión común a la que llegaban los plumíferos
de los 98s -que aquella España era absolutamente distinta
de ésta-, escondía con saña e insidia un
dogma mucho más grave. A saber: que en este 98 estamos
mejor, que en la centuria transcurrida hemos progresado; más
aún, que hemos progresado tanto tantísimo que, de
hecho y de derecho, hemos mejorado cualitativamente.
Impensable y pancista dogma que, con sólo
nivelar su absurdo ó llevándole la contraria, cae
por su propio peso. Y ello sin necesidad de recurrir al argumento
nacional: si aquella España y ésta son tan radicalmente
distintas, ¿a qué viene tanta chundarata y tanta
insistencia en demostrarlo?. A nuestro humilde parecer, para las
Españas de los 98s, las variaciones de las relaciones de
poder entre dirigentes y dirigidos constituyen el único
tema digno de estudio y, en consecuencia, el único que
no ha sido estudiado.
El resto es más de lo mismo: batallitas
contra un enemigo inventado que ocultan la verdadera guerra civil
entre la cobarde soldadesca y la gallarda oficialidad; conspiraciones
palaciegas que disimulan la maldad y la mediocridad de los cortesanos;
caciques comarcales que no citan a los funcionarios nacionales
que les sostienen; acorazados entonces y portaviones ahora -¡qué
gran cambio!-; regentes piadosísimas per saecula saeculorum
-unas veces en versión novenas y otras en versión
mecenas-; pucherazos pre y post televisión -¿otro
gran cambio?-; la vida cotidiana de los ricos -en efecto, los
pobres nunca han vivido, sólo sobrevivido-; hagiografías
de ogros como Cánovas y satanizaciones de anarquistas;
sociologías folkloristas y folklorismos sociologizantes;
minuciosos análisis macroeconómicos que terminan
sintetizándose en dato tan irrelevante como la renta per
cápita; anécdotas, muchas anécdotas todas
ellas apócrifas; ó anécdotas trágicamente
disparatadas como la de Buffalo Bill proponiendo invadir Cuba
al mando de mis indios salvajes ó como la del inicuo e
imbécil fusilamiento de José Rizal ó como
aquella de la muerte siempre prematura de José Martí
-aquél 98 se ensañó contra los literatos
en castellano y éste tampoco parece tener buenas intenciones-.
Toda esta chundarata lo único que ha conseguido
es distraernos, aburrirnos y, en definitiva, desinformarnos. Porque,
después de tantas batallitas, con los pies fríos
y la cabeza caliente, seguimos sin conocer cómo estaban
las relaciones de poder en el 1898 -al igual que tampoco conocemos
con mayor detalle las de 1998-. Bien es verdad que, desde un punto
de vista metapolítico y salvando los gloriosos paréntesis
de la Revolución de 1936 y el de sus antecedentes, las
relaciones de poder no han variado en este siglo ni sustancial
ni siquiera epidérmica ó simbólicamente:
había y hay una insalvable distancia entre Poder y Pueblo,
había y hay una Monarquía y, last but not least,
había y hay un Ejército con la mejor abocación,
que no vocación, imperialista (ahora se la llama vocación
humanitaria-internacionalista incluso cuando se aboca contra el
enemigo interno).
Pero todo esto no deja de ser casi una trivialidad
(el casi se lo debemos al quinquenio republicano). El caso es
que, por el momento, no es ésta la ocasión de examinar
variación alguna en las relaciones de poder sino solamente
de enumerar aquellas manifestaciones del Poder de 1898 que han
sido descuidadas u olvidadas por la mencionada chundarata. Una
vez puestas de manifiesto, tiempo habrá para enfrentarlas
a las respuestas que hubo in illo tempore y que, a no dudarlo,
puede haberlas en el futuro -tan irracional sería afirmar
que con toda seguridad las habrá como negarlas potencia
alguna-.
Centrémonos, pues, en tan penosa enumeración
advirtiendo de antemano que nuestro orden expositivo no puede
ser más sencillo, dialéctico ó, si lo prefieren,
maniqueo: puesto que el 1898 trata de guerras, antes que vencedores
y vencidos, lo que hay son Víctimas y Verdugos. Así
de simple -y así de olvidado-. Lo demás son ganas
de marear la perdiz ó, peor aún, ansias de re-matar
a las Víctimas con el olvido y ansias de perdonar a unos
Verdugos a los que difícilmente se les puede perdonar entre
otras razones porque jamás de los jamases pedirán
perdón.
Así pues, quede claro que, ante unas guerras
inicuas, lo nuestro no pueden ser las medias tintas. Lo nuestro
es recordar con criterio. Recordar qué hizo el Poder y
-no menos importante- qué no dejó hacer; hasta dónde
llegó en su barbarie y hasta dónde impidió
que la bondad floreciera. Recordar qué sigue haciendo el
Poder: ocultar sus crímenes por acción y por omisión
la resistencia a esos crímenes. Desde este punto de vista,
los detalles pueden ser más significativos que las macrosíntesis
y los nombres y fechorías de los sicarios, más ilustrativas
que las grandes decisiones de los asesinos mayores.
Lástima que la Historia sea tan embustera
que sólo se acuerda de los Verdugos -aunque no precisamente
bajo este epíteto-. Porque de esta caterva lo conocemos
casi todo: en primer lugar porque nos obligan a estudiarles y
a tenerles como ejemplo; en segundo término porque habría
que estar ciego y sordo para no tropezarnos con tales maleantes
en los Palacios, en los Congresos, en las iglesias, en los museos,
en las Fundaciones, en la mili, en los hospitales y hasta en los
nombres de las calles. Ese casi, ese pequeñísimo
detalle que nos falta por conocer de los Verdugos, es justamente
de lo que queremos hablarles.
¿Y las víctimas?: bien, gracias,
están en el Paraíso.
Item más, sólo nos vamos a referir
a los años próximos al 1898, casi todos los ejemplos
serán cubanos y trataremos de no hacernos eco de las anécdotas
más publicitadas. No nos rebajaremos a mencionar nombre
alguno de Prócer Coronado; por el contrario, daremos los
nombres y apellidos de algunos pequeños Verdugos, tan ejemplares
como los Próceres que les amparaban pero menos conocidos
que sus broncíneos Padrinos.
Huelga añadir que, en contra de nuestro
deseo, no podremos nombrar una por una a las literalmente millones
de Víctimas y de asesinados del 98; pero quede dicho que
el primero y/ó el último de esos nombres anónimos
tiene más valor para nosotros -sus herederos-, que toda
la onomástica del Espasa, dinastías incluídas;
que todo los Capítulos de todas las Noblezas, europeas
ó chinas; que siete Gothas juntos rebozados en los reyes
godos; que todos los Who's Who del planeta; y, por supuesto, que
toda la Corte Celestial.
LOS VERDUGOS
1. La Demografía como arma y alguna de sus
consecuencias
Treinta años antes del año del desastre,
en 1868, Cuba estaba poblada por 1.500.000 de habitantes. Entre
1868 y 1894, llegaron a ella más de 400.000 inmigrantes
españoles -masculinos, jóvenes y pobres- y casi
300.000 militares. Evidentemente, ello quiere decir que el Poder
español intentó inundar a la población autóctona
poniéndola en cuasi minoría demográfica y,
por si ello no fuera suficiente, dominarla por la fuerza de las
armas.
Pero también quiere decir que los reclutas
no estuvieron interesados en pelear ó, dicho de otro modo,
que simpatizaban más con los cubanos que con sus oficiales
y funcionarios -sentimientos que les honran-. Por lo que se refiere
a los inmigrantes, tratándose de jóvenes pobres
criados en la efervescencia reivindicativa de aquellos años
-al igual que sus hermanos reclutas-, tampoco se mostraron especialmente
españolistas; antes al contrario, puestos en la tesitura
de escoger entre una Madre Patria de la que sólo conocieron
sus sinsabores y una Tierra si no Prometida sí al menos
republicana, parece obvio que la inmensa mayoría eligió
cubanizarse-republicanizarse de inmediato.
