Odisea del Amazonas
La Conquista del Perú
Cien años no es nada
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Séptima Clave
AMERICA

Por Alfonso Naharro y Riera

 

La odisea del río Amazonas

ace en Trujillo en 1511 (más o menos) y juzgando algunos documentos parece ser que llegó a las Indias en 1527, fecha en que Francisco Pizarro estaba en Panamá proyectando su aventura al Perú. Estuvo con Pizarro según el Cabildo de Quito en las conquistas de Lima, Trujillo y Cuzco, también en la conquista de Puerto Viejo y sus términos, ciudad que fundó en 12 de Marzo de 1535. Allí perdió un ojo y estaba cuando se enteró que los indios tenían sitiadas a Lima y Cuzco, ciudades que mandaban Francisco y Hernando Pizarro. Reunió más de ochenta jinetes e infantes y marcho a socorrer a los de Lima. Francisco Pizarro envió desde Lima en abril de 1537 a Alonso de Alvarado para socorrer en el Cuzco a Hernando, llegaba al valle de Amancay cuando Manco Inca había levantado el sitio.

El 25 de Abril de 1538 Francisco de Orellana participa en la batalla de las Salinas, querella entre los Pizarro y Almagro (Hernando se cargó a Almagro); mandaba como alférez general los setecientos hombres que Francisco Pizarro envió desde Lima en socorro de su hermano Hernando. El 4 de Mayo Orellana parte para Lima con una carta del doctor Sepúlveda que aconsejaba a F. Pizarro lo que creía que se debía hacer para que no se acabase de perder aquella tierra.

Francisco Pizarro entrega a Orellana la provincia de Culata encargándole que funde una ciudad. Partió hacia el Norte con su gente a mediados de 1538 reduciendo fácilmente a los indios para enseguida fundar y poblar la ciudad de Santiago de Guayaquil, Pizarro le nombró capitán general y teniente de gobernador. La nueva ciudad dependía del gobierno de Quito al igual que Puerto Viejo.

El 1 de Diciembre de 1540 Gonzalo Pizarro accede al gobierno de Quito reemplazando a Sebastián de Benalcázar, Gonzalo prepara una expedición a las tierras del Dorado y la Canela. Orellana se puso a las órdenes de su paisano Gonzalo ofreciéndose a participar en la busca del Dorado con sus gentes y el dinero necesario de su propia hacienda. Pizarro aceptó el ofrecimiento. Casi preparados los asuntos del viaje Gonzalo delega su autoridad en Pedro de Puebles el 18 de Febrero de 1541 y tres días después el cabildo de Quito ordena que se quiten las cadenas de los indios que les acompañarán en la aventura reuniendo cuatro mil indígenas y doscientos veinte españoles sin contar las tropas que traería de Guayaquil y Puerto Viejo Francisco de Orellana. La expedición llevaba cinco mil cerdos como principal base alimenticia.

Gonzalo Díaz de Pineda sería del guía de la expedición pues había andado tres años antes reconociendo de avanzadilla las orientales tierras a conquistar. De maestre de campo fue elegido Antonio Ribera y como alférez general a Juan de Costa, partían a finales de Febrero. Ribera mandaba la vanguardia dirigida hacia la provincia de Quijos llegando hasta Atunquijo, en retaguardia iba Cristóbal de Funes y en el centro Gonzalo Pizarro llevaba el grueso del ejército. A siete leguas de Quito pasaron unas nevadas montañas donde murieron de frío más de cien indios; cruzaron una áspera región con varios ríos dentro de tupidos bosques por donde se tenían que abrir caminos a golpe de calabozos y petallas. Cuando había andado treinta leguas llegaron al valle de Zumaco, el más poblado y con mejores bastimentos.

Por su parte Francisco de Orellana había quedado en Guayaquil organizando sus cosas y cuando llegó a Quito para unirse a la expedición de Gonzalo vio que estos ya habían partido. Le indicaron el camino siguiendo adelante para encontrarse con Gonzalo y el grueso de las fuerzas pero fueron atacados varias veces por los indios encontrandose en grandes aprietos y comenzando a escasear las provisiones por lo que envió una avanzadilla para pedir refuerzos a Pizarro que respondió ordenando a Antonio de Rivera que despachase gente en auxilio de Orellana. Al fin se reunieron todos en el valle de Zumaco y Gonzalo Pizarro nombra a Francisco de Orellana su teniente general.

Como las lluvias eran cada vez más abundantes Pizarro resolvió salir personalmente en avanzada con ochenta hombres de a pie y algunos guías indios hacia el Oriente encontrandose al cabo de sesenta días de marcha con árboles de canela muy dispersos y en poca cantidad, de poco interés para el comercio. Entre aquellas montañas había indios completamente salvajes que vivían en humildes chozas a los que Gonzalo preguntó si más adelante habían valles y llanos por donde se pudiese marchar y hacer camino practicable para caballos... como los indios no le respondiesen o no supiesen darle razón entregó algunos para que les despedazasen los perros y a otros les quemó.

Siguieron adelante hasta encontrar un río en cuyas orillas había una gran explanada de arena, allí acamparon y cuando dormían hubieron de salvarse en los barrancos inmediatos, a toda prisa, de una gran avenida de aguas perdiendo gran parte de sus pertrechos. Decidieron volver sobre sus pasos y cuando estaban a cuatro leguas de Zumaco hicieron alto y desde allí marcharon derechos a Capua sin encontrar al resto del real. Este día encontraron un río muy caudaloso que no podían vadear, al otro lado se veían indios que les observaban.

Gonzalo Pizarro hizo saber a los indios que vinieran a verle sin temor y así lo hicieron algunos con su cacique Delicola a quien Pizarro agasajó regalándole las cuatro mariconadas que tanto gustaban a los indios. Delicola le engañó diciendo que más allá había grandes ciudades y muy ricas regiones gobernadas por señores muy poderosos. En premio por sus noticias Pizarro le retuvo prisionero para que le sirviese como guía. Caminaron aguas arriba hasta encontrar una angostura y en donde los indios trataron de defender el paso inútilmente pues los arcabuceros españoles se cargaron sus pretensiones y vidas. Hicieron un puente encontrando al otro lado poblaciones insignificantes (acamparon en una de estas que se llamaba Quema o Guema) y poca comida hasta llegar a unas sabanas de dos leguas de largo lindando toda ella con bosques impenetrables como los que traían. Acamparon y Pizarro envió a buscar al resto de los compañeros que habían quedado en el real de Zumaco juntándose finalmente todos.

Pizarro envió a su maestre de campo con cincuenta soldados para explorar la tierra que había delante, tardaron quince días en volver contando que habían encontrado un gran río con viviendas y muchos indios con canoas bien vestidos y tratados. Siguieron todos hacia aquella tierra que se llamaba Omagua, pasando grandes ciénagas y muchos esteros.

Durante veinte leguas siguieron las orillas del río deteniéndose en unas poblaciones no grandes desde donde Gonzalo Pizarro trató de hacerse amigo de los indios para que le procurasen comida, al principio así ocurrió haciendo sus canjes pero después se alteraron y desaparecieron quedando el cacique y sus gentes principales como rehenes. Los españoles al fin se hicieron de canoas con las que se buscaron el sustento a uno y otro lado del río siempre con el riesgo de encontrase canoas tripuladas por indios que en ellas eran muy peligrosos, a veces vieron hasta ciento cincuenta de ellas.

Ante tal situación decidieron hacer un bergantín para seguir río abajo hasta encontrase con el mar del Norte. Orellana estuvo en contra de aquella idea pero cuando al fin se decidió su construcción fue el más activo en acarrear materiales para tal empresa. La población donde estaban la llamaron El Barco, el bergantín que hicieron era estanco y recio aunque no muy grande. Confiose la nave a Juan de Alcántara. En ella entraron, caballos, indios, cristianos, todo aquello que en él cupo y podían llevar.

Hallaron algunos pueblos pequeños de donde se abastecían con maíz y yuca, encontraron gran cantidad de guabas que no era poca ayuda para pasar su necesidad. Río abajo se fue haciendo muy duro el trayecto pues no podían orillarse ante las grandes ciénagas donde los esteros se hacían muy hondos que hubieron de pasarlos a nado con los caballos y donde murieron bestias y españoles. Cuarenta y tres días anduvieron así hallando poca comida y todo despoblado. Se habían comido los cinco mil guarros que trajeran de Quito, no les quedaban otros bichos caseros que perros y caballos.

FRANCISCO DE ORELLANA SE PIERDE RÍO ABAJO

Francisco de Orellana le contó a Gonzalo Pizarro que sus guías le habían dicho del gran despoblado que seguían pero que río abajo se encontraba con otro mayor y una jornada hacia arriba del otro había mucha comida. Pidió que le diesen el bergantín y que el real siguiese río abajo por tierra hasta la confluencia antes dicha; Orellana seguiría por el otro río hacia arriba para encontrar la comida descendiendo hasta donde le esperase el real. Según el padre Carvajal que acompañó a Orellana solo se llevó cuatro o cinco ballestas y tres arcabuces que habían entre sus compañeros pero Gonzalo Pizarro le acusa de que partió con el bergantín y las canoas armadas con sesenta hombres.

"Cargose el bergantín con los objetos pesados y púsose dentro parte de la ropa de los expedicionarios y muy escasa cantidad de provisiones. Orellana dejó en el campamento lo poco que quedaba de la marcha de Quito a Zumago. Amarráronse a los costados del barco, o tripuláronse, diez de las quince canoas con que contaba el real, y enseguida subieron a bordo Orellana, fray Gaspar de Carvajal y el mercedario fray Gonzalo de Vera, los enfermos y los soldados que habían de ir en la expedición, en total 60 personas." Al despedirse Orellana de Pizarro le dijo:

"Que si la ventura le favoreciese en que cerca hallase poblado y comida conque todos se pudiesen remediar, que él se lo haría saber; y que si viese que se tardaba, que no hiciese cuenta dél, y que, entre tanto, que se retrajese atrás donde hubiese comida, y que de allí le esperase tres o cuatro días, o el tiempo que le pareciese, y que, si no viniese, que no hiciese cuenta dél."

Según el padre Carvajal que presenció la despedida, Pizarro le contestó que hiciese lo que le pareciese.

Levaban más de diez meses de camino y estaban en el río que corría por el valle de la Coca, este río se juntaba con el Nao que los conquistadores llamaron el río de la Canela. Según el padre Carvajal a este que llevaban de la Coca se le juntaban el río Cosanga y el Payamino antes de encontrarse con el de la Canela y cuyo paraje se llama Las Juntas del Coca.

Francisco de Orellana y su bergantín partieron de un punto del río Cosanga antes de juntarse con el Coca, al segundo día el barco chocó con un troco abriendo una vía de agua que por pelos pudieron reparar llevando la nave a la orilla. Llevaban tres días en el agua y no habían encontrado ni pueblos ni alimentos, sus marinos iban calculando veinticinco leguas de navegación por jornada y en ese momento pensaron dar la vuelta pero con la esperanza de encontrar material siguieron navegando río abajo. Pasaron los días y ya sin esperanzas pues la vuelta cada vez era más difícil por el hambre y las corrientes, acordose "seguir el río, o morir o ver lo que en él había".

Cuando el barco se orillaba algunos se internaban en el bosque intentando encontrar algo de comida muriendo muchos dellos envenenados "porque estaban como locos y no tenían seso". El primero de Enero de 1542 creyeron oír tambores desde algún poblado pero fue la noche del segundo día del año cuando los tambores se oyeron con plena claridad aumentando a medida que avanzaban. Dice un cronista que se estaban comiendo el último pan del trigo que le quedaba a fray Gaspar de Carvajal para las hostias.

Con grandes precauciones por si eran sorprendidos por los indios navegaron dos leguas cuando vieron venir río arriba cuatro canoas llenas de indios que al divisar a los españoles huyeron despavoridos. Orellana mandó apurar los remos, los indios parecía que les esperaban pero cuando les vieron desembarcar se internaron en el bosque pudiendo darse un festín con la comida que los indios tenían en sus chozas sin dejar de vigilar con las armas prestas la vuelta de los aborígenes. A las dos de la tarde del tres de Enero los indios asomaron por el río a ver que ocurría en sus casas hasta que Orellana les pudo convencer para que se acercaran, los españoles les abrazaron regalándoles vestidos y cuanto necesitasen a cambio de comida. Enseguida enviaron a buscar lo que pedían y el cacique le dijo que aquel pueblo se llamaba Aparia.

Al día siguiente y como teniente de gobernador de Gonzalo Pizarro nombró escribano a Francisco de Isásagra para que diese fe de lo que allí ocurría. Cuando llegaron tres o cuatro caciques, Orellana como teniente de Pizarro tomaba posesión para el Rey de España de ellos y de sus pueblos Aparia e Irimara. Francisco de Orellana dejó claro a sus compatriotas de su idea de subir de nuevo el río pero estos le contestaron que "¡cuanto más peligro de muerte tendríamos subiendo con vuestra merced el río arriba!" y que no les pusiera en el brete de desobediencia por lo que Orellana al día siguiente y ante el escribano decidió que contra su voluntad pero entendiendo los razonamientos de sus compañeros seguirían río abajo y si salvaban sus vidas se presentarían después a su jefe para explicarle los pormenores, antes de partir esperarían allí dos o tres meses y entre tanto construirían un bergantín.

Se pusieron manos a la obra y entre tanto Orellana tomó posesión de once caciques que venían a agasajarle con comida en nombre del Rey de España y de su jefe Pizarro. En veinte días tenían preparado todos los elementos necesarios para terminar el bergantín, no se pudo y hubo de adelantar la marcha pues la comida se acababa y los indios habían perdido voluntad. Orellana ofreció mil castellanos de oro, dos negros y algunos indios que les ayudasen a remar a los seis solados que quisiesen ir en busca de Gonzalo Pizarro, solo tres aceptaron por lo que el proyecto era totalmente irrealizable.

Habían superado las juntas del Coca con el Napo y estaban más abajo de donde se unía el Aguarico, aquellos Aparia eran descendientes de Caribes, los Irimara que habitaban las riberas del Napo hasta más arriba de las Juntas de la Coca.