Hubo, sin embargo, una minoría de facinerosos
-inmigrantes y colonos de anterior data- con la que se formó
el infame Cuerpo de Voluntarios, una milicia nada popular a la
que, por mencionar sólo un caso, se la debe uno de los
crímenes más escandalosos de tres guerras escandalosas:
en 1871, cuando la primera guerra de independencia cubana aún
no había llegado a La Habana pero ya los Voluntarios habían
asesinado al poeta J.C. Zenea, estos paramilitares fusilaron a
ocho estudiantes so pretexto de haber profanado una tumba española.
Como se demostró desde el primer momento, el único
pecado de aquellos niños de primer año de Medicina,
fué jugar a las puertas del cementerio. Uno de ellos había
arrancado una flor silvestre. Otro ni siquiera estaba en La Habana.
Las condenas se hicieron por sorteo entre 45 inculpados. Fueron
semiabsueltos en un primer Consejo de Guerra pero los Voluntarios
exigieron una segunda vista. En cuatro días, fueron fusilados.
Los nombres de algunos de sus asesinos: Dionisio López
Roberts, gobernador de La Habana, que fué quien les arrestó
para cobrar rescate a sus padres; Ramón López de
Ayala, capitán del 4º Batallón de Voluntarios,
jefe del pelotón de fusilamiento.
Tristes ejemplos aparte, la enseñanza de
estos datos demográficos es halagüeña: muy
burros -con perdón de tan discretos ungulados- debían
ser nuestros mandamases de entonces cuando creyeron que aquellos
700.000 reclutas y emigrantes -paupérrimos pero criados
en una protesta genuina, no lo olvidemos- se convertirían
en sicarios patrioteros de la peninsularidad. Y más burros
aún cuando, a través de las leyes marciales -valga
la contradicción-, les obligaron a escoger entre Cuba y
España.
2. El glorioso Ejército expedicionario
De los centuriones, más que recordarles
por lo bien que hicieron su oficio -esclavizar a los negros y
humillar y carnear a propios y extraños-, nos interesa
destacar su mezquindad, su arbitrariedad y su impunidad. La primera
de estas 'cualidades' parece congénita a la casta; endogámicos
como son, debe ser que lo han impreso en un cromosoma degenerativo
convirtiéndolo en algo así como la peculiar marca
de su ganadería. Su arbitrariedad es de carácter
menos biológico y más cultural: es la demostración
inmediata de lo absoluto de su poder y la práctica cotidiana
del mismo. La impunidad es, asimismo, de índole político:
es la confirmación normativa de la arbitrariedad, la manifestación
cotidiana de que -como dijimos antes-, lo de leyes marciales es
una contradicción en sí misma.
Dícese que el Ejército español
perdió las guerras del 98 pero, al menos de puertas adentro,
no parece que sufrieran mucho con la derrota. "La culpa de
ella la tuvo la medrosa soldadesca", pensaron de inmediato.
Lamentarse, poco se lamentaron, tan ocupados como estaban en administrar
su botín y en acrecentarlo a base de asonadas, chantajes
al pueblo y preparativos para las siguientes aventuras. Como muestra
del origen de sus riquezas (materiales), basten los siguientes
ejemplos, espejuelos desvaídos de las estratégicas
cualidades antes mencionadas:
a) La mezquindad. El almirante Cervera, jefe de
la escuadra de Cuba, tiene fama de hombre íntegro y hasta
pacífico -pacifista sería el colmo de la esquizofrenia-.
De hecho, dicen, fué uno de los pocos militares que intuyeron
la aplastante derrota que se le avecinaba -gozaba de excepcionales
dotes de adivino-. Al parecer, el baldón del hundimiento
de su flota debe recaer sobre los políticos que le ordenaron
resistir -fíjense que buenos chistes hacen los historiadores:
políticos obligando a militarear a los militares-. El caso
es que, adivinando la derrota, tuvo tiempo para prepararse una
frase para la posteridad, una empírea sentencia de esas
que se inscriben con mayúsculas en criselenfantino ó
por lo menos en mármol. En efecto, la soltó prisionero
en el Iowa. Hela:
-"Toda mi escuadra quedó destruida.
Hemos perdido todo y necesitaré fondos".
Otra joya de la corona. Años después
de terminada la guerra, entrevistan al general Valeriano Weyler,
el inventor de los campos de concentración, el genocida
que encarceló a todo un pueblo, el sabio mentor de las
strategic hamlets de Vietnam, aquél gracias al cual el
Ejército español tiene una página destacada
en la Historia Universal de la Infamia. El periodista, amigo suyo,
le pregunta por el general Máximo Gómez, un antillano
que había peleado en el ejército español
durante la segunda guerra de Independencia dominicana y que, poco
después, se convirtió en el Jefe Militar de los
patriotas cubanos. Repetimos que la entrevista tiene lugar años
después del 98; por lo tanto, podemos esperar que Weyler
haya olvidado su resquemor de vencido, hable para la Historia
y ofrezca una franca mano de conmilitón a su vencedor.
Velay:
-"Pues un día, Máximo
Gómez, que estaba pereciendo, me pidió cinco duros
y yo, que siempre he tenido algunos posibles, se los presté.
-¿Y le pagó?
-Ni con buenas palabras".
Egregio. Por miserables que resulten nuestros
Espadones, hemos de recordar que sus cominerías tuvieron
consecuencias trágicas para los soldados. Por ejemplo:
los Fondos de Redención y Reenganche -institucionalización
del chantaje nacional-, en lugar de mejorar la suerte de los reclutas,
sirvieron para la construcción de cuarteles y la compra
de armamento. Ah!, sin olvidar que con ellos se pagaban del 40
al 95% de los sueldos de la Guardia Civil.
Cuando hubo que abandonar Cuba, lo que en las
salas de banderas parecía grotesco, visto desde el peonaje
siguió convirtiéndose en criminal: en el verano
de 1898, se destinó al cuidado sanitario de los soldados
a repatriar -gravemente enfermos en su mayoría y hambreados
en su totalidad- la colosal suma de ¡500.000 pesetas!. Las
consecuencias de tamaña cicatería las observaremos
más adelante.
Otrosí, a los soldados combatientes, se
les licenció con una gratificación de 20 ptas. y
una pensión mensual de 7,50 ptas., equivalente a tres jornales
de la época. Pero los retrasos en las pagas fueron tan
escandalosos que mejor diríamos que la norma fué
el olvido absoluto. Años después, los ex-combatientes
todavía se manifestaban reclamando unos míseros
céntimos que nunca les llegaron.
Por lo demás, a los 125.447 repatriados
del verano de 1898, se les ofrecía una pensión máxima
de 160 ptas.; eran los 'afortunados' que podían demostrar
que habían luchado los 32 meses de campaña que,
cabalísticamente, decretaron los mandos que había
durado la campaña -sobra decir que algunos de ellos, los
de mejor salud, habían sobrepasado esos 32 meses-. Con
35 millones de pesetas se les hubiera podido pagar a todos esa
pensión mínima que era la máxima. Pero, a
pesar de que a España ingresaron cerca de 2.000 millones
de pesetas en concepto de capitales repatriados, a los repatriados
no les llegó prácticamente nada. Por el contrario,
se les chantajeó para que aceptaran una irrisoria cantidad
a cuenta -a la vez que firmaban en blanco que el Ejército
nada les debía- gracias a lo cual, hasta de esos hipotéticos
35 millones sacaron tajada los espadones.
b) La arbitrariedad. Siendo una cualidad consustancial
al ejercicio de las armas, no vamos a abundar en ella. Bástenos
el testimonio de Santiago Ramón y Cajal quien, para su
desesperación, ejerciera en Cuba como capitán médico
en 1874. Narra Cajal en sus memorias (Mi infancia y juventud)
la escalofriante mortalidad que cayó sobre la tropa expedicionaria
-y que se debía mucho más a las exaccciones y avaricia
de los mandos que a las escaramuzas armadas-; según el
laureado histólogo, los 200.000 soldados que llegaron para
aquella primera guerra, se redujeron a la mitad durante el primer
año y a la cuarta parte a los dos años. Bonita manera
de exprimir la gallina de los huevos de oro.