El 2 de Febrero partieron Napo abajo hasta que navegadas veinte leguas llegaron a la confluencia por la derecha del río Curaray, punto donde estuvieron a punto de naufragar. (Curaray viene de curate, veneno con que envenenaban sus flechas los indios). Allí vivía un cacique importante a quien Orellana deseaba a visitar por ser indio y señor de mucha razón (poco antes este cacique le había visitado en Aparia llevándole buenos regalos) pero la violencia de las aguas se lo impidieron. Dos canoas llenas de expedicionarios se perdieron durante dos días entre las tumultuosas corrientes. Al fin pudieron atracar después de un día de descanso en unas poblaciones de indios que les recibieron amigablemente dándoles tortugas, papagayos y otras provisiones. Pernoctaron en un pueblo inmediato que estaba abandonado pero hubieron de levantarse temprano porque los mosquitos no les dejaron vivir; marcharon a otro donde los indígenas les estuvieron agasajando durante tres días.

Como los indios les creyeran hijos del Sol rogáronles que se quedaran y que nunca les faltaría comida lo que aprovecharon para acabar de construir el bergantín. A la semana tenían cortada la madera, hicieron carbón para fabricar clavos con una fragua que un ingenioso había hecho sin ser herrero, usaron el algodón como estopa y la resina de los árboles silvestres que les buscaban los indios como brea. Cuarenta y un día tardaron en ponerlo a flote, era más grande que el que traían y al que también hubieron de reparar. Durante aquellos días Orellana tomó posesión de las tierras y caciques como vasallos de su Majestad, el padre Carvajal predicó en las solemnes fiestas eligiendo como alférez a Alonso de Robles.

El Domingo 11 de Febrero de 1542 desembocaban en el río Marañón y el 1 de Marzo Orellana renunciaba ante todos la tenencia con que Pizarro le había investido y a renglón seguido sus subordinados le pedían que fuese su jefe en nombre de su Majestad y para evitar daños, escándalos, muertes de hombres "y otros desafueros que en tal caso suelen acontecer por no tener capitán".

Aceptó el cargo Orellana por ser así cumplidero al servicio de Dios y de su Majestad, y por le servir, los firmantes, en número de cuarenta y siete, es decir, todo el campo, y sirviendo como testigos del acto los dos religiosos y como ministro de fe el escribano.

Partieron el 24 de abril de 1542. Después el caique Aparia les llevó bastimentos y regalos a un pueblo suyo que había más abajo y durante el trayecto por las tierras de estas tribus todo fueron agasajos.

De nuevo escasearon los alimentos pasando grandes despoblados yendo el río de monte a monte haciéndoles difícil dormir y pescar teniéndose que comer yerbas y algún poco de maíz tostado. El 12 de Mayo avistaron los pueblos de Machiparro de quienes le había hablado Aparia y que les recibieron en plan de guerra y como se les había mojado la pólvora a duras penas con las ballestas pudieron alejarles y tomar puerto en un pueblo bien abastecido de alimentos que defendieron los indios haciéndoles caer heridos a dieciocho, uno murió al poco y un arcabucero quedó inútil de las heridas. Embarcaron al fin todos y perseguidos por los indios en las canoas surcaron el río abajo y las de todos los pueblos ribereños que iban pasando, intentaron desembarcar en un islote y tampoco pudieron. Durante tres días estuvieron hostigados hasta que salieron de los territorios del belicoso Machiparo.

Más abajo hubieron de conquistar un pueblo de otra tribu para poder descansar y abituallarse, después de tres días de descanso y reponer la despensa con bizcochos y frutas el 16 de Mayo proseguían la aventura evitando encontrarse con los indios de Omagua hasta llegar a la tierra del cacique Paguana que les recibió hospitalariamente.

El 29 de Mayo atracaban en otro pueblo pequeño que ocuparon sin resistencia, el 3 de Junio llegaban a la desembocadura del río Negro, descansaron al día siguiente que era Domingo y el Lunes tomaron puerto en un mediano pueblo y luego en otros donde se iban proveyendo sin incidentes hasta el día 7 que tuvieron un combate nocturno cayendo algunos heridos y haciendo prisioneros a unos cuantos indios que ahorcaron seguidamente.

El día 8 de Mayo era el Corpus y el 9 descanso. El día 10 vieron como desembocaba una poderosa corriente que llamaron río Grande y hoy de conoce como Madeira. El día 13 llegaron a un pueblo grande y fuerte puesto en un alto que por la hechura de sus casas "mostraba en si ser frontera de otras provincias", el 14 avistaron otra población que hubieron de conquistar para abituallarse incendiando una gran choza donde perecieron abrasadas algunas mujeres y muchachos.

El 24 de Mayo nuevo combate con los indios capitaneados por las amazonas y donde resultó herido entre otros el padre Carvajal "con una flecha en la hijada, que le entró hasta lo hueco, y si no fuera por las dobleces de los hábitos, por donde primero pasó la flecha, me matara". Ese día el fraile había predicado en honor de San Juan el Bautista pero tenía mala suerte pues en otro combate perdió un ojo. Orellana hubo de seguir la marcha sin desembarcar escaseando los víveres y aun así Antonio Carranza murió de una flecha envenenada al finalizar el Mes. De nada sirvió que Orellana amarrara los bergantines en los árboles de una isla para poner barandillas que les librasen de las flechas pues cuando pasaban frente a la desembocadura de uno de los brazos de Paranaiba otra flecha envenenada acabó con el soldado García de Soria muriendo a las veinticuatro horas.

Por fin barruntaron el mar Atlántico al notar él las mareas y el ensanchamiento del río, habían llegado a la tierra baja y estaba lleno de islas poco pobladas y donde podían conseguir comida sin daño; ya nunca más pudieron tomar tierra firme hasta llegar al Mar -dice el padre Carvajal-. Siguieron navegando y de nuevo la falta de comida les llevó a tomar un pueblo metido en un estero, era pleamar y el bergantín grande acertó a tomar bien el puerto pero el pequeño no vio un palo sumergido con el que chocó haciéndole una vía de agua al hacerse pedazos una tabla anegándose el barco de agua. Menos mal que los otros hicieron huir a los indios y creyéndose seguros se pusieron a recoger comida se revolvieron haciéndoles volver a donde estaban los bergantines con mínima seguridad porque el grande estaba en seco y el pequeño anegado, Orellana dispuso a la mitad de la gente que hiciesen frente a los indios mientras el resto varaban el bergantín reparándolo. A las tres horas se retiraron los indios a tiempo que la avería quedaba salvada.

Al otro día se refugiaron en la espesura de un monte comenzando la obra de aderezar el bergantín pequeño para que pudiese navegar por mar y durante dieciocho días estuvieron manos a la obra con poca comida y menos mal que el río arrastraba una danta recién muerta que pudieron pescar. Siguieron aguas abajo hasta encontrar una playa donde varar el bergantín grande y prepararlo a su vez durante catorce días que se alimentaron de mariscos que pillaban la mitad de la gente dedicada a este efecto.

El 8 de Agosto partieron alejándose a vela en las horas que bajaba la marea, encontraron indios mansos que escondían la comida y el hambre les hizo tirar de raíces como cualquier oveja. El 24 de Agosto llegaban a la desembocadura del río, descansaron allí un día y una noche preparando cables y sogas para la jarcia de los bergantines. Allí tomaron agua y la mañana del sábado día 26 de Agosto, antes del Alba desplegaban los dos bergantines sus velas saliendo a la mar entre la isla grande de Marajo y otra más pequeña que queda hacia el Norte; durante cuatro días navegaron en conserva, unas veces a vista de tierra y otras más alejados de la costa hasta que el día 29 se apartó un bergantín de otro -el padre Carvajal cuenta- "que nunca más nos podimos ver, que pensamos que se hubiesen perdido y al cabo de nueve días que navegábamos metiéronnos nuestros pecados en el golfo de Paria" y fue tan dificultosa la salida al mar que tardaron en conseguirlo siete días y a fuerza de remos y comiendo simplemente una especie de ciruela que llaman hogos. Así salieron de las bocas del Dragón navegando durante dos días costa adelante hasta que llegaron a la isla de Cuabagua y ciudad de Nueva Cádiz donde se encontraron con el otro bergantín que había llegado dos días antes. Era el 9 de septiembre de 1542.

 
 
 
 
La Conquista del Perú

Por Josiane Polart - Guía diplomada de Turismo

La estatua ecuestre de bronce sobre pedestal de granito de Francisco Pizarro es obra del escultor norteamericano Carlos Rumsey y regalo de su viuda la Señora María Jarriman en 1929. Los Pizarro llegaron a Trujillo donde participaron en la Reconquista definitiva de la Villa de 1232, eran oriundos de Asturias, por esa razón un pino y dos osos figuran en su escudo. Recibieron el privilegio de instalar su casa fuerte en la muralla a cambio de defenderla a su costa.

En el siglo XV construyeron casona extramuros (en la Plaza Mayor actual) El padre de don Francisco Pizarro, Gonzalo Pizarro Rodríguez de Aguilar (continuo de los Reyes Católicos) siendo soltero concibe con Francisca González (doncella de su Tía Beatriz Pizarro, devota del Convento de San Francisco el Real de la Coria) en 1468 o 1478 a Francisco Pizarro, por falta de documentos se piensa que paso su infancia con su familia materna, pero en la Reconquista de Granada está luchando al lado de su padre, con él marcha a las campanas de Italia, donde aprende a manejar la espada al estilo del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba.

En 1502, fray Nicolás de Ovando, Comendador de Lares, Extremeño (de Brocas), Deudo de los Pizarro, es nombrado Primer Gobernador de Indias. Por parte de los Reyes Católicos debió hacerse cargo del Gobierno de la Isla Española (Santo Domingo). (Salió de San Lucas el 13 de Febrero de 1502 con 32 naves y 2550 hombres). Francisco Pizarro como tantos otros Extremeños le acompañan tomando parte en campañas de apaciguamiento contra los Indios.

En los años que siguen sabemos de la fama de sus Capitanes, él apenas es nombrado: Alonso de Ojeda en 1508 alista a las gentes de Santo Domingo para una desgraciada expedición que termina con su vida, antes deja su tropa al mando de Francisco Pizarro (su primer mando en Indias) de vuelta a la Española Francisco Pizarro encuentra al socio de Ojeda, el Bachiller Enciso que se dirige a Tierra Firme donde se funda la Villa de la Guardia, encomendose a Nuestra Señora de la Antigua, Francisco Pizarro es pues uno de los fundadores de la primera Villa de Tierra Firme (Santa María de La Antigua), lugar donde residía según un Cronista (La Flor de los Capitanes que ha habido en Indias), pero también lugar de luchas por la cantidad de Capitanes dispuestos a explorar tierras aun no conocidas, es cuando encontramos a otro Extremeño Vasco Nuñez de Balboa, quien ha escapado en un barril de las deudas que tenia en la Española, Nuñez de Balboa llega a tomar el mando después de enviar Enciso preso a España y librarse de Diego de Nicuesa, nombra Lugarteniente a su paisano, su confidente al mas decidido, más audaz y eficaz a Francisco Pizarro.

Los Indios tienen por costumbre mandar a los Españoles mas lejos, mas a occidente, hacia el Sur al otro lado del mar... Cruzando selvas, montañas y ríos, en 1513 el Adelantado de la mar del Sur Vasco Nuñez de Balboa avanza mar a dentro tomando posesión de aquel mar de sus Islas y Costas en nombre de los Reyes de Castilla. En el acta del descubrimiento del Océano, en tercer lugar se inscribió el nombre de Francisco Pizarro.

Al recibir la noticia del hallazgo la corona (el Rey Fernando el Católico) ve la necesidad de afirmar su soberanía, esas tierras de Indias a pesar del peligro, las dificultades y el clima eran disputadas por los que regresaban pidiendo cargos y concesiones. Desde Segovia llega a Panamá como Gobernador de Castilla del Oro, Pedro Arias de Avila, (Pedrarias Dávila) con su esposa y corte... Obispo, alguacil y oficiales. Su misión es organizar la administración de la Colonia, pero Pedrarias Dávila es un hombre autoritario y ambicioso, organiza expediciones contra los Indios, utilizando una política nefasta, y además apoyando a sus amigos quienes a cambio le traen botín de oro y perlas.

Francisco Pizarro se distinguió en esas expediciones, le encontramos en la del descubrimiento del Archipiélago de las Perlas al mando de Gaspar de Morales en 1517. en la de Juan Tabira quien buscaba el Dorado y encontró la muerte navegando por el Río Grande dejando al mando a Francisco Pizarro quien llevó a salvo los sobre vivientes, también encontramos a Francisco Pizarro con Luis Carrillo y con el Licenciado Espinosa. (En aquel año de 1517 Vasco Nuñez de Balboa fue ejecutado).

En 1519 Pedrarias traslada la capital de su gobierno a Santa María en la costa del istmo, sobre el Pacifico, la Ciudad de Panamá (en el acta de fundación de Panamá aparece el nombre de Francisco Pizarro, Teniente de Gobernador y visitador). En 1523 Francisco Pizarro tiene el cargo de Regidor y Alcalde de la Ciudad de Panamá, es apreciado por su honradez y respetado, es uno de los vecinos principales de la Ciudad donde tiene casa y repartimiento de Indios.

En esta época llega la noticia en Panamá de la Conquista de Tenochtitlan, México, por Hernán Cortes; de que un Capitán de Cortes Pedro de Alvarado se adueña del Reino de Guatemala, y se conoce el gran hallazgo del paso del Atlántico a la Mar del Sur por el estrecho de Magallanes. Francisco Pizarro con poco mas de 50 años está preparado para planear su propia expedición, las desgraciadas exploraciones de Pascual de Andagoya, su amistad con Espinosa y el Clérigo Maestrescuela, Hernando de Luque y el viejo Diego de Almagro hace que recibe de Pedrarias Dávila (a cambio de su participación en los logros de la empresa, sin poner un maravedí de capital) licencia para descubrir.

La Sociedad, Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Hernando de Luque (actualmente se sabe que en representación del financiero y oidor Gaspar de Espinosa) pretendía explorar la costa Sudamericana del Pacifico y llegar a las pantanosas tierras del Biru o Viru, mas allá de donde había llegado Andagoya. La compra de barcos y bastimentos termina pronto con el capital de la sociedad. Cuando llega el momento de zarpar (14 de noviembre de 1524) con un navío y dos barcazas, los socios han tenido que pedir préstamo de 6000 pesos de oro.