Cuando Cajal regresó a España, incluso
un profesional como él, todo un oficial médico,
sólo pudo cobrar sus pagas atrasadas -que eran casi todas-
sobornando con un 40% de su importe total al oficial pagador;
y encima, se consideró afortunado. Pero lo que mejor retrata
la criminal arbitrariedad de sus mandos es el episodio, menor
si se quiere, en el que se enfrenta durísimamente al comandante
de su fortín porque éste se empeñaba en que
sus dos caballos durmieran en el hospital.
Según nos cuentan las memorias de Cajal,
es evidente que para su jefe era más importante su ganado
equino que su ganado humano -"mis soldados son reemplazables
pero mis caballos..."-. Por lo demás, Cajal -un sabio
poco dado a las simplificaciones- caracteriza a la oficialidad
como 'gente alcohólica, lujuriosa, ladrona y jugadora'.
Así de simple y así de claro.
c) La impunidad. Un ejército que pierde
una guerra entre otros motivos por los altivos y gallardos comportamientos
reseñados en los párrafos anteriores, es lógico
suponer que es un ejército al que se le exigen responsabilidades.
Pero Spain is different. No sólo no hubo en 1898 ninguna
citación de un tribunal civil, no sólo no se menoscabó
en nada el honor militar -léase la impunidad castrense-
sino que los (escasos) trapos sucios fueron lavados en las salas
de banderas.
Los integérrimos tribunales de honor no
dieron abasto: en total, condenaron nada menos que a ¡tres
generales, un coronel y un teniente!. Las condenas fueron durísimas:
baja en el servicio activo -pero con sueldo completo, que una
cosa es la pistolera y otra la faltriquera-. A cambio de tan radical
saneamiento, se instauró la censura militar para la prensa
y se atacaron físicamente no menos de cuatro periódicos.
En resumen: al terminar la guerra, había
499 generales (uno por cada 160 soldados) y 142 almirantes (para
dos buques de combate). Por sus heroicidades bélicas, se
autoconcedieron 17.000 condecoraciones -cuéntase que más
de uno falleció agobiado por el peso de tantas medallas-.
Y para finalizar, un detalle sin importancia: en 1900, el 60%
del presupuesto militar estaba destinado a pagar los haberes de
los oficiales.
3. Los no menos gloriosos funcionarios
"Comunidad presupuestívora",
eran llamados. Si los militares eran un ejército de ocupación
externa e interna, los funcionarios se constituían en sus
Tercios civiles. Si en el ejército había generales
y coroneles, estos Tercios estaban comandados por gobernadores
y caciques. Por lo tanto, nada más lógico que el
dinero para el presupuesto nacional que ellos mismos rapiñaban,
fuera destinado al autoengorde de los apandadores.
Ahora bien, puesto que la literatura española
de la época está llena de descripciones de sus bellaquerías,
de su connivencia con los caciques y de su desempeño fundamental
-sostener la esclavitud en Cuba y el cacicazgo en España-,
nos vamos a limitar a ofrecer un par de ejemplos relacionados
con el 98:
A los deportados (véase Víctimas,
2.1.), honestísimos funcionarios con cara de no haber roto
un plato en su vida, les cobraban 0,50 pesetas por un panecillo
mohoso y 5 pesetas por una lata de leche ó una tajada de
queso. ¿Hemos de añadir que el (ridículo)
presupuesto para el mantenimiento de los deportados se evaporaba
en los bolsillos de sus guardianes?
Continuando con nuestra decisión de poner
nombre y apellidos a la infamia, añadiremos el segundo
ejemplo: Pedro Díaz, alcaide de la cárcel de Cádiz,
no sólo se quedaba con las 0,30 ptas. diarias de la manutención
de los presos; además, cobraba 1 pta. diaria por el uso
de las celdas del piso de arriba y 1 pta. por cada catre maloliente
y 2,50 ptas. por una bazofia a la que llamarla 'comida' sería
más que eufemismo. Por si ello fuera poco, a los deportados
desde Cuba les cambiaba su oro por pesetas al tipo de cambio que
Vds. se pueden imaginar. ¿Que algunos presos no tenían
posibles para engordar al alcaide?. Pues muy sencillo: les enviaba
a las celdas del sótano donde el agua que manaba se entretenía
en aliviar las penas.
"Pero bueno -dirán Vds.-, nos han
prometido que hablarán de los funcionarios y sólo
aducen ejemplos de carceleros". Aguda observación,
hemos de admitir. Así que, Srs. nuestros, déjennos
añadirles que ¿acaso no son funcionarios los funcionarios
de prisiones?. Los Tercios civiles han sido, son y serán
un continuum dentro del cual puede circular libremente cualquier
funcionario: hoy en Prisiones, mañana en Agricultura y
el año que viene, de veraneo a Marienbad. ¿Acaso
cree alguien que los carceleros son cualitativamente distintos
de los agroburócratas?, ¿quién se escandaliza
de que el Estado tenga oficinas carcelarias?, ¿no son,
por desventura, la más acabada expresión de su Poder?.
La burocracia es una bola de fierro en la que no hay extremos:
ni en las cárceles ni en los más lujosos gabinetes.
Y no les quepa duda, Srs. nuestros, de que Pedro Díaz,
alcaide de Cádiz, no era congénitamente monstruoso
ni le dolía el cargo en exceso. Pedro Díaz no pasaba
de ser un funcionario del montón: cualquier colega suyo
le habría sustituído con gusto y, de hecho, muchos
codiciaban su (despiadado) destino.
4. Los ricos caritativos
Como saben hasta las piedras, toda guerra es ocasión
para grandes negocios. Además de las dos pandillas antes
mencionadas, en el 1898, ¿qué taumaturgos transmutaron
tanta sangre en oro?. Pues, como siempre, los hubo de dos clases:
los que se forraron con la herida y los que se forraron con el
parche para la herida -vano intento sería insinuar siquiera
que los primeros eran distintos de los segundos-. Vayamos primero
con (contra) los del parche:
La cuota de redención de los quintos, el
bálsamo de Fierabrás que los libraba de ir al servicio
militar ó, dicho sea con la mayor precisión, el
rescate exigido por la Corona a todo mozo varón que hubiera
cometido el delito de ser español, varió durante
aquellas guerras coloniales entre 1.500 y 2.000 pesetas; en números
redondos, unos 1.000 jornales. Teniendo en cuenta el predominio
que entonces tenía la agricultura, el cacicazgo feroz,
la ausencia de sindicatos ó cajas de resistencia y, en
general, la semiesclavitud que reinaba en aquella España
-en ésta hemos progresado velozmente hasta alcanzar la
servidumbre-, ese millar de jornales constituía, para la
inmensa mayoría de las familias españolas, toda
una fortuna.
Por lo tanto, de inmediato surgió el negocio
de las compañías de seguros y de las agencias de
sustitución -de un quinto por otro aún más
desamparado-, por no hablar de los gancheros. Porque toda la vida
familiar se trastornaba si nacía un hijo varón;
como en el Egipto de Moisés, tener varones se convirtió
en una desgracia bíblica -es decir, sin posible recurso
al veleidoso perdón de Yahvé-. Había que
asegurarles contra el secuestro militar, tarea en la que se vaciaban
las economías de aquellas familias que, al menos, tenían
esos posibles. Se popularizó el seguro desde el nacimiento,
bajo unas condiciones que llamarlas leoninas sería edulcorarlas.
En las semanas que precedían a los sorteos de quintos,
más de la mitad de los anuncios publicados en bastantes
periódicos estaban relacionados con la guerra: primas y
cuotas de seguros, búsqueda de sustitutos, deshaucios,
hipotecas, cobro de deudas, compras de abonarés de licenciados
en el ejército y préstamos al 5% ¡mensual!.
Miles de familias arruinadas que, encima, tenían que dar
las gracias a sus atracadores.
Y, en otro orden, los inevitables parches para
las heridas: la condesa de Vega de Haro que presta una finca en
Coria para atender a los soldados repatriados, la Reina Regente
que tiene el detallazo de abrir un sanatorio para soldados en
la hospedería de los dominicos de Montes Claros (Reinosa,
Cantabria). Resumiendo, los poderosos dedicándose con fruición
a una de sus obscenidades preferidas: el espectáculo de
la caridad.
5. Los ricos, sin más
"Éstas de la derecha son las
tierras del Conde. Éstas no han ido a Cuba, y están
tan majas. ¡Bien labradicas las tienen! Si los hombres fuéramos
como las tierras, que no se mueven de un sitio..."
Así expresaba un autor ahora olvidado -José
de Roure, en su obra El repatriado-, la conmoción que causó
el 98 entre los campesinos. Está de más añadir
que buena parte de las tierras cambiaron de manos, que el latifundio
se agravó y que los caciques agrarios hicieron su agosto.
Muchos de los pequeños propietarios campesinos perdieron
hasta la tierra de las macetas por el endeudamiento de las cuotas
de redención ó por los seguros contra ellas. El
lumpen campesinado, los sin tierra, para qué hablar: estos
perdieron hasta sus hijos.
Simultáneamente, surgieron esos nuevos
ricos que siempre aparecen al olor de la pólvora. Fueron
de la categoría escualo porque, literalmente, buena parte
de su fortuna se la debieron a los tiburones. Un sólo ejemplo:
el santanderino Antonio López -perdón, el marqués
de Comillas-, fundó a principios de las contiendas la naviera
de su nombre, pérfida progenitora de la Compañía
Transatlántica (1881). La vera historia de la Transatlántica
es la vera historia de cómo las fortunas no son nunca inocentes:
López transportó en menos de tres
décadas a más de medio millón de soldados.
¿En qué condiciones?: of course, al menor coste
imaginable. Los soldados repatriados viajaban "como piaras
de cerdos" (Pi y Arsuaga). Los océanos se convirtieron
en una "insaciable tumba" (Ciges Aparicio), porque López
y sus gerentes de la Transatlántica les convirtieron en
"carne de tiburones" (Blasco Ibáñez).
Llegaron a alimentar a los soldados enfermos con "sardinas
arenques y cebollas con arroz podrido". Bajo semejantes condiciones
-el menor coste, dura lex económica-, la vuelta a la Península
fué una odisea a la que no todos sobrevivieron. Blasco
Ibáñez cuenta con detalle una de esas travesías,
una entre mil, una más en la que, de 364 soldados, perecieron
120. Casi la mitad. "En once días murieron ¡sesenta
y cuatro soldados!", nos cuenta el escritor valenciano.
Lo que debió haber sido un regreso alegre,
la vuelta a casa de los sobrevivientes, el retorno al hogar entre
coplas y compañeros de fatigas, se transformó por
obra y gracia de los tiburones del transporte en una angustiosa
ordalía. Y menos mal que todavía funcionó
un humanismo básico: los soldados menos enfermos llegaron
a tener que transportar agua en sus bocas para los más
graves porque ni agua les daban (véanse más detalles
en Víctimas, 2). Todo ello en unos años en los que
ya había fotografía, telégrafo, cine y electriciad
-para que luego nos cuenten que el progreso material acarrea necesariamente
el progreso social-. Mientras tanto, López llegó
a movilizar 51 barcos -23 de ellos, extranjeros-. Sus herederos,
qué inocentes ellos, disfrutan todavía del emporio
que levantó -eso sí, enmascarado bajo nombres, siglas
y banderolas ligeramente distintas de las de Transatlántica-.
Pero, dirán Vds., "alguien se arruinaría,
no todos se harían millonarios ó no todos los capitalistas
serían como López". Tienen Vds. razón:
"En el año del 'Desastre', 265 firmas fueron disueltas
por acuerdo de sus socios y 320 se declararon en quiebra, en todo
el territorio español" (Josep M. Delgado).
Ahora bien, ¿les suena a Vds. aquello de quiebra fraudulenta?;
entonces, ¿cuántas de las firmas anteriores incurrieron
en ella?. Porque la guerra del 98 fué, como todas, en primer
lugar una guerra contra el pueblo español y una de las
estretegias que se enseñan en cualquier academia cívico-castrense-económica
es que la guerra ha de aprovecharse para estrujar al pueblo a
través del envite combinado de todos los capitalistas.
No ha de haber competencia entre nosotros, hay campo para todos,
tú no me arruinas y yo no te arruino: "todos juntos
en unión / defendiendo la bandera / de la santa tradición".
Y la tradición de los propietarios es que perro no debe
comer perro.
Siguiendo tan consetudinarias normas, los ricos
de las colonias no tuvieron ninguna dificultad en amoldarse a
la Patria. Los capitales repatriados fueron tales que se fundaron
sociedades mercantiles por un valor que sólo se igualaría
a partir de 1965. Como hemos dicho antes (véase 2, a),
llegaron hasta 2.000 millones de pesetas por lo cual, si hacemos
caso de la macroeconomía, el año siguiente al 98
fué un año excelente para la economía española
-y eso, ¿qué es?-.
Buena parte de los tiburones actuales son herederos
directos y hasta biológicos de los tiburones del 98. Por
ejemplo: Botín, el mayor de todos ellos -quien ya antes
de la última guerra cubana había comenzado a fraguar
su poder-. Por ejemplo: los bancos de Vizcaya, el Hispano Americano
(Basagoiti) e, indirectamente, el Central.
Llegados a estos extremos, Vds. harían
bien en interrumpirnos: "Porque, vamos a ver, digo yo que
los gringos que nos derrotaron aprovecharían para quedarse
con el botín español". Ni botín ni Botín.
Recuerden que perro no come perro. Y si no se lo creen; si, a
pesar de todas las enseñanzas de todas las guerras, mundiales
ó parciales, Vds. todavía piensan que los capitales
de los perdedores mueren en las contiendas, les vamos a regalar
un ejemplo fino fino filipino:
La Compañía General de Tabacos de
Filipinas -nacida en 1881 con un capital social de 75 millones
de ptas. de las de entonces-, fué inmensamente rentable
antes, durante y después del 98. Si bien es cierto que
tuvo un ligero descenso en sus beneficios durante el mismísimo
1898, es no menos cierto que se recuperó inmediatamente
-entre 1905 y 1910, volvió a recaer pero por causas ajenas
a la guerra y al conflicto con EEUU: epidemia entre los búfalos
carabaos, cólera, plagas de langosta, huelgas e incendios-.
Dicen que el secreto de su éxito estuvo
en la diversificación: entró en el negocio naviero
transoceánico cuando le convino y salió cuando la
gallina estaba gorda todavía; se dedicó al transporte
fluvial y al cabotaje insular con empeño tan progresista
y tan patriótico que llegó a oponerse al gobernador
español porque éste quiso abrir una carretera -tanto
progreso le hubiera hecho perder el control sobre los productores
de tabaco-; entró con armas y bagajes en el comercio de
factoría, también llamado de esclavitud por deudas
-a los obreros, indígenas en su mayoría, se les
adelantan monopólica y generosamente mercancías
a unos precios tan exhorbitantes que jamás pueden llegar
a pagarlas-; controló la importación de subsistencias;
compró tierras; se dedicó al cultivo de exportación
(abacá y copra) y a las bebidas alcohólicas de consumo
interno (vino de nipa ó palmito). Evidentemente, todo ello
con la anuencia de los EEUU.