Almagro se queda en Panamá para enganchar mas hombres y conseguir víveres para salir después, Luque, también se queda es encargado de buscar mas fondos. El Capitán de esa empresa es el intrépido, el atrevido Francisco Pizarro, le toca la parte mas dura, su fe, su constancia, sus excepcionales dotes de mando van a mantener a los 112 hombres (4 caballos) esperanzados y disciplinados.

Al principio navegan por lugares conocidos, las Islas de las Perlas, Puerto de Pinas y pasado el Río Biru llegan a región pantanosa, la selva donde es imposible desembarcar, el mal tiempo, los vientos contrarios pegan los buques a la Costa, después de 70 días encuentran un lugar donde tomar tierra, una cortina de lluvia les esconden los peligros de la selva, los únicos alimentos que encuentran son palmitos y moluscos... llamaron ese lugar, por lo poco que hacia de comer, Puerto del Hambre. Francisco Pizarro no se plantea retornar a Panamá derrotado, manda a su Capitán Montenegro a buscar víveres en las Islas de las Perlas, mientras esperan ayuda (47 días) mueren mas de 20 hombres. Siguen adelante bajo tormentas y lluvias, alimentándose del maíz, encontrado en las chozas abandonadas por indígenas quienes al ver los Españoles se refugian en los espesos bosques.

Con desembarcos y reembarcos luchando en el Pacifico contra los vientos, en tierra contra la selva, mal alimentados y enfermos llegan al Puerto Quemado, donde establecen campamento, Almagro no llega con los alimentos, y como las naves están en mal estado se aprovecha la espera para repararlas. La vuelta de Montenegro con algo de comida reconforta a los hombres que siguieron adelante hasta un pueblo donde encontraron baratijas de oro y donde en un combate hubo 5 muertos, 17 heridos, entre ellos Francisco Pizarro (con 7 heridas que fueron cauterizada con aceite hirviendo).

No-queda más remedio que retornar a la Ciudad de Panamá con el poco botín conseguido en busca de ayuda, Francisco Pizarro y unos cuantos hombres se quedan en Chochana (O Chicama, tierra Panameña, cerca de las Islas de las Perlas), allí es donde encuentran a Almagro con un ojo menos, este también volvía a Panamá creyendo perdidos a sus compañeros. Los dos Socios ratifican su voluntad de seguir adelante pero dudan que Pedrarias al saber los fracasos de la expedición les diesen permiso de reorganizar una segunda (en 2 años habían muerto mas de 120 hombres).

Al principio del año 1526, después de convencer al juez Espinosa de financiar otra tentativa, comulgan los tres socios (una hostia consagrada partida en tres) y con tres navíos, tres canoas y 160 hombres, unos caballos se dirigen, esta vez sin explorar la costa, hacia el río San Juan. (Recordar que la corona de España no financia las expediciones de exploraciones y de conquista).

Acampan en la desembocadura del Río San Juan, 70 días van a pasar Pizarro y los heridos y enfermos en esa tierra inhóspita, luchando con los mosquitos, (debiendo enterrarse en la arena para protegerse de las picaduras), las tribus antropófagas, los caimanes, las boas, enormes arañas y el hambre como fiel compañera.

Mientras Diego de Almagro vuelve a Panamá por recursos y el piloto de Moguer, Bartolomé Ruiz va avanzar a lo largo de la costa Ecuatoriana (hacia la bahía de San Mateo), cuando vuelve a reunirse con Francisco Pizarro (70 días después) trae preciosas informaciones, ha visto tierras pobladas y cultivadas, sus habitantes parecen pacíficos, visten ropas de lanas y adornos de oro, cruzan el mar en embarcaciones transportando mercancías, (es el primer contacto con la cultura Incaica). Bartolomé Ruiz ha capturado a dos Indios (Tumbecinos), los futuros interpretes o lenguas. Esas fantásticas noticias y la vuelta de Almagro con gentes, caballos y bastimentos (80 hombres), hacen olvidar a todos sus sufrimientos y reafirma la existencia de ese gran Imperio.

En Panamá las negociaciones han sido más fáciles para conseguir bastimentos Pedrarias a cesado como Gobernador de Panamá su sustituto es un Cordobés, Pedro de los Ríos. Lleno de entusiasmo todos otra vez reunidos reemprenden la exploración de la costa (que hoy es Ecuador) llegando a la Isla del Gallo (estuario de Tumaco). En el camino descubierto por el Piloto Ruiz deben de bajar a tierra para procurarse víveres, en la bahía de San Mateo bautizan un pueblo de Indios con el nombre de Santiago (por las cantidades de flechas propinadas en los ataques), siguen bajando hacia el Sur hasta que la cantidad de heridos y enfermos impone nuevamente la división, muchos de los expedicionarios quieren abandonar están descontentos esas tierras y riquezas están demasiado lejos... prefieren volver a Panamá.

Otra vez le corresponde a Francisco Pizarro quedarse y esperar refuerzos, cinco meses se va quedar con sus hombres en la Isla del Gallo. Diego de Almagro por culpa de unas denuncias llegadas a Panamá (la famosa copla de Saravia escondida en un ovillo de algodón) no va encontrar buenas disposiciones. El Gobernador Pedro de los Ríos no quiere despoblar Panamá en beneficio de esa loca empresa, manda a Juan Tafur recoger a todos los expedicionarios que desean abandonar la Isla del Gallo... y da por terminado la exploración de las tierras del Sur. En la Isla del Gallo (29 de agosto de 1527) los barcos enviados por el Gobernador de Panamá fueron recibidos con alegría, todos querían subir en el barco de Tafur y olvidar las miserias y el hambre pasado... todos, no, Francisco Pizarro sabe que esta cerca de la meta, que no puede abandonar después de tantos sufrimientos, intenta explicar a sus hombres y oponerse a los comisionados de Panamá... Nadie escucha... Puede que por vez primera pierde el control el hombre de poca palabra... habla, grita, se rebela, se engrandece... pero sin éxito... Que puede hacer para retener a sus hombres hambrientos, cansados y desesperados. Varios biógrafos de Francisco Pizarro repiten que era parco en palabras y largo en hechos. Con un gesto de obstinación, de cabreo... desnuda su espada, su fiel compañera, con la cual traza en la arena de la playa una línea desafiando a sus hombres a cruzarla... 13 fueron los que cruzaron esa línea y estuvieron dispuestos a seguir en la empresa del Levante...

LOS TRECES DE LA FAMA...

Entre los enfermos, heridos y los de poca fe que marcharon a Panamá encontramos un valiente y fiel compañero de Francisco Pizarro, Bartolomé Ruiz quien iba a convencer y negociar ante el Gobernador de Panamá el permiso (plazo de 6 meses) para volver a buscar a Francisco Pizarro y sus hombres, no podía negarse Pedro de los Ríos después de escuchar el elocuente relato del marino de Moguer, y tampoco podía abandonara 14 hombres tan cerca de este sonado Gran Reino de ricas tierras, del cual hablaba ya en 1524 Pascual de Andagoya.

Francisco Pizarro y los trece de la fama construyeron una canoa para trasladarse (seis leguas mar adentro, a otra Isla, a tres grados del Ecuador), a otra Isla con muchas fuentes y arroyos, La Gorgona. La Isla de la Gorgona era inhóspita y húmeda pero tenia la ventaja de ser desierta, allí se repite la terrible espera (siete meses), sobrevivieron con la ayuda de los Indios Tumbesinos (las 2 lenguas) comiendo culebras, cangrejos y pescados, nadie puede describir lo que sintieron esos 13 esforzados y esqueléticos hombres cubriendo su desnudez con hojas, la barba crecida, oteando el horizonte en la espera de un barco... Por fin llegó la tan esperada nave de salvamento, con poca tripulación, a su mando Bartolomé Ruiz con la orden del Gobernador de Panamá de regresar con los 13 aventureros en el plaza de cuatro meses (Raúl Porras Barrenechea a 4 meses, Manuel Ballesteros 6 meses).

Francisco Pizarro por supuesto va a convencer a su compañero Ruiz... no quiere volver a Panamá... antes tiene que cumplir con su propósito... ir mas lejos... mas hacia el Sur... tiene poco tiempo, solo un barco, pocos marineros y 13 hombres, pero son los mas obstinados, los mas resistentes, reconocen la costa del actual Ecuador, pasan por la Isla de Santa Clara, por punta de Santa Elena y entran en el Golfo de Guayaquil (marzo de 1528) algunos cuentan que vieron asombrados" un puerto, debía de haber unas balsas de paja de totora", y una Ciudad, "unas casas de piedra con techo de paja " Era lo que esperaban encontrar... lo que habían buscado con tanto afán durante tres largos años... Estaban en TUMBES. Bajaron a tierra, primero el marinero Bocanegra, después Alonso de Molina con un negro (impresiono mucho a los Indios la barba de Molina y el color del negro), era tan increíble lo que contaron esos 3 hombres que Francisco Pizarro mando a otro, a Pedro de Gandía con armadura y arcabuz (de entonces su sobrenombre de hijo del trueno), a este Griego tanto le gusto el trato de los Tumbesinos que tardo 2 días en volver a bordo y contar a sus compañeros las maravilla de esa gran Ciudad de piedra "que parecía gran ciudad de moros, la alcazaba, mezquita, zoco y caravanas de auquénidos, (para el, camellos y dromedarios) el clima, y el cielo azul... el relato de Gandía, acompañado de la famosa tela pintada Por él, dio el nombre a la ciudad, Nueva Valencia de la Mar del Sur.

Los indígenas amables les proporcionaban comidas, parecían tan sorprendido del aspecto de esos hombres llegando flotando en casa de madera como de su comportamiento, Francisco Pizarro hacia llegado... estaba seguro de la existencia de ese Gran Reino, por medio de los Interpretes, hablaba a los Indios de la Soberanía del Rey de España, alzaba el pendón de Castilla... mas no podía hacer, cuentan pocos hombres, ni medios. Se quedaron Alonso de Molina y Ginés, para después servir de interpretes, los demás continuaron bajando mas al Sur, a lo largo de la Costa hasta Malabrigo (cerca de la actual ciudad de Trujillo, en la desembocadura del río Santa), donde a lo mejor pudieron admirarla más grande ciudad de adobe del Nuevo Mundo, Chan/Chan. Bocanegra queda en Trujillo el 3 de mayo de 1528. El 3 de mayo de 1528 el barco dio la vuelta dirección a Panamá, donde les esperaban los antiguos detractores, lamentándose de su poca fe.

Con la colección de objetos de oro y plata, tela tejidas de lana de calidad, muestra de riqueza y cultura y las habladurías entusiastas de los tripulantes que vieron ciudades almenadas en las tierras descubiertas... El Gran Reino empezó a llamarse Perú. En Panamá los tres socios reunidos marcaban en los mapas los lugares descubiertos, hacían recuento... añorando los hombres perdidos en esos terribles años y los gastos efectuados en provecho de la Corona de Castilla. Sabían que las tierras desde Panamá, del Mar del Sur de Balboa hasta el estrecho descubierto por Magallanes (el Océano Pacifico) era el Gran Reino que pensaban conquistar... Lo que sabían esos hombres de experiencias era que no se podía conquistar un Imperio tan grande con una civilización desarrollada en pleno aislamiento del resto de la humanidad... con tan pocos medios. Buscaron pues el apoyo de la Corona, el representante del Rey en aquella tierra era el Gobernador Pedro de los Ríos, quien no quería despoblar su gobierno de Tierra Firme en beneficio de esa empresa que podía tener resultados imprevisibles, careciendo pues del apoyo oficial en Panamá determinaron que uno de ellos debía de marchar a España para entrevistarse con el Rey y obtener Capitulación.

Hernando de Luque tenia obligación con la iglesia, Diego de Almagro era consciente de su mala facha, Francisco Pizarro por la alta alcurnia de su familia Paterna y su parentesco con Hernán Cortes era la persona idónea. Los tres socios debían de actuar rápidamente, otras personas podían aprovecharse y continuar la conquista del Perú, sus haciendas estaban empeñadas y eran mas conocidos por sus muchas deudas que por sus empresas de descubrimientos... era pues difícil... gestionar otro crédito para el viaje y el séquito, se tenía que llevar al Rey las muestras de oro y plata y la media docena de auquénidos, cerámica y textil... con la venta de un jarrón de plata y la maña para conseguir dinero de Almagro (1500 pesos de oro) en septiembre de 1528 se pudo por fin organizar el viaje de Francisco Pizarro, acompañado de Pedro de Gandía, Soraluce y los 3 indiezuelos de Tumbes. Después de 3 años de sufrimientos en beneficio de la corona es injusto de que a Francisco Pizarro le falte dinero para emprender un viaje de forma decorosa a su patria. Más injusto todavía es que al llegar a Sevilla, le esperaban unos alguaciles, los cuales después de embargar sus tesoros le condujeron a la cárcel, el Bachiller Martín Fernández de Enciso poseía una orden por la que podía mandar en prisión a los vecinos del Darién que (por un asunto de antiguas deudas de Tierra Firme), desembarcaban a España.

Puede ser que dos parientes de Francisco Pizarro utilizaron sus influencias para sacarle de la cárcel (se trata de su hermano y primo, Hernando Pizarro y Hernán Cortes), ya que sin saber actualmente como se cancelo la deuda y además llegó la orden de procurarle los medios para que se presentase rápidamente delante del Emperador y del Presidente del Consejo de Indias, (El Conde de Osorno). Nadie nunca nos contó las peripecias del viaje Sevilla-Toledo de principio del año de 1529. Las paradas en los mesones del grupo de viajeros exóticos debían de llamar mucho la atención, carretas, caballos, media docena de auquénidos (llamas, vicunas), tres jóvenes indios envueltos en sus mantas, temblando de frío y de temor, eran víctimas de la curiosidad de los pueblerinos, un Griego parlanchín exaltado, Pedro de Gandía y el Jefe un Capitán, que volvía a su patria después de 27 años de padecimientos, muy preocupado por el futuro de sus gestiones en Toledo y muy disgustado... había perdido un tiempo precioso en Sevilla. Cuánto tiempo le esperarían sus socios en Panamá, el poco dinero que tenía se le agotaría rápidamente en la Real Toledo. Cómo le iba recibir el monarca más poderoso de Europa.

Carlos V debió de despachar rápidamente de Francisco Pizarro, le esperaban las Cortes de Monzón y cosas importantes en Italia, (además no estamos seguro de la entrevista Francisco Pizarro y Carlos V, nadie presencio la escena que cuenta Herrera a su manera). El Emperador debió de entender que el Gran Reino en las Indias que le ofrecía Francisco Pizarro era parecido a lo que acababa de Conquistar Hernán Cortes. Cómo se iba a oponer. Otorgo la autorización de continuar el descubrimiento remitiendo al Consejo de Indias él deber de estudiar las proposiciones presentadas por Francisco Pizarro y la preparación de las capitulaciones. Se firmo este contrato de la Corona con Francisco Pizarro conocido como las Capitulación de Toledo el 26 de Julio de 1529. Por ausencia de Carlos Quinto, según unos historiadores firmó la Reina Dona Isabel de Portugal y se la entrega la Reina Madre Dona Juana de Castilla, de esta entrevista nace esa linda anécdota... Don Juan Tena Fernández Sacerdote y Cronista de Trujillo nos cuenta una bonita historia a propósito del encuentro de Francisco Pizarro con Dona Juana. Es tradición que los Trujillanos antes de abandonar su pueblo se encomendaban buscando amparo y protección a Nuestra Señora de la Guía, al salir de Trujillo en 1502, es probable que Francisco Pizarro llevase consigo una Imagen de la Madre de los Caminantes, la Virgen de la Guía. El 26 de julio de 1529, conoció a la Reina después de firmar las capitulaciones quiso testimoniar su gratitud a dona Juana, había entregado a su hijo el Rey los objetos de valor de Indias, después de esos meses de espera en Toledo utilizaba la capa para esconderlo desgastada que tenia la ropa... ¿Qué podía regalar a Dona Juana? En un gesto impulsivo de generosidad caballeresca entrego la bendita Imagen, confidente de sus penas, consuelo y aliento por tierras y mares del Nuevo Mundo. "De Dona Juana, Madre de Carlos V, fue la imagen quien con fervorosa veneración la llevó a Tordesillas y la coloco en la hornacina central del altar mayor de la Iglesia de San Antolín, para que fuera venerada por los fieles y donde hasta el día de hoy allí continua. El 8 de septiembre de 1905 y con motivo de ciertos hechos maravillosos, la coronada villa de Tordesillas declaro oficialmente como a su Patrona a la Virgen de la Guía de origen Trujillana".

Ha pasado casi un año desde la llegada de Francisco Pizarro a Sevilla, esta satisfecho... lo más importante para él es tener el derecho de proseguir el descubrimiento, Conquista y población de Nueva Castilla (tierra del Perú), el resultado de sus gestiones en la corte es de lo más satisfactorio, ha recibido los cargos y títulos de Gobernador y Capitán General "deste distrito", (por toda su vida) de Adelantado y Alguacil Mayor de Nueva Castilla (a perpetuidad), se le concede la tenencia de las Islas de las Flores en el Golfo de las Perlas, recibirá un sueldo anual de 725.000 maravedis para mantener su rango... de los cuales deberá de pagar al Alcalde Mayor, los Oficiales y Funcionarios Reales. Tendrá derecho a levantar (en Nueva Castilla) cuatro fortalezas (para seguridad de la tierra) y cobrar rentas de la tierra para ayuda de costas. Importante: Aquí, siempre hablamos de las rentas sobre tierras por descubrir... y conquistar..... Es el timo de la Conquista.

 
 
 
 
Cien años no es nada
algunos datos a propósito del primer centenario de la caída (parcial) del Imperio Español

CUESTIONES PREVIAS

LOS VERDUGOS
1. La Demografía como arma y alguna de sus consecuencias
2. El glorioso Ejército expedicionario
3. Los no menos gloriosos funcionarios
4. Los ricos caritativos
5. Los ricos, sin más
6. Los curas

DESPUÉS DEL 'DESASTRE'

CUBANOS EN ESPAÑA


CUESTIONES PREVIAS

Ya todos lo sabemos todo sobre el otro 98. Ya todos hemos sido informados por todos los diarios y revistas, radios, televisiones y cabildos en procesión de lo que pasó hace cien años. Hasta el más ignorante y hasta el más anacoreta han sido instruidos sobre lo que deben saber sobre la caída del Imperio español en las Antillas, Filipinas y Micronesia -ó, por lo menos, sobre la guerra de Cuba-. Distinguidos intelectuales, conmilitones ilustrados, laureados académicos, espabilados periodistas e incluso gentes del común han perorado a sus anchas sobre las últimas nimiedades de la moda de hace un siglo en tácticas militares, técnicas electorales, prácticas navieras y prédicas patrioteras.

Ya han tocado todos los tópicos: los antecedentes y los consecuentes de los acontecimientos, los acontecimientos mismos y lo que los periodistas y pensadores de entonces dijeron día a día de aquellos y, de paso, del gremio de ellos mismos. Se han desenpolvado opulentos baúles, hemerotecas propias, los atlas de Ultramar y también los mapas ibéricos; Baire, Cavite y Cayagán se han mezclado con Cádiz, Canvis Nous y Santander. Nos han llevado a la manigua montados en carabao, a la guerra en transatlántico y al hemiciclo en el caballo de Pavía. No queda nadie que no haya resuelto la intriga de un famoso acorazado de cuyo nombre no nos acordamos, ni aludido con sordina a los cerdos yankées y al león español -expresiones de la época-. Nadie queda que no haya escrito sobre la 'generación del 98', sobre los regeneracionistas y sobre los castizos, sobre el alma de Castilla y sobre los pueblos de eunucos. Nadie que no se haya olvidado de los esclavos negros. Ya estamos en el mapa y en el tiempo, en los altos gabinetes y en los bajos mercados, en las cifras ajenas y en los nombres propios: ya tenemos los pies fríos y la cabeza caliente.

Todas las autorizadísimas plumas de todos los pelajes se han explayado sobre el Desastre y han llegado a la conclusión común de que aquella España no tiene nada que ver con la actual. ¿Hemos dicho que aquella España no tiene nada que ver con la actual?. Pues hemos dicho mal y lo vamos a demostrar:

La España de hace un siglo era una potencia europea -última en abolir la esclavitud- embarcada en aventuras imperialistas algunas de las cuáles fracasaron por la oposición de otras potencias no menos imperialistas. La España de hace un siglo era también una monarquía parlamentaria interrumpida por una República y restaurada a sablazos. La España de ayer -sola, acompañada ó como acompañante-, invadía manu militari México, Perú, Marruecos y hasta la Cochinchina -literal-. La España de ayer protegía militarmente a sus militares y a los acompañantes de sus militares.

La España de hoy -que aún conserva posesiones africanas-, continúa embarcada en la conquista (económica) de Ultramar, sigue siendo una monarquía parlamentaria restaurada a sablazos y pelotones de fusilamiento, invade -sola, acompañada ó como acompañante- desde Centroamérica hasta la ex-Yugoslavia pasando por Irak y protege a sus espadones y a las espaditas de los espadones.

Dicho con más detalle: tras cuatro siglos de derrotas ininterrumpidas ante sus colegas europeas, la España de hoy parece haber aprendido que, para ser una imperialista de postín, mejor que enviar primero los cañones y después las pesetas, resulta más rentable enviar primero las pesetas y después, si se tercia, las minas y los cañones -puesto que nadie lo impide y hasta la ONU lo consagra-. Unas pesetas que, dicho sea de paso, hoy como ayer han sido saqueadas en buena parte de los ahorros de los emigrantes.

'España es ahora una monarquía más ó menos parlamentaria pero, eso sí, como hace un siglo restaurada a los pelotones': evidencia que no vamos a convertir en redundancia aduciendo un millón de detalles. Al igual que un millón de niños irakíes asesinados desde la guerra del Golfo es lo suficientemente notorio como para ahorrarnos insistencia alguna en la mefítica eficacia de nuestra nunca bien ponderada Marina.

Párrafo aparte merece aquel nuestro dictum sobre la protección que la España de hoy, como la de ayer, acuerda a sus espadones y a las espaditas de los espadones. "¡Qué insensato, tendencioso, extremista, antipatriótico y hasta delictuoso atrevimiento!" -exclamarán algunos-. Pues bien, antes de que se sulfuren les vamos a recordar una oscura noticia de esas que ningún plumífero más ó menos orgánico se rebaja a comentar: ¿cómo entender entonces que uno de los más siniestros asesinos del Batallón Vasco Español, Ignacio Mª Iturbide Alcaín, alias Piti, siga presumiblemente planeando secuestros a mano armada?

Nos explicamos: Piti fué condenado en 1985 a 231 años de cárcel por el asesinato de siete personas supuestamente próximas a la izquierda abertzale; el lunes 9.III.98 era detenido con "una pistola, munición, una peluca, un pulverizador de defensa y un capuchón como los que se usan para los secuestros. Por estos indicios los agentes creen que iban a secuestrar a alguien". La pistola pertenecía a un comandante de la Marina -oh la lá!, otra vez nuestra gloriosa Navy- que no había denunciado su desaparición; nada más sabemos sobre tan distraído personaje. Por su parte, Piti, sicario del GAL de cuando UCD, fué puesto en libertad el jueves de la misma semana.

Por nuestra mucha moderación hemos dicho que España está hoy igual que hace un siglo pero reconocemos que argumentos no han de faltar a quienes prefieran ser más pesimistas. Por ejemplo: en aquella España hubo un intento cantonal -sí, como en Suiza- y se hablaba abiertamente de federalismo -léase, Pi i Margall-. Hoy, los partidos llamados de izquierda no saben/no contestan y Aznar no recuerda que, cuando estaba en la oposición, el 10 de julio de 1992 declaró en Radio Nacional de España que "no me repugna la idea de un Estado federal para España". Item más, ayer Unamuno se oponía al "O todos o ninguno" del PSOE porque, para él, el reclutamiento -fuera de pobres que no podían pagar la cuota de redención, fuera de ricos que ni siquiera entraban en el sorteo de los quintos-, era simplemente una esclavitud vergonzosa: ¿cuántos notables intelectuales de hoy se opusieron a la OTAN? ¿cuántos han defendido activamente a los insumisos?. Otrosí, ayer existían fuertes movimientos republicanos, obreros y campesinos y hoy al único que se escucha es al movimiento nacional -con mayúscula y/ó con minúscula-. Por todo ello, políticamente hablando, es decir, no enfangándonos en los nombres y apellidos de los líderes de moda -políticos u otros- sino yendo derechos al futuro -la utopía-, hablando en suma de la rebeldía que es la libertad del común: ¿estamos mejor, igual ó peor que hace un siglo?.

Caiga lejos de nosotros la tentación de responder a tan estúpida pregunta. Pero, ¿acaso no la hemos contestado en los párrafos anteriores, oscilando entre sostener que seguimos igual e insinuar que estamos peor?. Mil perdones. Si Vds. lo han entendido así es que nos hemos expresado mal ó -con perdón por la descortesía-, es que Vds. no comprenden nada. Aunque pudiera ser que la culpa no sea ni de Vds. ni nuestra. Pudiera ser que, sumidos en el vicio de caer en las provocaciones que nutren y esconden preguntas así, hayamos todos cedido ante la idiocia. Para salir de tan saducea trampa, hemos de subrayar que, si en líneas más arriba simulamos sostener que seguíamos igual que en 1898, fué para poner de manifiesto reductio ad absurdum que la conclusión común a la que llegaban los plumíferos de los 98s -que aquella España era absolutamente distinta de ésta-, escondía con saña e insidia un dogma mucho más grave. A saber: que en este 98 estamos mejor, que en la centuria transcurrida hemos progresado; más aún, que hemos progresado tanto tantísimo que, de hecho y de derecho, hemos mejorado cualitativamente.

Impensable y pancista dogma que, con sólo nivelar su absurdo ó llevándole la contraria, cae por su propio peso. Y ello sin necesidad de recurrir al argumento nacional: si aquella España y ésta son tan radicalmente distintas, ¿a qué viene tanta chundarata y tanta insistencia en demostrarlo?. A nuestro humilde parecer, para las Españas de los 98s, las variaciones de las relaciones de poder entre dirigentes y dirigidos constituyen el único tema digno de estudio y, en consecuencia, el único que no ha sido estudiado.

El resto es más de lo mismo: batallitas contra un enemigo inventado que ocultan la verdadera guerra civil entre la cobarde soldadesca y la gallarda oficialidad; conspiraciones palaciegas que disimulan la maldad y la mediocridad de los cortesanos; caciques comarcales que no citan a los funcionarios nacionales que les sostienen; acorazados entonces y portaviones ahora -¡qué gran cambio!-; regentes piadosísimas per saecula saeculorum -unas veces en versión novenas y otras en versión mecenas-; pucherazos pre y post televisión -¿otro gran cambio?-; la vida cotidiana de los ricos -en efecto, los pobres nunca han vivido, sólo sobrevivido-; hagiografías de ogros como Cánovas y satanizaciones de anarquistas; sociologías folkloristas y folklorismos sociologizantes; minuciosos análisis macroeconómicos que terminan sintetizándose en dato tan irrelevante como la renta per cápita; anécdotas, muchas anécdotas todas ellas apócrifas; ó anécdotas trágicamente disparatadas como la de Buffalo Bill proponiendo invadir Cuba al mando de mis indios salvajes ó como la del inicuo e imbécil fusilamiento de José Rizal ó como aquella de la muerte siempre prematura de José Martí -aquél 98 se ensañó contra los literatos en castellano y éste tampoco parece tener buenas intenciones-.

Toda esta chundarata lo único que ha conseguido es distraernos, aburrirnos y, en definitiva, desinformarnos. Porque, después de tantas batallitas, con los pies fríos y la cabeza caliente, seguimos sin conocer cómo estaban las relaciones de poder en el 1898 -al igual que tampoco conocemos con mayor detalle las de 1998-. Bien es verdad que, desde un punto de vista metapolítico y salvando los gloriosos paréntesis de la Revolución de 1936 y el de sus antecedentes, las relaciones de poder no han variado en este siglo ni sustancial ni siquiera epidérmica ó simbólicamente: había y hay una insalvable distancia entre Poder y Pueblo, había y hay una Monarquía y, last but not least, había y hay un Ejército con la mejor abocación, que no vocación, imperialista (ahora se la llama vocación humanitaria-internacionalista incluso cuando se aboca contra el enemigo interno).