Al igual que los bancos y navieras antes citados,
la Compañía de Filipinas -nombre abreviado-, ha
durado hasta nuestros días. Uno de nuestros mejores poetas,
Jaime Gil de Biedma, fué uno de sus beneficiarios. La mayoría
de las acciones de su mejor factoría, La Flor de la Isabela,
fué vendida por la empresa matriz -Tabacalera- a un consorcio
chino-filipino a finales de 1995. Tabacalera, pues, es rigurosamente
'la última de Filipinas'.
6. Los curas
Con la Iglesia hemos topado, Sancho. Por encima
de la imagen popular que, a finales del siglo XIX, se tenía
de los curas -trabucaires, lúbricos, perdonavidas y milagreros-,
queremos destacar que los religiosos profesionales de entonces
nos resultan la síntesis perfecta de todos especímenes
antes mencionados. A las mesas de todos se sentaron, de sus panes
comieron y no se les indigestaron, a todos fortalecieron y no
sólo el ánima, a ninguno excomulgaron y menos penitenciaron.
Porque, vamos a ver: ¿denunciaron acaso la esclavitud?,
¿se enfrentaron a los militares?, ¿no fueron los
primeros en gozar de la caridad bien entendida?, ¿se empobrecieron
con las guerras?.
Así pasen otros cien años, así
dispongan de todo el tiempo del mundo para emborronar su pasado
y para maquillar sus archivos, así apuesten con ventaja
sabiendo que el tiempo juega siempre a favor de los tiranos, así
que pasen otros cien siglos de años, jamás de los
jamases podrán contestar a estas preguntas. Nosotros nunca
olvidaremos al capellán que zascandilea del pelotón
de fusilamiento a la sala de banderas, nunca a los amancebados
con los caciques, nunca a los confesores de las reinas pías,
nunca a los encapillados de los palacios ni a los doctrineros
de las altas camas.
¿Qué hicieron para parar la guerra?:
bendecir a los generales. ¿Qué para denunciar la
corrupción presupuestívora?: participar de ella.
¿Qué para desenmascarar la caridad?: estimularla
y, ah!, se nos olvidaba, los obispos de Lugo y Málaga cedieron
parte de sus palacios para hospitalizar a los repatriados -pero
cobrando, eh?-. ¿En qué aliviaron el empobrecimiento
de los pobres y en qué obstruyeron el enriquecimiento de
los ricos?.
Para contestar a esta última pregunta,
conviene dar un solo ejemplo: uno más fino fino filipino.
En aquél archipiélago, los curas no eran simples
corifeos del Poder: eran el Poder. El económico, el civil
y, por descontado, el religioso. Pero por hablar sólo del
primer poder, vean unos botoncitos de muestra: los frailes llegaron
a poseer casi todas las haciendas próximas a Manila -400.000
Has. de las mejores tierras imaginables-; desde ellas surtían
de alimentos a toda la capital. Además, exportaban azúcar
y eran dueños de casi todas las edificaciones de Manila.
Hasta poseían el 'galeón de Manila' -la famosa ruta
de Acapulco-. Todo ello, huelga añadirlo, a la vez que
sobrevivieron a todos los decretos desamortizadores que proliferaron
desde principios del siglo XIX. Tantísimo dinero llegaron
a acumular que, en 1851, fundaron el Banco Español Filipino.
En definitiva, eran tan ricos que ni siquiera respetaban la obediencia
a la Orden respectiva ó al Vaticano -La Empresa siempre
perdona un momento de locura al gerente exitoso-. Filipinas no
era una colonia del Estado español: era una colonia de
los Estados Pontificios.
LAS VÍCTIMAS
1. Los pueblos antillanos, filipinos y micronesios
Es de rigor mencionarles en primerísimo
lugar puesto que ellos fueron los más perjudicados por
el colonialismo español. Y, dentro de ellos, sigue siendo
de rigor subrayar con trazo grueso que los esclavos negros y los
indígenas de Filipinas y Micronesia fueron los sectores
más aherrojados. Nunca se repetirá lo suficiente
que la esclavitud en Cuba fué abolida (oficialmente) en
1880, cuando ya habían transcurrido dos guerras de independencia
y faltaban menos de veinte años para el advenimiento definitivo
de la República.
Ergo, puede decirse que los esclavos ganaron su
(precaria) libertad gracias a sus sublevaciones armadas y en ningún
caso gracias exclusivamente a los sermones de los curas ó
cualesquiera otro grupo caritativo ó humanitario -prédicas
que brillaron por su ausencia-. Y, aunque sea saliéndonos
del marco temporal que nos hemos fijado, no podemos por menos
de recordar que los negros cubanos, sangre de la Independencia,
vieron poco después de ésta cómo la República
cubana les recompensaba su abnegación: con el progrom genocida
de 1912, infame año en el que se puso en marcha una limpieza
étnica a la cubana que, por mucha revolución castrista
que nos cuenten, todavía no ha terminado. ¿Que nos
estamos pasando?: pues dígannos cuántos negros hay,
al día de hoy, en el Comité Central del Partido
Comunista Cubano.
Por otra parte, frente al embusterísimo
y nunca bien enterrado topicazo de que la colonización
española fué más benigna que otras -i.e.,
la anglosajona-, hemos de insistir en que España tiene
el triste honor histórico de haber sido la última
potencia europea en abandonar tan repugnante modus vivendi -moriendi,
si lo vemos desde el lado negro-. Aunque, obviamente, una cosa
fué la abolición oficial de la esclavitud y otra
la verdadera. Así, a pesar de que los negros suponían
no menos del 33% de la población cubana en el año
del 'desastre', sobre un índice de hipotética participación
paritaria de 100, el porcentaje de abogados negros era 1 y el
de médicos, 2 -para compensarlo, en el ejército
y la policía llegaba a 48-.
Desgranar someramente los crímenes cometidos
en nombre de la unidad de España y del catolicismo contra
los pueblos que aún permanecían colonizados a finales
del siglo XIX, requeriría tantas páginas que no
habría árboles en el planeta para fabricar tanto
papel. Como no queremos hacernos cómplices de la deforestación
mundial, bástenos por ahora con señalar que no menos
de 300.000 cubanos fueron masacrados en las guerras de independencia.
Una quinta parte de la población, otro quinto maldito.
Si a esto no se le puede llamar genocidio, que venga dios y lo
vea.
2. Los pueblos españoles
"El mundo tiene dos campos:
todos los que aborrecen la libertad, porque sólo la quieren
para sí, están en uno; los que aman la libertad,
y la quieren para todos, están en el otro"
(José Martí, Un español, en Patria, 16 abril
1892).
Verdad como un puño -aunque contradiga
el nombre de la revista en que fué publicada, 'Patria'-.
Encabezamos con ella este acápite para que todos comprobemos
la claridad de ideas de Martí. Porque el ideólogo
de la independencia cubana fué el primero en insistir desde
el primer momento en que la insurrección era sólo
contra el Gobierno español; lo cual, en pura lógica,
era, es y será, sinónimo de que se sublevaban a
favor del pueblo español.
Porque -nunca insistiremos lo suficiente-, el
98 fué una guerra contra los españoles de a pié.
Una guerra desencadenada en todos frentes: el económico,
el religioso y el social. Una guerra interminable en la que hoy
cavamos nuestras trincheras contra el olvido de verdad tan perogrullesca
y contra el impune bombardeo de la versión hegemónica
-la de los sayones laureados-. A estas alturas de este memorial
de agravios, está claro que la inquina de cuatro magnates
mangantes se cebó en los pueblos peninsulares (casi) tanto
como en los pueblos insulares. Y ello ambos pueblos lo supieron
entonces mucho mejor y desde más temprana hora de lo que
lo sabemos ahora -ruindades del Tiempo que, como ya dijimos, trabaja
a favor de los tiranos-.