Pero todo esto no deja de ser casi una trivialidad (el casi se lo debemos al quinquenio republicano). El caso es que, por el momento, no es ésta la ocasión de examinar variación alguna en las relaciones de poder sino solamente de enumerar aquellas manifestaciones del Poder de 1898 que han sido descuidadas u olvidadas por la mencionada chundarata. Una vez puestas de manifiesto, tiempo habrá para enfrentarlas a las respuestas que hubo in illo tempore y que, a no dudarlo, puede haberlas en el futuro -tan irracional sería afirmar que con toda seguridad las habrá como negarlas potencia alguna-.

Centrémonos, pues, en tan penosa enumeración advirtiendo de antemano que nuestro orden expositivo no puede ser más sencillo, dialéctico ó, si lo prefieren, maniqueo: puesto que el 1898 trata de guerras, antes que vencedores y vencidos, lo que hay son Víctimas y Verdugos. Así de simple -y así de olvidado-. Lo demás son ganas de marear la perdiz ó, peor aún, ansias de re-matar a las Víctimas con el olvido y ansias de perdonar a unos Verdugos a los que difícilmente se les puede perdonar entre otras razones porque jamás de los jamases pedirán perdón.

Así pues, quede claro que, ante unas guerras inicuas, lo nuestro no pueden ser las medias tintas. Lo nuestro es recordar con criterio. Recordar qué hizo el Poder y -no menos importante- qué no dejó hacer; hasta dónde llegó en su barbarie y hasta dónde impidió que la bondad floreciera. Recordar qué sigue haciendo el Poder: ocultar sus crímenes por acción y por omisión la resistencia a esos crímenes. Desde este punto de vista, los detalles pueden ser más significativos que las macrosíntesis y los nombres y fechorías de los sicarios, más ilustrativas que las grandes decisiones de los asesinos mayores.

Lástima que la Historia sea tan embustera que sólo se acuerda de los Verdugos -aunque no precisamente bajo este epíteto-. Porque de esta caterva lo conocemos casi todo: en primer lugar porque nos obligan a estudiarles y a tenerles como ejemplo; en segundo término porque habría que estar ciego y sordo para no tropezarnos con tales maleantes en los Palacios, en los Congresos, en las iglesias, en los museos, en las Fundaciones, en la mili, en los hospitales y hasta en los nombres de las calles. Ese casi, ese pequeñísimo detalle que nos falta por conocer de los Verdugos, es justamente de lo que queremos hablarles.

¿Y las víctimas?: bien, gracias, están en el Paraíso.

Item más, sólo nos vamos a referir a los años próximos al 1898, casi todos los ejemplos serán cubanos y trataremos de no hacernos eco de las anécdotas más publicitadas. No nos rebajaremos a mencionar nombre alguno de Prócer Coronado; por el contrario, daremos los nombres y apellidos de algunos pequeños Verdugos, tan ejemplares como los Próceres que les amparaban pero menos conocidos que sus broncíneos Padrinos.

Huelga añadir que, en contra de nuestro deseo, no podremos nombrar una por una a las literalmente millones de Víctimas y de asesinados del 98; pero quede dicho que el primero y/ó el último de esos nombres anónimos tiene más valor para nosotros -sus herederos-, que toda la onomástica del Espasa, dinastías incluídas; que todo los Capítulos de todas las Noblezas, europeas ó chinas; que siete Gothas juntos rebozados en los reyes godos; que todos los Who's Who del planeta; y, por supuesto, que toda la Corte Celestial.


LOS VERDUGOS

1. La Demografía como arma y alguna de sus consecuencias

Treinta años antes del año del desastre, en 1868, Cuba estaba poblada por 1.500.000 de habitantes. Entre 1868 y 1894, llegaron a ella más de 400.000 inmigrantes españoles -masculinos, jóvenes y pobres- y casi 300.000 militares. Evidentemente, ello quiere decir que el Poder español intentó inundar a la población autóctona poniéndola en cuasi minoría demográfica y, por si ello no fuera suficiente, dominarla por la fuerza de las armas.

Pero también quiere decir que los reclutas no estuvieron interesados en pelear ó, dicho de otro modo, que simpatizaban más con los cubanos que con sus oficiales y funcionarios -sentimientos que les honran-. Por lo que se refiere a los inmigrantes, tratándose de jóvenes pobres criados en la efervescencia reivindicativa de aquellos años -al igual que sus hermanos reclutas-, tampoco se mostraron especialmente españolistas; antes al contrario, puestos en la tesitura de escoger entre una Madre Patria de la que sólo conocieron sus sinsabores y una Tierra si no Prometida sí al menos republicana, parece obvio que la inmensa mayoría eligió cubanizarse-republicanizarse de inmediato.

Hubo, sin embargo, una minoría de facinerosos -inmigrantes y colonos de anterior data- con la que se formó el infame Cuerpo de Voluntarios, una milicia nada popular a la que, por mencionar sólo un caso, se la debe uno de los crímenes más escandalosos de tres guerras escandalosas: en 1871, cuando la primera guerra de independencia cubana aún no había llegado a La Habana pero ya los Voluntarios habían asesinado al poeta J.C. Zenea, estos paramilitares fusilaron a ocho estudiantes so pretexto de haber profanado una tumba española. Como se demostró desde el primer momento, el único pecado de aquellos niños de primer año de Medicina, fué jugar a las puertas del cementerio. Uno de ellos había arrancado una flor silvestre. Otro ni siquiera estaba en La Habana. Las condenas se hicieron por sorteo entre 45 inculpados. Fueron semiabsueltos en un primer Consejo de Guerra pero los Voluntarios exigieron una segunda vista. En cuatro días, fueron fusilados. Los nombres de algunos de sus asesinos: Dionisio López Roberts, gobernador de La Habana, que fué quien les arrestó para cobrar rescate a sus padres; Ramón López de Ayala, capitán del 4º Batallón de Voluntarios, jefe del pelotón de fusilamiento.

Tristes ejemplos aparte, la enseñanza de estos datos demográficos es halagüeña: muy burros -con perdón de tan discretos ungulados- debían ser nuestros mandamases de entonces cuando creyeron que aquellos 700.000 reclutas y emigrantes -paupérrimos pero criados en una protesta genuina, no lo olvidemos- se convertirían en sicarios patrioteros de la peninsularidad. Y más burros aún cuando, a través de las leyes marciales -valga la contradicción-, les obligaron a escoger entre Cuba y España.


2. El glorioso Ejército expedicionario

De los centuriones, más que recordarles por lo bien que hicieron su oficio -esclavizar a los negros y humillar y carnear a propios y extraños-, nos interesa destacar su mezquindad, su arbitrariedad y su impunidad. La primera de estas 'cualidades' parece congénita a la casta; endogámicos como son, debe ser que lo han impreso en un cromosoma degenerativo convirtiéndolo en algo así como la peculiar marca de su ganadería. Su arbitrariedad es de carácter menos biológico y más cultural: es la demostración inmediata de lo absoluto de su poder y la práctica cotidiana del mismo. La impunidad es, asimismo, de índole político: es la confirmación normativa de la arbitrariedad, la manifestación cotidiana de que -como dijimos antes-, lo de leyes marciales es una contradicción en sí misma.

Dícese que el Ejército español perdió las guerras del 98 pero, al menos de puertas adentro, no parece que sufrieran mucho con la derrota. "La culpa de ella la tuvo la medrosa soldadesca", pensaron de inmediato. Lamentarse, poco se lamentaron, tan ocupados como estaban en administrar su botín y en acrecentarlo a base de asonadas, chantajes al pueblo y preparativos para las siguientes aventuras. Como muestra del origen de sus riquezas (materiales), basten los siguientes ejemplos, espejuelos desvaídos de las estratégicas cualidades antes mencionadas:

a) La mezquindad. El almirante Cervera, jefe de la escuadra de Cuba, tiene fama de hombre íntegro y hasta pacífico -pacifista sería el colmo de la esquizofrenia-. De hecho, dicen, fué uno de los pocos militares que intuyeron la aplastante derrota que se le avecinaba -gozaba de excepcionales dotes de adivino-. Al parecer, el baldón del hundimiento de su flota debe recaer sobre los políticos que le ordenaron resistir -fíjense que buenos chistes hacen los historiadores: políticos obligando a militarear a los militares-. El caso es que, adivinando la derrota, tuvo tiempo para prepararse una frase para la posteridad, una empírea sentencia de esas que se inscriben con mayúsculas en criselenfantino ó por lo menos en mármol. En efecto, la soltó prisionero en el Iowa. Hela:

-"Toda mi escuadra quedó destruida. Hemos perdido todo y necesitaré fondos".

Otra joya de la corona. Años después de terminada la guerra, entrevistan al general Valeriano Weyler, el inventor de los campos de concentración, el genocida que encarceló a todo un pueblo, el sabio mentor de las strategic hamlets de Vietnam, aquél gracias al cual el Ejército español tiene una página destacada en la Historia Universal de la Infamia. El periodista, amigo suyo, le pregunta por el general Máximo Gómez, un antillano que había peleado en el ejército español durante la segunda guerra de Independencia dominicana y que, poco después, se convirtió en el Jefe Militar de los patriotas cubanos. Repetimos que la entrevista tiene lugar años después del 98; por lo tanto, podemos esperar que Weyler haya olvidado su resquemor de vencido, hable para la Historia y ofrezca una franca mano de conmilitón a su vencedor. Velay:

-"Pues un día, Máximo Gómez, que estaba pereciendo, me pidió cinco duros y yo, que siempre he tenido algunos posibles, se los presté.
-¿Y le pagó?
-Ni con buenas palabras".

Egregio. Por miserables que resulten nuestros Espadones, hemos de recordar que sus cominerías tuvieron consecuencias trágicas para los soldados. Por ejemplo: los Fondos de Redención y Reenganche -institucionalización del chantaje nacional-, en lugar de mejorar la suerte de los reclutas, sirvieron para la construcción de cuarteles y la compra de armamento. Ah!, sin olvidar que con ellos se pagaban del 40 al 95% de los sueldos de la Guardia Civil.

Cuando hubo que abandonar Cuba, lo que en las salas de banderas parecía grotesco, visto desde el peonaje siguió convirtiéndose en criminal: en el verano de 1898, se destinó al cuidado sanitario de los soldados a repatriar -gravemente enfermos en su mayoría y hambreados en su totalidad- la colosal suma de ¡500.000 pesetas!. Las consecuencias de tamaña cicatería las observaremos más adelante.

Otrosí, a los soldados combatientes, se les licenció con una gratificación de 20 ptas. y una pensión mensual de 7,50 ptas., equivalente a tres jornales de la época. Pero los retrasos en las pagas fueron tan escandalosos que mejor diríamos que la norma fué el olvido absoluto. Años después, los ex-combatientes todavía se manifestaban reclamando unos míseros céntimos que nunca les llegaron.

Por lo demás, a los 125.447 repatriados del verano de 1898, se les ofrecía una pensión máxima de 160 ptas.; eran los 'afortunados' que podían demostrar que habían luchado los 32 meses de campaña que, cabalísticamente, decretaron los mandos que había durado la campaña -sobra decir que algunos de ellos, los de mejor salud, habían sobrepasado esos 32 meses-. Con 35 millones de pesetas se les hubiera podido pagar a todos esa pensión mínima que era la máxima. Pero, a pesar de que a España ingresaron cerca de 2.000 millones de pesetas en concepto de capitales repatriados, a los repatriados no les llegó prácticamente nada. Por el contrario, se les chantajeó para que aceptaran una irrisoria cantidad a cuenta -a la vez que firmaban en blanco que el Ejército nada les debía- gracias a lo cual, hasta de esos hipotéticos 35 millones sacaron tajada los espadones.

b) La arbitrariedad. Siendo una cualidad consustancial al ejercicio de las armas, no vamos a abundar en ella. Bástenos el testimonio de Santiago Ramón y Cajal quien, para su desesperación, ejerciera en Cuba como capitán médico en 1874. Narra Cajal en sus memorias (Mi infancia y juventud) la escalofriante mortalidad que cayó sobre la tropa expedicionaria -y que se debía mucho más a las exaccciones y avaricia de los mandos que a las escaramuzas armadas-; según el laureado histólogo, los 200.000 soldados que llegaron para aquella primera guerra, se redujeron a la mitad durante el primer año y a la cuarta parte a los dos años. Bonita manera de exprimir la gallina de los huevos de oro.

Cuando Cajal regresó a España, incluso un profesional como él, todo un oficial médico, sólo pudo cobrar sus pagas atrasadas -que eran casi todas- sobornando con un 40% de su importe total al oficial pagador; y encima, se consideró afortunado. Pero lo que mejor retrata la criminal arbitrariedad de sus mandos es el episodio, menor si se quiere, en el que se enfrenta durísimamente al comandante de su fortín porque éste se empeñaba en que sus dos caballos durmieran en el hospital.

Según nos cuentan las memorias de Cajal, es evidente que para su jefe era más importante su ganado equino que su ganado humano -"mis soldados son reemplazables pero mis caballos..."-. Por lo demás, Cajal -un sabio poco dado a las simplificaciones- caracteriza a la oficialidad como 'gente alcohólica, lujuriosa, ladrona y jugadora'. Así de simple y así de claro.

c) La impunidad. Un ejército que pierde una guerra entre otros motivos por los altivos y gallardos comportamientos reseñados en los párrafos anteriores, es lógico suponer que es un ejército al que se le exigen responsabilidades. Pero Spain is different. No sólo no hubo en 1898 ninguna citación de un tribunal civil, no sólo no se menoscabó en nada el honor militar -léase la impunidad castrense- sino que los (escasos) trapos sucios fueron lavados en las salas de banderas.

Los integérrimos tribunales de honor no dieron abasto: en total, condenaron nada menos que a ¡tres generales, un coronel y un teniente!. Las condenas fueron durísimas: baja en el servicio activo -pero con sueldo completo, que una cosa es la pistolera y otra la faltriquera-. A cambio de tan radical saneamiento, se instauró la censura militar para la prensa y se atacaron físicamente no menos de cuatro periódicos.

En resumen: al terminar la guerra, había 499 generales (uno por cada 160 soldados) y 142 almirantes (para dos buques de combate). Por sus heroicidades bélicas, se autoconcedieron 17.000 condecoraciones -cuéntase que más de uno falleció agobiado por el peso de tantas medallas-. Y para finalizar, un detalle sin importancia: en 1900, el 60% del presupuesto militar estaba destinado a pagar los haberes de los oficiales.


3. Los no menos gloriosos funcionarios

"Comunidad presupuestívora", eran llamados. Si los militares eran un ejército de ocupación externa e interna, los funcionarios se constituían en sus Tercios civiles. Si en el ejército había generales y coroneles, estos Tercios estaban comandados por gobernadores y caciques. Por lo tanto, nada más lógico que el dinero para el presupuesto nacional que ellos mismos rapiñaban, fuera destinado al autoengorde de los apandadores.

Ahora bien, puesto que la literatura española de la época está llena de descripciones de sus bellaquerías, de su connivencia con los caciques y de su desempeño fundamental -sostener la esclavitud en Cuba y el cacicazgo en España-, nos vamos a limitar a ofrecer un par de ejemplos relacionados con el 98:

A los deportados (véase Víctimas, 2.1.), honestísimos funcionarios con cara de no haber roto un plato en su vida, les cobraban 0,50 pesetas por un panecillo mohoso y 5 pesetas por una lata de leche ó una tajada de queso. ¿Hemos de añadir que el (ridículo) presupuesto para el mantenimiento de los deportados se evaporaba en los bolsillos de sus guardianes?

Continuando con nuestra decisión de poner nombre y apellidos a la infamia, añadiremos el segundo ejemplo: Pedro Díaz, alcaide de la cárcel de Cádiz, no sólo se quedaba con las 0,30 ptas. diarias de la manutención de los presos; además, cobraba 1 pta. diaria por el uso de las celdas del piso de arriba y 1 pta. por cada catre maloliente y 2,50 ptas. por una bazofia a la que llamarla 'comida' sería más que eufemismo. Por si ello fuera poco, a los deportados desde Cuba les cambiaba su oro por pesetas al tipo de cambio que Vds. se pueden imaginar. ¿Que algunos presos no tenían posibles para engordar al alcaide?. Pues muy sencillo: les enviaba a las celdas del sótano donde el agua que manaba se entretenía en aliviar las penas.

"Pero bueno -dirán Vds.-, nos han prometido que hablarán de los funcionarios y sólo aducen ejemplos de carceleros". Aguda observación, hemos de admitir. Así que, Srs. nuestros, déjennos añadirles que ¿acaso no son funcionarios los funcionarios de prisiones?. Los Tercios civiles han sido, son y serán un continuum dentro del cual puede circular libremente cualquier funcionario: hoy en Prisiones, mañana en Agricultura y el año que viene, de veraneo a Marienbad. ¿Acaso cree alguien que los carceleros son cualitativamente distintos de los agroburócratas?, ¿quién se escandaliza de que el Estado tenga oficinas carcelarias?, ¿no son, por desventura, la más acabada expresión de su Poder?. La burocracia es una bola de fierro en la que no hay extremos: ni en las cárceles ni en los más lujosos gabinetes. Y no les quepa duda, Srs. nuestros, de que Pedro Díaz, alcaide de Cádiz, no era congénitamente monstruoso ni le dolía el cargo en exceso. Pedro Díaz no pasaba de ser un funcionario del montón: cualquier colega suyo le habría sustituído con gusto y, de hecho, muchos codiciaban su (despiadado) destino.


4. Los ricos caritativos

Como saben hasta las piedras, toda guerra es ocasión para grandes negocios. Además de las dos pandillas antes mencionadas, en el 1898, ¿qué taumaturgos transmutaron tanta sangre en oro?. Pues, como siempre, los hubo de dos clases: los que se forraron con la herida y los que se forraron con el parche para la herida -vano intento sería insinuar siquiera que los primeros eran distintos de los segundos-. Vayamos primero con (contra) los del parche:

La cuota de redención de los quintos, el bálsamo de Fierabrás que los libraba de ir al servicio militar ó, dicho sea con la mayor precisión, el rescate exigido por la Corona a todo mozo varón que hubiera cometido el delito de ser español, varió durante aquellas guerras coloniales entre 1.500 y 2.000 pesetas; en números redondos, unos 1.000 jornales. Teniendo en cuenta el predominio que entonces tenía la agricultura, el cacicazgo feroz, la ausencia de sindicatos ó cajas de resistencia y, en general, la semiesclavitud que reinaba en aquella España -en ésta hemos progresado velozmente hasta alcanzar la servidumbre-, ese millar de jornales constituía, para la inmensa mayoría de las familias españolas, toda una fortuna.

Por lo tanto, de inmediato surgió el negocio de las compañías de seguros y de las agencias de sustitución -de un quinto por otro aún más desamparado-, por no hablar de los gancheros. Porque toda la vida familiar se trastornaba si nacía un hijo varón; como en el Egipto de Moisés, tener varones se convirtió en una desgracia bíblica -es decir, sin posible recurso al veleidoso perdón de Yahvé-. Había que asegurarles contra el secuestro militar, tarea en la que se vaciaban las economías de aquellas familias que, al menos, tenían esos posibles. Se popularizó el seguro desde el nacimiento, bajo unas condiciones que llamarlas leoninas sería edulcorarlas. En las semanas que precedían a los sorteos de quintos, más de la mitad de los anuncios publicados en bastantes periódicos estaban relacionados con la guerra: primas y cuotas de seguros, búsqueda de sustitutos, deshaucios, hipotecas, cobro de deudas, compras de abonarés de licenciados en el ejército y préstamos al 5% ¡mensual!. Miles de familias arruinadas que, encima, tenían que dar las gracias a sus atracadores.

Y, en otro orden, los inevitables parches para las heridas: la condesa de Vega de Haro que presta una finca en Coria para atender a los soldados repatriados, la Reina Regente que tiene el detallazo de abrir un sanatorio para soldados en la hospedería de los dominicos de Montes Claros (Reinosa, Cantabria). Resumiendo, los poderosos dedicándose con fruición a una de sus obscenidades preferidas: el espectáculo de la caridad.


5. Los ricos, sin más

"Éstas de la derecha son las tierras del Conde. Éstas no han ido a Cuba, y están tan majas. ¡Bien labradicas las tienen! Si los hombres fuéramos como las tierras, que no se mueven de un sitio..."

Así expresaba un autor ahora olvidado -José de Roure, en su obra El repatriado-, la conmoción que causó el 98 entre los campesinos. Está de más añadir que buena parte de las tierras cambiaron de manos, que el latifundio se agravó y que los caciques agrarios hicieron su agosto. Muchos de los pequeños propietarios campesinos perdieron hasta la tierra de las macetas por el endeudamiento de las cuotas de redención ó por los seguros contra ellas. El lumpen campesinado, los sin tierra, para qué hablar: estos perdieron hasta sus hijos.

Simultáneamente, surgieron esos nuevos ricos que siempre aparecen al olor de la pólvora. Fueron de la categoría escualo porque, literalmente, buena parte de su fortuna se la debieron a los tiburones. Un sólo ejemplo: el santanderino Antonio López -perdón, el marqués de Comillas-, fundó a principios de las contiendas la naviera de su nombre, pérfida progenitora de la Compañía Transatlántica (1881). La vera historia de la Transatlántica es la vera historia de cómo las fortunas no son nunca inocentes:

López transportó en menos de tres décadas a más de medio millón de soldados. ¿En qué condiciones?: of course, al menor coste imaginable. Los soldados repatriados viajaban "como piaras de cerdos" (Pi y Arsuaga). Los océanos se convirtieron en una "insaciable tumba" (Ciges Aparicio), porque López y sus gerentes de la Transatlántica les convirtieron en "carne de tiburones" (Blasco Ibáñez). Llegaron a alimentar a los soldados enfermos con "sardinas arenques y cebollas con arroz podrido". Bajo semejantes condiciones -el menor coste, dura lex económica-, la vuelta a la Península fué una odisea a la que no todos sobrevivieron. Blasco Ibáñez cuenta con detalle una de esas travesías, una entre mil, una más en la que, de 364 soldados, perecieron 120. Casi la mitad. "En once días murieron ¡sesenta y cuatro soldados!", nos cuenta el escritor valenciano.

Lo que debió haber sido un regreso alegre, la vuelta a casa de los sobrevivientes, el retorno al hogar entre coplas y compañeros de fatigas, se transformó por obra y gracia de los tiburones del transporte en una angustiosa ordalía. Y menos mal que todavía funcionó un humanismo básico: los soldados menos enfermos llegaron a tener que transportar agua en sus bocas para los más graves porque ni agua les daban (véanse más detalles en Víctimas, 2). Todo ello en unos años en los que ya había fotografía, telégrafo, cine y electriciad -para que luego nos cuenten que el progreso material acarrea necesariamente el progreso social-. Mientras tanto, López llegó a movilizar 51 barcos -23 de ellos, extranjeros-. Sus herederos, qué inocentes ellos, disfrutan todavía del emporio que levantó -eso sí, enmascarado bajo nombres, siglas y banderolas ligeramente distintas de las de Transatlántica-.

Pero, dirán Vds., "alguien se arruinaría, no todos se harían millonarios ó no todos los capitalistas serían como López". Tienen Vds. razón: "En el año del 'Desastre', 265 firmas fueron disueltas por acuerdo de sus socios y 320 se declararon en quiebra, en todo el territorio español" (Josep M. Delgado). Ahora bien, ¿les suena a Vds. aquello de quiebra fraudulenta?; entonces, ¿cuántas de las firmas anteriores incurrieron en ella?. Porque la guerra del 98 fué, como todas, en primer lugar una guerra contra el pueblo español y una de las estretegias que se enseñan en cualquier academia cívico-castrense-económica es que la guerra ha de aprovecharse para estrujar al pueblo a través del envite combinado de todos los capitalistas. No ha de haber competencia entre nosotros, hay campo para todos, tú no me arruinas y yo no te arruino: "todos juntos en unión / defendiendo la bandera / de la santa tradición". Y la tradición de los propietarios es que perro no debe comer perro.

Siguiendo tan consetudinarias normas, los ricos de las colonias no tuvieron ninguna dificultad en amoldarse a la Patria. Los capitales repatriados fueron tales que se fundaron sociedades mercantiles por un valor que sólo se igualaría a partir de 1965. Como hemos dicho antes (véase 2, a), llegaron hasta 2.000 millones de pesetas por lo cual, si hacemos caso de la macroeconomía, el año siguiente al 98 fué un año excelente para la economía española -y eso, ¿qué es?-.

Buena parte de los tiburones actuales son herederos directos y hasta biológicos de los tiburones del 98. Por ejemplo: Botín, el mayor de todos ellos -quien ya antes de la última guerra cubana había comenzado a fraguar su poder-. Por ejemplo: los bancos de Vizcaya, el Hispano Americano (Basagoiti) e, indirectamente, el Central.

Llegados a estos extremos, Vds. harían bien en interrumpirnos: "Porque, vamos a ver, digo yo que los gringos que nos derrotaron aprovecharían para quedarse con el botín español". Ni botín ni Botín. Recuerden que perro no come perro. Y si no se lo creen; si, a pesar de todas las enseñanzas de todas las guerras, mundiales ó parciales, Vds. todavía piensan que los capitales de los perdedores mueren en las contiendas, les vamos a regalar un ejemplo fino fino filipino:

La Compañía General de Tabacos de Filipinas -nacida en 1881 con un capital social de 75 millones de ptas. de las de entonces-, fué inmensamente rentable antes, durante y después del 98. Si bien es cierto que tuvo un ligero descenso en sus beneficios durante el mismísimo 1898, es no menos cierto que se recuperó inmediatamente -entre 1905 y 1910, volvió a recaer pero por causas ajenas a la guerra y al conflicto con EEUU: epidemia entre los búfalos carabaos, cólera, plagas de langosta, huelgas e incendios-.

Dicen que el secreto de su éxito estuvo en la diversificación: entró en el negocio naviero transoceánico cuando le convino y salió cuando la gallina estaba gorda todavía; se dedicó al transporte fluvial y al cabotaje insular con empeño tan progresista y tan patriótico que llegó a oponerse al gobernador español porque éste quiso abrir una carretera -tanto progreso le hubiera hecho perder el control sobre los productores de tabaco-; entró con armas y bagajes en el comercio de factoría, también llamado de esclavitud por deudas -a los obreros, indígenas en su mayoría, se les adelantan monopólica y generosamente mercancías a unos precios tan exhorbitantes que jamás pueden llegar a pagarlas-; controló la importación de subsistencias; compró tierras; se dedicó al cultivo de exportación (abacá y copra) y a las bebidas alcohólicas de consumo interno (vino de nipa ó palmito). Evidentemente, todo ello con la anuencia de los EEUU.

Al igual que los bancos y navieras antes citados, la Compañía de Filipinas -nombre abreviado-, ha durado hasta nuestros días. Uno de nuestros mejores poetas, Jaime Gil de Biedma, fué uno de sus beneficiarios. La mayoría de las acciones de su mejor factoría, La Flor de la Isabela, fué vendida por la empresa matriz -Tabacalera- a un consorcio chino-filipino a finales de 1995. Tabacalera, pues, es rigurosamente 'la última de Filipinas'.


6. Los curas

Con la Iglesia hemos topado, Sancho. Por encima de la imagen popular que, a finales del siglo XIX, se tenía de los curas -trabucaires, lúbricos, perdonavidas y milagreros-, queremos destacar que los religiosos profesionales de entonces nos resultan la síntesis perfecta de todos especímenes antes mencionados. A las mesas de todos se sentaron, de sus panes comieron y no se les indigestaron, a todos fortalecieron y no sólo el ánima, a ninguno excomulgaron y menos penitenciaron. Porque, vamos a ver: ¿denunciaron acaso la esclavitud?, ¿se enfrentaron a los militares?, ¿no fueron los primeros en gozar de la caridad bien entendida?, ¿se empobrecieron con las guerras?.

Así pasen otros cien años, así dispongan de todo el tiempo del mundo para emborronar su pasado y para maquillar sus archivos, así apuesten con ventaja sabiendo que el tiempo juega siempre a favor de los tiranos, así que pasen otros cien siglos de años, jamás de los jamases podrán contestar a estas preguntas. Nosotros nunca olvidaremos al capellán que zascandilea del pelotón de fusilamiento a la sala de banderas, nunca a los amancebados con los caciques, nunca a los confesores de las reinas pías, nunca a los encapillados de los palacios ni a los doctrineros de las altas camas.