Afortunadamente, no faltaron ejemplos de españoles
cabales. El mismo Martí nos dejó algunos: Mariano
Balaguer, quien, rodeado de 'compatriotas', se atrevió
a brindar por Céspedes, el prócer independentista;
José Martínez, "el Gallego", un chaval
de 18 años al que asesinaron los Voluntarios en 1892 ó
1893; Diego Dorado; Pablo Insúa, gallego de pro, "el
héroe modesto y eficaz... el héroe en New York"
(Patria, 5 diciembre 1893).
Y no olvidemos otros nombres no menos cabales:
el de Ramón Pintó, catalán fusilado por defender
la causa cubana; el del brigadier general Francisco Villamil que
donó su fortuna a la misma causa; ó los de aquellos
diecinueve extremeños -los auténticos "19 de
la Fama"- que está demostrado que se pasaron al ejército
mambí. Un ejército en el que, dicho sea de paso,
hasta ocho españoles llegaron a generales -entre ellos,
José Miró Argenter, jefe de estado mayor de Antonio
Maceo-. Y es que, aunque algunos autores les cifran en 15.000
y esta cifra nos parezca razonable, lo único absolutamente
seguro es que 919 españoles -canarios y andaluces en su
mayoría- ingresaron al Ejército Libertador. ¿Qué
porcentaje hubo de peninsulares, de criollos de una ó más
generaciones y/ó de desertores? Nos gustaría saberlo
pero, por ahora, ello poco afecta a los efectos de esta requisitoria.
Por demasiado obvio, no vamos a recalcar cuántos
españoles 'leales', soldados ó civiles, murieron
para que sus mandos, militares ó paisanos, constataran
su propio Poder a través de su avaricia. Baste señalar
que, a la vista de las narraciones de la repatriación,
es imposible saber si los soldados que regresaban eran tratados
como propios ó como enemigos:
"Entre montones mugrientos de harapos, mal
rebujados en las mantas, escuálidos, esqueletados, sucios,
la cara expresando estupor, indiferencia, fulgores de fiebre o
transparencias de tisis, aquellos infelices parecían condenados
en el Averno de la suciedad y la miseria" (J. Rodríguez
Martínez).
Y, otra vez Ramón y Cajal: "Los
desventurados estaban enfermos como yo, pero menos atendidos y
sometidos a régimen alimenticio insuficiente. ¡Qué
desgarrador espectáculo contemplar a la alborada el lanzamiento
de los cadáveres al mar!".
Para redondear, una anécdota sencilla y
campechana que nos puede ilustrar sobre las ubicuas ramificaciones
del verdadero Desastre -el sufrido por el pueblo llano-: nos cuenta
un joven amigo que su bisabuelo fué reclutado de la noche
a la mañana. Hubo de partir para Madrid donde la fortuna
quiso que en el cuartel fuera destinado a domador de potros, salvándose
así de la muerte anunciada. En la remota aldea, quedó
esperándole su novia. Pasaron cinco años, pasó
la guerra y al bisabuelo nadie le licenciaba. Harto ya de estar
harto, un buen día descubrió la vía del tren
que llegaba hasta su pueblo y, caminando muchas noches, llegó
a su casa. ¡Desastre!: dándole por muerto, la novia
se había casado con el mismísimo hermano del quinto.
¿Dos familias destruidas?. Para nada. Surgió la
solución sororal, puesta en solfa por los modelnos como
propia de pueblos primitivos: el autolicenciado se ayuntó
con la hermana de su ex enamorada y ahora cuñada y fueron
felices y comieron perdices. Happy end pero, ¿qué
hubiera ocurrido entre citadinos/as?, ¿qué de no
haber mediado el denostado 'primitivismo'?, ¿qué
si lo atávico hubiera echado mano de la escopeta ó
de la corbata de soga en el pajar?
2.1. Los deportados
Dentro de la guerra civil del 98, no podemos olvidar
a los presos políticos. A aquellos -españoles pero
también antillanos y filipinos- que, en el momento de la
deportación, no hubieran sabido decir si corrían
mejor suerte que los fusilados por los mismos motivos, tales eran
las condiciones del traslado y del presidio que les esperaba.
¿Nombres y apellidos de algunos de los verdugos directos?;
olvidemos por ahora a Martínez Campos, al general Dulce
-quien si hubiera atendido por Hiel todavía le sería
azucarado apellido- e incluso al ogro Weyler. Los hubo más
a pié de obra. Por ejemplo: José Porrúa (gobernador
civil de La Habana), La Barrera (jefe de policía), Prats,
Manzano, Cuevas, Sabatés y Castillo (detectives).
Es trivial suponer que las cárceles para
los deportados fueron todas ellas de parecida perversidad. Sin
embargo, la isla de Fernando Póo (hoy, Bioko) se reveló
como la más mortífera: un 40% de los cubanos allá
deportados fué asesinado, en parte por la crueldad de José
Fernández, "de 27 años, rubio, grueso y de
baja estatura", jefe de policía y torturador empedernido.
Pero tampoco nos olvidemos de las escabechinas en los penales
de Ceuta, Melilla, Chafarinas y Cartagena.
Como corresponde a un Estado que dedica tantos
esfuerzos a recordar la paja que le pusieron en el ojo propio
como a borrar la viga que Él puso en la cerviz ajena, carecemos
de datos fidedignos sobre la totalidad de esta represión
bélica -los funcionarios son adiestrados y pagados para
encuadernar en vitela unos expedientes y para quemar otros-. Pero,
por aquello de que la destreza no es el fuerte de los Tercios
civiles, algún dossier se ha escapado de la quema. Gracias
a ello, disponemos de una investigación de M.C. Barcia
sobre una pequeña muestra -algo es algo- de 440 deportados:
236 eran soldados y 127 eran pacíficos (fehaciente nombre
con el que se designaba a los civiles que colaboraban con los
revolucionarios). Es decir, que la resistencia y la dignidad de
los jóvenes reclutas hubo de ser notable así como
el grado de colaboración de los civiles con los insurgentes.
Aduzcamos un último ejemplo para que comprobemos
hasta qué punto el Estado español era vengativo
cual Jehová y, sobre todo, cuán selectiva era su
memoria. Recordemos el opresivo caso de uno de los últimos
deportados, Eulogio Iduya Sáez, alavés de Calduendo:
desertó en 1894 y, al año siguiente, alcanzó
el grado de teniente insurrecto ejerciendo de escolta del general
José Maceo. Al caer enfermo, fué hecho prisionero
en 1897; se le envió a Ceuta en 1898. A finales de 1906,
a pesar de algunas medidas de gracia más teoréticas
que reales y generales, con 33 años de edad y nueve de
cautiverio, aún seguía preso.
2.2. Los prófugos y los desertores
En 1895, una hectárea de tierra de pan
llevar costaba de 75 a 100 pesetas. El jornal del campo era de
1,5 a 2 ptas. Algunas pocas de las familias de los reservistas
que tuvieran de 30 a 40 años, recibían de los ayuntamientos
de 0,50 a 0,75 ptas. diarias -dos a tres reales-; una limosna
para malmorir. Y el rescate del secuestro bélico seguía
valiendo 1.000 jornales. En estas condiciones, ¿es de extrañar
que abundaran los prófugos?.
Abundaron, sí, pero ¿cuántos
fueron?. Gracias a la antes aludida siniestra selectividad de
los encargados de los archivos -de los funcionarios y de los militares-,
nunca lo sabremos. Pero recurriendo al sentido común, cabe
suponer que los prófugos fueron mucho más numerosos
que los desertores. Eso sí, nos consta que eran especialmente
conspicuos en la costa cantábrica y en Canarias. Y que
hubo manifestaciones contra el secuestro de los quintos en Haro,
Tafalla y Valencia -al menos en 1895-.
Por lo que respecta a los desertores -¡loor
a ellos!-, tenemos algunos datos más ó menos indirectos:
durante la primera guerra cubana (1868-1878), sobre unos 200.000
soldados, según las cuentas oficiales, 6.248 fueron desertores
-ó extraviados y en presidio que viene a ser lo mismo-.
En cuanto a la tercera guerra: en 1897, de los
200.000 soldados enviados a Cuba hasta esa fecha, sólo
quedaban 115.000 -más de la cuarta parte, moribundos-.
¿Qué les ocurrió a los 85.000 restantes?
Nadie sabe, nadie responde. ¿Estaban todos muertos?. Si
hubo sobrevivientes, ¿es que desertaron en masa?. Es muy
probable. Y es también bastante plausible colegir que muchos
de ellos no se contentaron con desaparecerse sino que se pasaron
abiertamente al 'enemigo'. Por ejemplo: buena parte del regimiento
insurrecto de Ocujal, eran españoles peninsulares. Y finalicemos
dejando un único nombre -que, a propósito hemos
escogido por ser común, vulgar y de esos que siempre se
confunden- para solaz de los actuales insumisos y para que "retrocedan
las aguas del olvido": el de Leoncio López, madrileño,
desertor, revolucionario, deportado, muerto en presidio.
3. Mención especial: los anarquistas
Junto con los republicanos federalistas de Pi
i Margall fueron los únicos que se opusieron activa y sistemáticamente
a las contiendas coloniales -y bien que lo pagaron-. Pero su unánime
rechazo se basó en dos posiciones doctrinales, dualidad
que ahora aprovechan algunos intelectuales orgánicos para
sembrar cizaña y confusión. Hubo por un lado los
que defendieron la independencia de las colonias aun conscientes
de que ella no significaba gran cosa por sí sola; y, por
el otro, hubo quienes vieron en las nacientes repúblicas
nuevos Estados tan indeseables metapolíticamente hablando
como el colonial. Es ésta diferencia entre política
cotidiana y metapolítica la que, tendenciosamente, ignoran
y confunden los citados plumíferos. Y es esta misma diferencia
la que subyace cuando se dice que El Corsario, encuentra razonable
la reivindicación independentista mientras que La Idea
Libre exclama que ellos son "ajenos al '¡Cuba libre!'
de los separatistas".
En todo caso, como no podía ser de otra
manera, hubo estrechas relaciones entre los más insurrectos
de allá y los más insurrectos de acá -los
anarquistas españoles-. Por ejemplo: el ínclito
Michele Angiolillo, san jorge del Monstruo, era amigo de Ramón
Emeterio Betances y Alacán, alias el Antillano, médico
portorriqueño que representaba en París al Partido
Revolucionario Cubano -fundado por Martí en 1892-. Asimismo,
el conspicuo ácrata Fernando Tarrida del Mármol,
era de origen cubano y jugó un destacado papel en el anarquismo
español; exiliado en París, es quien enciende una
notoria campaña mundial al desvelar las atrocidades de
Montjuïc 1897 -cientos de anarquistas torturados y cinco
inocentes fusilados por el atentado del Corpus en la calle barcelonesa
de Canvis Nous-.
Por lo demás, es en estos años alrededor
del 98 cuando la generalizada efervescencia social produce algunos
juicios sumarísimos populares tan espectaculares que los
plumíferos áticos todavía se escudan en ellos
para limitar el anarquismo europeo a lo que, en puridad, no pasa
de ser el epifenómeno de una reivindicación infinitamente
más profunda. Nos referimos a la lista de tiranicidios
firmados por anarquistas. Voilà:
1881: el Zar Alejandro II
1893: Paulino Pallás contra Martínez Campos y Santiago
Salvador contra el Liceo de Barcelona
1894: Carnot, presidente de Francia
1896: ¿Girault? versus la procesión del Corpus,
en Barcelona
1897: Michele Angiolillo versus Cánovas
10.sept.1898: en Ginebra, Luigi Luccheni contra la emperatriz
Isabel de Austria (Sissi)
1900: Bresci contra Humberto I de Italia
1901: Leon Czolgosz contra W. McKinley, presidente de EEUU en
el 98.
Pero, como ha sido acostumbrado en las páginas
precedentes, antes que abundar en los Grandes Nombres, preferimos
terminar acordándonos de aquellos otros que nunca tuvieron
un lugar en esa mentirosa Historia con mayúsculas. Por
ejemplo: José Luis Pellicer, ilustrador de la revista La
Campana de Gracia, quien siempre dibujó al ejército
expedicionario como una procesión de esqueletos y calaveras;
Domingo Mir, el mismo que, preso en Acho (Ceuta), lavaba gratis
la ropa de los deportados cubanos. ¿Que cómo descendemos
a estas minucias?: pues porque las historias de los de abajo han
de contarse también desde abajo.
DESPUÉS DEL 'DESASTRE'
No queremos terminar estas amables apostillas
con aires de requisitoria sin echar un vistazo a los consecuentes
de las guerras coloniales. Por fortuna, unos anónimos colegas
nos han ahorrado parte del trabajo puesto que, en fecha tan lejana
como en el año 1.985, prepararon un manifiesto convocando
a lo que dieron en llamar Comisión del I Centenario, manifiesto
que abundaba más en el post 98 que en los horrísonos
tópicos que hemos ido desgranando en este panfleto.
Nos consta que sus esfuerzos se vieron recompensados
con la creación de tres delegaciones: una en Zaragoza -a
cargo de una ilustrada heredera de la más acrisolada aristocracia
baturra, aquella nobleza genuina que, al precio de sus fueros
e incluso de algunas notables cabezas, defendió a Antonio
Pérez de la ira de Felipe II, ese que ahora dicen que era
un pedazo de pan-; una y media en Zamora -mantenida por un sabio
que todavía viaja en burro-; y la tercera ó tercera
y media, en Madrid -alimentada por ella misma-.
Vale decir que, por no estar completamente de
acuerdo con todos los planteamientos de aquél manifiesto
-discrepancia nacida de nuestra congénita reluctancia a
manifestarnos, fuera sobre lo que fuere-, hemos decidido recortar
algunos de sus extremos. Extremos que sólo afectan a lo
tipográfico, no a la doctrina, que en esto mantiene tan
notable coherencia que cualquier apófisis nos permite reconstruir
su esqueleto. Por lo tanto, olviden Vds. insinuación alguna
sobre la censura y, si les pete, sigan leyendo:
Los que hacen negocios americanos bien pueden
suscribir aquello de que "más se perdió en
Cuba" pero, como veremos más adelante, a nosotros
nada se nos perdió por allá sino todo lo contrario:
lo ganamos desde 1898. Porque, como dijo el ínclito cubano-valenciano-canario,
"la República [ay!, solo cubana]
será tranquilo hogar para cuantos españoles de trabajo
y honor gocen en ella de la libertad y bienes que no han de lograr
por largo tiempo en la lentitud, desidia y vicios políticos
de la tierra propia" (José Martí).
En los últimos diez años de Imperio
Español, la población nacida en Cuba descendió
en más del 6%. Las inversiones estadounidenses en 'la Perla
de las Antillas' llegaron a los 50 millones de dólares.
Se inició el latifundio azucarero: solo pudo sobrevivir
uno de cada seis ingenios.
Al comenzar la definitiva guerra de la Independencia
-las dos anteriores dicen los españoles que las habían
ganado ellos-, ya habían muerto en Cuba no menos de 80.000
soldados, uno por cada 225 españoles/as: veinte veces más
que los norteamericanos en Vietnam. Aún así, en
los primeros meses del tercer y definitivo conflicto se decuplicó
la guarnición llegando a los 130.000 reclutas. De la noche
a la mañana, uno de cada 140 ciudadanos -justo el que no
tuviera las 2.000 pesetas que valía la cuota de exención-
era enviado a la Colonia.
Las hazañas que perduran de aquellas 'nuestras'
tropas se resumen en dos: la invención, por el general
Valeriano Weyler, de los campos de concentración para toda
la población civil y la broncínea estatua del héroe
y mártir Eloy Gonzalo -más conocido en Madrid como
Plaza de Cascorro-.