¿Qué hicieron para parar la guerra?: bendecir a los generales. ¿Qué para denunciar la corrupción presupuestívora?: participar de ella. ¿Qué para desenmascarar la caridad?: estimularla y, ah!, se nos olvidaba, los obispos de Lugo y Málaga cedieron parte de sus palacios para hospitalizar a los repatriados -pero cobrando, eh?-. ¿En qué aliviaron el empobrecimiento de los pobres y en qué obstruyeron el enriquecimiento de los ricos?.

Para contestar a esta última pregunta, conviene dar un solo ejemplo: uno más fino fino filipino. En aquél archipiélago, los curas no eran simples corifeos del Poder: eran el Poder. El económico, el civil y, por descontado, el religioso. Pero por hablar sólo del primer poder, vean unos botoncitos de muestra: los frailes llegaron a poseer casi todas las haciendas próximas a Manila -400.000 Has. de las mejores tierras imaginables-; desde ellas surtían de alimentos a toda la capital. Además, exportaban azúcar y eran dueños de casi todas las edificaciones de Manila. Hasta poseían el 'galeón de Manila' -la famosa ruta de Acapulco-. Todo ello, huelga añadirlo, a la vez que sobrevivieron a todos los decretos desamortizadores que proliferaron desde principios del siglo XIX. Tantísimo dinero llegaron a acumular que, en 1851, fundaron el Banco Español Filipino. En definitiva, eran tan ricos que ni siquiera respetaban la obediencia a la Orden respectiva ó al Vaticano -La Empresa siempre perdona un momento de locura al gerente exitoso-. Filipinas no era una colonia del Estado español: era una colonia de los Estados Pontificios.


LAS VÍCTIMAS

1. Los pueblos antillanos, filipinos y micronesios

Es de rigor mencionarles en primerísimo lugar puesto que ellos fueron los más perjudicados por el colonialismo español. Y, dentro de ellos, sigue siendo de rigor subrayar con trazo grueso que los esclavos negros y los indígenas de Filipinas y Micronesia fueron los sectores más aherrojados. Nunca se repetirá lo suficiente que la esclavitud en Cuba fué abolida (oficialmente) en 1880, cuando ya habían transcurrido dos guerras de independencia y faltaban menos de veinte años para el advenimiento definitivo de la República.

Ergo, puede decirse que los esclavos ganaron su (precaria) libertad gracias a sus sublevaciones armadas y en ningún caso gracias exclusivamente a los sermones de los curas ó cualesquiera otro grupo caritativo ó humanitario -prédicas que brillaron por su ausencia-. Y, aunque sea saliéndonos del marco temporal que nos hemos fijado, no podemos por menos de recordar que los negros cubanos, sangre de la Independencia, vieron poco después de ésta cómo la República cubana les recompensaba su abnegación: con el progrom genocida de 1912, infame año en el que se puso en marcha una limpieza étnica a la cubana que, por mucha revolución castrista que nos cuenten, todavía no ha terminado. ¿Que nos estamos pasando?: pues dígannos cuántos negros hay, al día de hoy, en el Comité Central del Partido Comunista Cubano.

Por otra parte, frente al embusterísimo y nunca bien enterrado topicazo de que la colonización española fué más benigna que otras -i.e., la anglosajona-, hemos de insistir en que España tiene el triste honor histórico de haber sido la última potencia europea en abandonar tan repugnante modus vivendi -moriendi, si lo vemos desde el lado negro-. Aunque, obviamente, una cosa fué la abolición oficial de la esclavitud y otra la verdadera. Así, a pesar de que los negros suponían no menos del 33% de la población cubana en el año del 'desastre', sobre un índice de hipotética participación paritaria de 100, el porcentaje de abogados negros era 1 y el de médicos, 2 -para compensarlo, en el ejército y la policía llegaba a 48-.

Desgranar someramente los crímenes cometidos en nombre de la unidad de España y del catolicismo contra los pueblos que aún permanecían colonizados a finales del siglo XIX, requeriría tantas páginas que no habría árboles en el planeta para fabricar tanto papel. Como no queremos hacernos cómplices de la deforestación mundial, bástenos por ahora con señalar que no menos de 300.000 cubanos fueron masacrados en las guerras de independencia. Una quinta parte de la población, otro quinto maldito. Si a esto no se le puede llamar genocidio, que venga dios y lo vea.


2. Los pueblos españoles

"El mundo tiene dos campos: todos los que aborrecen la libertad, porque sólo la quieren para sí, están en uno; los que aman la libertad, y la quieren para todos, están en el otro" (José Martí, Un español, en Patria, 16 abril 1892).

Verdad como un puño -aunque contradiga el nombre de la revista en que fué publicada, 'Patria'-. Encabezamos con ella este acápite para que todos comprobemos la claridad de ideas de Martí. Porque el ideólogo de la independencia cubana fué el primero en insistir desde el primer momento en que la insurrección era sólo contra el Gobierno español; lo cual, en pura lógica, era, es y será, sinónimo de que se sublevaban a favor del pueblo español.

Porque -nunca insistiremos lo suficiente-, el 98 fué una guerra contra los españoles de a pié. Una guerra desencadenada en todos frentes: el económico, el religioso y el social. Una guerra interminable en la que hoy cavamos nuestras trincheras contra el olvido de verdad tan perogrullesca y contra el impune bombardeo de la versión hegemónica -la de los sayones laureados-. A estas alturas de este memorial de agravios, está claro que la inquina de cuatro magnates mangantes se cebó en los pueblos peninsulares (casi) tanto como en los pueblos insulares. Y ello ambos pueblos lo supieron entonces mucho mejor y desde más temprana hora de lo que lo sabemos ahora -ruindades del Tiempo que, como ya dijimos, trabaja a favor de los tiranos-.

Afortunadamente, no faltaron ejemplos de españoles cabales. El mismo Martí nos dejó algunos: Mariano Balaguer, quien, rodeado de 'compatriotas', se atrevió a brindar por Céspedes, el prócer independentista; José Martínez, "el Gallego", un chaval de 18 años al que asesinaron los Voluntarios en 1892 ó 1893; Diego Dorado; Pablo Insúa, gallego de pro, "el héroe modesto y eficaz... el héroe en New York" (Patria, 5 diciembre 1893).

Y no olvidemos otros nombres no menos cabales: el de Ramón Pintó, catalán fusilado por defender la causa cubana; el del brigadier general Francisco Villamil que donó su fortuna a la misma causa; ó los de aquellos diecinueve extremeños -los auténticos "19 de la Fama"- que está demostrado que se pasaron al ejército mambí. Un ejército en el que, dicho sea de paso, hasta ocho españoles llegaron a generales -entre ellos, José Miró Argenter, jefe de estado mayor de Antonio Maceo-. Y es que, aunque algunos autores les cifran en 15.000 y esta cifra nos parezca razonable, lo único absolutamente seguro es que 919 españoles -canarios y andaluces en su mayoría- ingresaron al Ejército Libertador. ¿Qué porcentaje hubo de peninsulares, de criollos de una ó más generaciones y/ó de desertores? Nos gustaría saberlo pero, por ahora, ello poco afecta a los efectos de esta requisitoria.

Por demasiado obvio, no vamos a recalcar cuántos españoles 'leales', soldados ó civiles, murieron para que sus mandos, militares ó paisanos, constataran su propio Poder a través de su avaricia. Baste señalar que, a la vista de las narraciones de la repatriación, es imposible saber si los soldados que regresaban eran tratados como propios ó como enemigos:

"Entre montones mugrientos de harapos, mal rebujados en las mantas, escuálidos, esqueletados, sucios, la cara expresando estupor, indiferencia, fulgores de fiebre o transparencias de tisis, aquellos infelices parecían condenados en el Averno de la suciedad y la miseria" (J. Rodríguez Martínez).

Y, otra vez Ramón y Cajal: "Los desventurados estaban enfermos como yo, pero menos atendidos y sometidos a régimen alimenticio insuficiente. ¡Qué desgarrador espectáculo contemplar a la alborada el lanzamiento de los cadáveres al mar!".

Para redondear, una anécdota sencilla y campechana que nos puede ilustrar sobre las ubicuas ramificaciones del verdadero Desastre -el sufrido por el pueblo llano-: nos cuenta un joven amigo que su bisabuelo fué reclutado de la noche a la mañana. Hubo de partir para Madrid donde la fortuna quiso que en el cuartel fuera destinado a domador de potros, salvándose así de la muerte anunciada. En la remota aldea, quedó esperándole su novia. Pasaron cinco años, pasó la guerra y al bisabuelo nadie le licenciaba. Harto ya de estar harto, un buen día descubrió la vía del tren que llegaba hasta su pueblo y, caminando muchas noches, llegó a su casa. ¡Desastre!: dándole por muerto, la novia se había casado con el mismísimo hermano del quinto. ¿Dos familias destruidas?. Para nada. Surgió la solución sororal, puesta en solfa por los modelnos como propia de pueblos primitivos: el autolicenciado se ayuntó con la hermana de su ex enamorada y ahora cuñada y fueron felices y comieron perdices. Happy end pero, ¿qué hubiera ocurrido entre citadinos/as?, ¿qué de no haber mediado el denostado 'primitivismo'?, ¿qué si lo atávico hubiera echado mano de la escopeta ó de la corbata de soga en el pajar?


2.1. Los deportados

Dentro de la guerra civil del 98, no podemos olvidar a los presos políticos. A aquellos -españoles pero también antillanos y filipinos- que, en el momento de la deportación, no hubieran sabido decir si corrían mejor suerte que los fusilados por los mismos motivos, tales eran las condiciones del traslado y del presidio que les esperaba. ¿Nombres y apellidos de algunos de los verdugos directos?; olvidemos por ahora a Martínez Campos, al general Dulce -quien si hubiera atendido por Hiel todavía le sería azucarado apellido- e incluso al ogro Weyler. Los hubo más a pié de obra. Por ejemplo: José Porrúa (gobernador civil de La Habana), La Barrera (jefe de policía), Prats, Manzano, Cuevas, Sabatés y Castillo (detectives).

Es trivial suponer que las cárceles para los deportados fueron todas ellas de parecida perversidad. Sin embargo, la isla de Fernando Póo (hoy, Bioko) se reveló como la más mortífera: un 40% de los cubanos allá deportados fué asesinado, en parte por la crueldad de José Fernández, "de 27 años, rubio, grueso y de baja estatura", jefe de policía y torturador empedernido. Pero tampoco nos olvidemos de las escabechinas en los penales de Ceuta, Melilla, Chafarinas y Cartagena.

Como corresponde a un Estado que dedica tantos esfuerzos a recordar la paja que le pusieron en el ojo propio como a borrar la viga que Él puso en la cerviz ajena, carecemos de datos fidedignos sobre la totalidad de esta represión bélica -los funcionarios son adiestrados y pagados para encuadernar en vitela unos expedientes y para quemar otros-. Pero, por aquello de que la destreza no es el fuerte de los Tercios civiles, algún dossier se ha escapado de la quema. Gracias a ello, disponemos de una investigación de M.C. Barcia sobre una pequeña muestra -algo es algo- de 440 deportados: 236 eran soldados y 127 eran pacíficos (fehaciente nombre con el que se designaba a los civiles que colaboraban con los revolucionarios). Es decir, que la resistencia y la dignidad de los jóvenes reclutas hubo de ser notable así como el grado de colaboración de los civiles con los insurgentes.

Aduzcamos un último ejemplo para que comprobemos hasta qué punto el Estado español era vengativo cual Jehová y, sobre todo, cuán selectiva era su memoria. Recordemos el opresivo caso de uno de los últimos deportados, Eulogio Iduya Sáez, alavés de Calduendo: desertó en 1894 y, al año siguiente, alcanzó el grado de teniente insurrecto ejerciendo de escolta del general José Maceo. Al caer enfermo, fué hecho prisionero en 1897; se le envió a Ceuta en 1898. A finales de 1906, a pesar de algunas medidas de gracia más teoréticas que reales y generales, con 33 años de edad y nueve de cautiverio, aún seguía preso.


2.2. Los prófugos y los desertores

En 1895, una hectárea de tierra de pan llevar costaba de 75 a 100 pesetas. El jornal del campo era de 1,5 a 2 ptas. Algunas pocas de las familias de los reservistas que tuvieran de 30 a 40 años, recibían de los ayuntamientos de 0,50 a 0,75 ptas. diarias -dos a tres reales-; una limosna para malmorir. Y el rescate del secuestro bélico seguía valiendo 1.000 jornales. En estas condiciones, ¿es de extrañar que abundaran los prófugos?.

Abundaron, sí, pero ¿cuántos fueron?. Gracias a la antes aludida siniestra selectividad de los encargados de los archivos -de los funcionarios y de los militares-, nunca lo sabremos. Pero recurriendo al sentido común, cabe suponer que los prófugos fueron mucho más numerosos que los desertores. Eso sí, nos consta que eran especialmente conspicuos en la costa cantábrica y en Canarias. Y que hubo manifestaciones contra el secuestro de los quintos en Haro, Tafalla y Valencia -al menos en 1895-.

Por lo que respecta a los desertores -¡loor a ellos!-, tenemos algunos datos más ó menos indirectos: durante la primera guerra cubana (1868-1878), sobre unos 200.000 soldados, según las cuentas oficiales, 6.248 fueron desertores -ó extraviados y en presidio que viene a ser lo mismo-.

En cuanto a la tercera guerra: en 1897, de los 200.000 soldados enviados a Cuba hasta esa fecha, sólo quedaban 115.000 -más de la cuarta parte, moribundos-. ¿Qué les ocurrió a los 85.000 restantes? Nadie sabe, nadie responde. ¿Estaban todos muertos?. Si hubo sobrevivientes, ¿es que desertaron en masa?. Es muy probable. Y es también bastante plausible colegir que muchos de ellos no se contentaron con desaparecerse sino que se pasaron abiertamente al 'enemigo'. Por ejemplo: buena parte del regimiento insurrecto de Ocujal, eran españoles peninsulares. Y finalicemos dejando un único nombre -que, a propósito hemos escogido por ser común, vulgar y de esos que siempre se confunden- para solaz de los actuales insumisos y para que "retrocedan las aguas del olvido": el de Leoncio López, madrileño, desertor, revolucionario, deportado, muerto en presidio.