Además de otros sentimientos más
o menos empíreos, el ejército colonial español
defendía el conjunto de leyes, impuestos e instituciones
que vino a denominarse Tesoro Cubano. Con este Tesoro se pagaron:
Dos guerras cubanas, la incursión sobre
México (1862), la segunda guerra de la independencia dominicana
(1863-65), el ataque a Perú (1866), los anticipos para
las guerras carlistas, el penal de Fernando Poo, la nómina
del Cuerpo Diplomático y Consular en toda América,
la pensión de los herederos de Colón e, incluso,
los gastos de la misma Administración cubana.
Sin embargo, el Tesoro Cubano, afortunadamente,
había tocado fondo. Su deuda llegaba a superar, con muchas
creces, el valor total de los bienes raíces de la isla.
Beneficiándose más de la codicia
ajena que del propio ingenio, los EEUU toman Cuba en 1898. Cuatro
años después, vuelven los españoles: esta
vez como inmigrantes. ¿Cuántos soldados desertaron
para residir en una tierra a la que nunca hubieran podido llegar
si el Estado no les hubiera acarreado?.
Nunca lo podremos saber pero sí tenemos
algunos datos complementarios de esta Reconquista de las Indias:
a diario, casi un centenar de emigrantes salía rumbo a
Cuba. Esta diáspora fué muy superior a la de los
períodos álgidos de la emigración hacia Europa
durante los años sesenta del siglo XX.
Y así, pocos años después
de perder militar y políticamente la Perla de las Antillas,
medio millón de emigrantes consiguieron asentarse pacíficamente
en ella. Abierta la isla a la inmigración mundial, en régimen
de libre competencia, los españoles llegaron a suponer
casi el 70% del total inmigratorio.
O, lo que es lo mismo: desde el preciso y precioso
instante en el que los funcionarios del Imperio Español
regresaron a la metrópoli, cientos de miles de españoles/as
se apresuraron a trabajar unas tierras que, por excesivamente
españolas, hasta entonces les habían sido tan ingratas
como las de la Península. Los 13.000 colonos estadounidenses,
flamantes vencedores de la guerra, en la paz se vieron desbordados
por esta marea migratoria.
Conclusión: sin tener en cuenta posibles
beneficios para la población criolla, la Caída del
Imperio Español en América supuso, por parte celtibérica,
el fin de la matanza de unos jóvenes que no querían
ir, dadas aquellas condiciones bélico-patrioteras, a las
últimas colonias -matanza, dicho sea de paso, más
a cargo de las enfermedades carenciales (hambre) y de las pistolas
de sus oficiales que ocasionada por el combate-.
A ello, en buena lógica, siguió
el estrechamiento de las relaciones entre los pueblos español
y caribeño -hermanamiento que, por popular, resultó
inmediato-. En definitiva, como consecuencia del Desastre de 1898
lloraron cuatro paniaguados, chupatintas y chupasangres; pero
el pueblo llano no tuvo ningún motivo para compartir aquellas
lágrimas de cocodrilo y, a la postre, es evidente que hasta
se fortaleció la presencia española en América.
Por lo tanto, sin prejuzgar las ventajas ó
desventajas que el Pueblo Español haya gozado ó
lamentado durante los 400 años de la Colonia, resulta meridiano
que el derrumbe de esa porción de 'su' Imperio le produjo
beneficios inmediatos. A saber:
a) al consumirse el Tesoro Cubano, no se pudieron
financiar las aventuras imperialistas a las que tanto se habían
acostumbrado nuestros alegres, irresponsables y dispendiosos gobernantes.
b) al desaparecer el Ejército Colonial,
la juventud redescubrió las maravillas americanas.
c) así, al menos los más afortunados,
pudieron evitar, gracias a la emigración a Cuba, la onda
expansiva de los desastres rifeño-africanos que se multiplicaron
en los años subsiguientes.
Por todas las razones antes expuestas -y por algunas
más que sería prolijo detallar-, debemos concluir
en que este I Centenario de 1898 debe celebrarse en un clima de
exultante alegría. COMPRICE (COMisión del Primer
Centenario de la caída del Imperio Español en América,
Filipinas y Micronesia) nace para ello: somos cómplices
en la primera fila de la rumba y solo nos alistamos en las trincheras
del bolero,
CUBANOS EN ESPAÑA
Finalmente, señalemos que esta triste historia
estaría incompleta si no tuviéramos un recuerdo
para los cubanos que, habiendo bien entendido que lo del 98 fué
una guerra contra los pueblos cubano y español, no dudaron
en defender al pueblo español incluso en la misma Península.
En justo agradecimiento a su dignidad, tan escueta como emocionadamente,
vayan por ellos este par de ejemplos:
"En Zaragoza, cuando Pavía holló
el congreso de Madrid y el aragonés se levantó contra
él, no hubo trabuco más valiente en la plaza del
Mercado donde cayeron las cabezas de Lanuza y Padilla, que el
del negro cubano Simón; y cuando Aragón había
abandonado las trincheras, y no se veía más que
el humo y la derrota, allí estaba Simón, el negro
cubano, ¡allí estaba, él solo, peleando en
la plaza" (José Martí,
"Un español", en Patria, 16 de abril de 1892)
Ochocientos cincuenta (850) cubanos lucharon al
lado de la revolución española de 1936-39 (más
conocida como 'guerra civil'). Es triste añadir que muchos
de ellos murieron en el empeño. De la mano de un poeta,
víctima también de la enésima restauración
monárquica, terminamos esta filípica con la memoria
de sólo uno de ellos, uno más entre ellos pero qué
ellos:
"Me quedaré en España, compañero",
me dijiste con gesto enamorado.
Y al fin, sin edificio tronante de guerrero
en la hierba de España te has quedado.
Nadie llora a tu lado:
desde el soldado al duro comandante,
todos te ven, te cercan y te atienden
con ojos de granito amenazante,
con cejas incendiadas que todo el cielo encienden.
Pablo de la Torriente,
has quedado en España
y en mi alma caído:
nunca se pondrá el sol sobre tu frente,
herederá tu altura la montaña
y tu valor el toro del bramido.
De una forma vestida de preclara
has perdido las plumas y los besos,
con el sol español puesto en la cara
y el de Cuba en los huesos.
Pasad ante el cubano generoso,
hombres de su brigada,
con el fusil furioso,
las botas iracundas y la mano crispada.
Miguel Hernández (Elegía segunda)
POSDATA
Los que suscriben, unos profanos en la materia
histórica del ´98, subrayan que esto es lo que, a
salto de mata y leyendo entre líneas, hemos podido aprender
del 'Desastre'. Esto es lo que no hemos visto subrayado en la
barahúnda de información que nos ha caído
encima y esto es lo que nos ha parecido más digno de reflexión
y recuerdo.
Y entiéndase bien que, por motivos de seguridad,
no ponemos por escrito ni la mitad del quinto de la décima
parte de lo que realmente pensamos: servidumbre de lo escrito
y/ó censura previa. Porque no les quepa duda de que, de
vivir en una democracia auténtica -lo cual, para los españoles,
sólo es imaginable dentro de una República-, hubiéramos
escrito con más afiladas plumas contra más y más
altos apellidos de los que aquí aparecen. Y, con santa
ira, hubiéramos perseguido hasta en sus sagrarios electrificados
y en sus últimas covachuelas de oro a los culpables de
tanta ignominia; en lugar de andarnos por las ramas, de apocopar
los razonamientos y de no apurar los cálices de la moral
y de la verdad.
Pero, alegrémonos, porque lo que dejamos
escrito todos sabemos que es pálido reflejo de lo que se
dice en la calle. La calle -algunas calles, algunos barrios, algunos
pueblos-, sospecha que nos hemos quedado cortos, por mucho que
las rosas de pitiminí nos acusen de panfletarios. Y sabe
que una es la 'razón' de los que pueden recurrir a la fuerza
y otra muy distinta la Razón de los que lamentan que sólo
ella les queda.
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