3. Mención especial: los anarquistas

Junto con los republicanos federalistas de Pi i Margall fueron los únicos que se opusieron activa y sistemáticamente a las contiendas coloniales -y bien que lo pagaron-. Pero su unánime rechazo se basó en dos posiciones doctrinales, dualidad que ahora aprovechan algunos intelectuales orgánicos para sembrar cizaña y confusión. Hubo por un lado los que defendieron la independencia de las colonias aun conscientes de que ella no significaba gran cosa por sí sola; y, por el otro, hubo quienes vieron en las nacientes repúblicas nuevos Estados tan indeseables metapolíticamente hablando como el colonial. Es ésta diferencia entre política cotidiana y metapolítica la que, tendenciosamente, ignoran y confunden los citados plumíferos. Y es esta misma diferencia la que subyace cuando se dice que El Corsario, encuentra razonable la reivindicación independentista mientras que La Idea Libre exclama que ellos son "ajenos al '¡Cuba libre!' de los separatistas".

En todo caso, como no podía ser de otra manera, hubo estrechas relaciones entre los más insurrectos de allá y los más insurrectos de acá -los anarquistas españoles-. Por ejemplo: el ínclito Michele Angiolillo, san jorge del Monstruo, era amigo de Ramón Emeterio Betances y Alacán, alias el Antillano, médico portorriqueño que representaba en París al Partido Revolucionario Cubano -fundado por Martí en 1892-. Asimismo, el conspicuo ácrata Fernando Tarrida del Mármol, era de origen cubano y jugó un destacado papel en el anarquismo español; exiliado en París, es quien enciende una notoria campaña mundial al desvelar las atrocidades de Montjuïc 1897 -cientos de anarquistas torturados y cinco inocentes fusilados por el atentado del Corpus en la calle barcelonesa de Canvis Nous-.

Por lo demás, es en estos años alrededor del 98 cuando la generalizada efervescencia social produce algunos juicios sumarísimos populares tan espectaculares que los plumíferos áticos todavía se escudan en ellos para limitar el anarquismo europeo a lo que, en puridad, no pasa de ser el epifenómeno de una reivindicación infinitamente más profunda. Nos referimos a la lista de tiranicidios firmados por anarquistas. Voilà:

1881: el Zar Alejandro II
1893: Paulino Pallás contra Martínez Campos y Santiago Salvador contra el Liceo de Barcelona
1894: Carnot, presidente de Francia
1896: ¿Girault? versus la procesión del Corpus, en Barcelona
1897: Michele Angiolillo versus Cánovas
10.sept.1898: en Ginebra, Luigi Luccheni contra la emperatriz Isabel de Austria (Sissi)
1900: Bresci contra Humberto I de Italia
1901: Leon Czolgosz contra W. McKinley, presidente de EEUU en el 98.

Pero, como ha sido acostumbrado en las páginas precedentes, antes que abundar en los Grandes Nombres, preferimos terminar acordándonos de aquellos otros que nunca tuvieron un lugar en esa mentirosa Historia con mayúsculas. Por ejemplo: José Luis Pellicer, ilustrador de la revista La Campana de Gracia, quien siempre dibujó al ejército expedicionario como una procesión de esqueletos y calaveras; Domingo Mir, el mismo que, preso en Acho (Ceuta), lavaba gratis la ropa de los deportados cubanos. ¿Que cómo descendemos a estas minucias?: pues porque las historias de los de abajo han de contarse también desde abajo.


DESPUÉS DEL 'DESASTRE'

No queremos terminar estas amables apostillas con aires de requisitoria sin echar un vistazo a los consecuentes de las guerras coloniales. Por fortuna, unos anónimos colegas nos han ahorrado parte del trabajo puesto que, en fecha tan lejana como en el año 1.985, prepararon un manifiesto convocando a lo que dieron en llamar Comisión del I Centenario, manifiesto que abundaba más en el post 98 que en los horrísonos tópicos que hemos ido desgranando en este panfleto.

Nos consta que sus esfuerzos se vieron recompensados con la creación de tres delegaciones: una en Zaragoza -a cargo de una ilustrada heredera de la más acrisolada aristocracia baturra, aquella nobleza genuina que, al precio de sus fueros e incluso de algunas notables cabezas, defendió a Antonio Pérez de la ira de Felipe II, ese que ahora dicen que era un pedazo de pan-; una y media en Zamora -mantenida por un sabio que todavía viaja en burro-; y la tercera ó tercera y media, en Madrid -alimentada por ella misma-.

Vale decir que, por no estar completamente de acuerdo con todos los planteamientos de aquél manifiesto -discrepancia nacida de nuestra congénita reluctancia a manifestarnos, fuera sobre lo que fuere-, hemos decidido recortar algunos de sus extremos. Extremos que sólo afectan a lo tipográfico, no a la doctrina, que en esto mantiene tan notable coherencia que cualquier apófisis nos permite reconstruir su esqueleto. Por lo tanto, olviden Vds. insinuación alguna sobre la censura y, si les pete, sigan leyendo:

Los que hacen negocios americanos bien pueden suscribir aquello de que "más se perdió en Cuba" pero, como veremos más adelante, a nosotros nada se nos perdió por allá sino todo lo contrario: lo ganamos desde 1898. Porque, como dijo el ínclito cubano-valenciano-canario, "la República [ay!, solo cubana] será tranquilo hogar para cuantos españoles de trabajo y honor gocen en ella de la libertad y bienes que no han de lograr por largo tiempo en la lentitud, desidia y vicios políticos de la tierra propia" (José Martí).

En los últimos diez años de Imperio Español, la población nacida en Cuba descendió en más del 6%. Las inversiones estadounidenses en 'la Perla de las Antillas' llegaron a los 50 millones de dólares. Se inició el latifundio azucarero: solo pudo sobrevivir uno de cada seis ingenios.

Al comenzar la definitiva guerra de la Independencia -las dos anteriores dicen los españoles que las habían ganado ellos-, ya habían muerto en Cuba no menos de 80.000 soldados, uno por cada 225 españoles/as: veinte veces más que los norteamericanos en Vietnam. Aún así, en los primeros meses del tercer y definitivo conflicto se decuplicó la guarnición llegando a los 130.000 reclutas. De la noche a la mañana, uno de cada 140 ciudadanos -justo el que no tuviera las 2.000 pesetas que valía la cuota de exención- era enviado a la Colonia.

Las hazañas que perduran de aquellas 'nuestras' tropas se resumen en dos: la invención, por el general Valeriano Weyler, de los campos de concentración para toda la población civil y la broncínea estatua del héroe y mártir Eloy Gonzalo -más conocido en Madrid como Plaza de Cascorro-.

Además de otros sentimientos más o menos empíreos, el ejército colonial español defendía el conjunto de leyes, impuestos e instituciones que vino a denominarse Tesoro Cubano. Con este Tesoro se pagaron:

Dos guerras cubanas, la incursión sobre México (1862), la segunda guerra de la independencia dominicana (1863-65), el ataque a Perú (1866), los anticipos para las guerras carlistas, el penal de Fernando Poo, la nómina del Cuerpo Diplomático y Consular en toda América, la pensión de los herederos de Colón e, incluso, los gastos de la misma Administración cubana.

Sin embargo, el Tesoro Cubano, afortunadamente, había tocado fondo. Su deuda llegaba a superar, con muchas creces, el valor total de los bienes raíces de la isla.

Beneficiándose más de la codicia ajena que del propio ingenio, los EEUU toman Cuba en 1898. Cuatro años después, vuelven los españoles: esta vez como inmigrantes. ¿Cuántos soldados desertaron para residir en una tierra a la que nunca hubieran podido llegar si el Estado no les hubiera acarreado?.

Nunca lo podremos saber pero sí tenemos algunos datos complementarios de esta Reconquista de las Indias: a diario, casi un centenar de emigrantes salía rumbo a Cuba. Esta diáspora fué muy superior a la de los períodos álgidos de la emigración hacia Europa durante los años sesenta del siglo XX.

Y así, pocos años después de perder militar y políticamente la Perla de las Antillas, medio millón de emigrantes consiguieron asentarse pacíficamente en ella. Abierta la isla a la inmigración mundial, en régimen de libre competencia, los españoles llegaron a suponer casi el 70% del total inmigratorio.

O, lo que es lo mismo: desde el preciso y precioso instante en el que los funcionarios del Imperio Español regresaron a la metrópoli, cientos de miles de españoles/as se apresuraron a trabajar unas tierras que, por excesivamente españolas, hasta entonces les habían sido tan ingratas como las de la Península. Los 13.000 colonos estadounidenses, flamantes vencedores de la guerra, en la paz se vieron desbordados por esta marea migratoria.

Conclusión: sin tener en cuenta posibles beneficios para la población criolla, la Caída del Imperio Español en América supuso, por parte celtibérica, el fin de la matanza de unos jóvenes que no querían ir, dadas aquellas condiciones bélico-patrioteras, a las últimas colonias -matanza, dicho sea de paso, más a cargo de las enfermedades carenciales (hambre) y de las pistolas de sus oficiales que ocasionada por el combate-.

A ello, en buena lógica, siguió el estrechamiento de las relaciones entre los pueblos español y caribeño -hermanamiento que, por popular, resultó inmediato-. En definitiva, como consecuencia del Desastre de 1898 lloraron cuatro paniaguados, chupatintas y chupasangres; pero el pueblo llano no tuvo ningún motivo para compartir aquellas lágrimas de cocodrilo y, a la postre, es evidente que hasta se fortaleció la presencia española en América.

Por lo tanto, sin prejuzgar las ventajas ó desventajas que el Pueblo Español haya gozado ó lamentado durante los 400 años de la Colonia, resulta meridiano que el derrumbe de esa porción de 'su' Imperio le produjo beneficios inmediatos. A saber:

a) al consumirse el Tesoro Cubano, no se pudieron financiar las aventuras imperialistas a las que tanto se habían acostumbrado nuestros alegres, irresponsables y dispendiosos gobernantes.

b) al desaparecer el Ejército Colonial, la juventud redescubrió las maravillas americanas.

c) así, al menos los más afortunados, pudieron evitar, gracias a la emigración a Cuba, la onda expansiva de los desastres rifeño-africanos que se multiplicaron en los años subsiguientes.

Por todas las razones antes expuestas -y por algunas más que sería prolijo detallar-, debemos concluir en que este I Centenario de 1898 debe celebrarse en un clima de exultante alegría. COMPRICE (COMisión del Primer Centenario de la caída del Imperio Español en América, Filipinas y Micronesia) nace para ello: somos cómplices en la primera fila de la rumba y solo nos alistamos en las trincheras del bolero,


CUBANOS EN ESPAÑA

Finalmente, señalemos que esta triste historia estaría incompleta si no tuviéramos un recuerdo para los cubanos que, habiendo bien entendido que lo del 98 fué una guerra contra los pueblos cubano y español, no dudaron en defender al pueblo español incluso en la misma Península. En justo agradecimiento a su dignidad, tan escueta como emocionadamente, vayan por ellos este par de ejemplos:

"En Zaragoza, cuando Pavía holló el congreso de Madrid y el aragonés se levantó contra él, no hubo trabuco más valiente en la plaza del Mercado donde cayeron las cabezas de Lanuza y Padilla, que el del negro cubano Simón; y cuando Aragón había abandonado las trincheras, y no se veía más que el humo y la derrota, allí estaba Simón, el negro cubano, ¡allí estaba, él solo, peleando en la plaza" (José Martí, "Un español", en Patria, 16 de abril de 1892)

Ochocientos cincuenta (850) cubanos lucharon al lado de la revolución española de 1936-39 (más conocida como 'guerra civil'). Es triste añadir que muchos de ellos murieron en el empeño. De la mano de un poeta, víctima también de la enésima restauración monárquica, terminamos esta filípica con la memoria de sólo uno de ellos, uno más entre ellos pero qué ellos:

"Me quedaré en España, compañero",
me dijiste con gesto enamorado.
Y al fin, sin edificio tronante de guerrero
en la hierba de España te has quedado.
Nadie llora a tu lado:
desde el soldado al duro comandante,
todos te ven, te cercan y te atienden
con ojos de granito amenazante,
con cejas incendiadas que todo el cielo encienden.
Pablo de la Torriente,
has quedado en España
y en mi alma caído:
nunca se pondrá el sol sobre tu frente,
herederá tu altura la montaña
y tu valor el toro del bramido.
De una forma vestida de preclara
has perdido las plumas y los besos,
con el sol español puesto en la cara
y el de Cuba en los huesos.
Pasad ante el cubano generoso,
hombres de su brigada,
con el fusil furioso,
las botas iracundas y la mano crispada.

Miguel Hernández (Elegía segunda)

POSDATA

Los que suscriben, unos profanos en la materia histórica del ´98, subrayan que esto es lo que, a salto de mata y leyendo entre líneas, hemos podido aprender del 'Desastre'. Esto es lo que no hemos visto subrayado en la barahúnda de información que nos ha caído encima y esto es lo que nos ha parecido más digno de reflexión y recuerdo.

Y entiéndase bien que, por motivos de seguridad, no ponemos por escrito ni la mitad del quinto de la décima parte de lo que realmente pensamos: servidumbre de lo escrito y/ó censura previa. Porque no les quepa duda de que, de vivir en una democracia auténtica -lo cual, para los españoles, sólo es imaginable dentro de una República-, hubiéramos escrito con más afiladas plumas contra más y más altos apellidos de los que aquí aparecen. Y, con santa ira, hubiéramos perseguido hasta en sus sagrarios electrificados y en sus últimas covachuelas de oro a los culpables de tanta ignominia; en lugar de andarnos por las ramas, de apocopar los razonamientos y de no apurar los cálices de la moral y de la verdad.

Pero, alegrémonos, porque lo que dejamos escrito todos sabemos que es pálido reflejo de lo que se dice en la calle. La calle -algunas calles, algunos barrios, algunos pueblos-, sospecha que nos hemos quedado cortos, por mucho que las rosas de pitiminí nos acusen de panfletarios. Y sabe que una es la 'razón' de los que pueden recurrir a la fuerza y otra muy distinta la Razón de los que lamentan que sólo ella les queda.